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La Coctelera

Señorita Honeychurch

Como alguien que toca el piano con tanta pasión puede llevar una vida tan monótona (reverendo Beebe en "A room with a view")

Categoría: La biblioteca

2 Noviembre 2011

El árbol de la vida

Acabo de llegar del cine. Esta vez el "árbol de la vida", esta película polémica que me ha dejado en estado shock. Con un rooibos delante y unas obleas dulces, tratando de tranquilizarme, me dispongo a intentar comprender qué demonios me ha pasado con esta película. En medio de la oscuridad, cuando empezaban a salir los títulos de crédito, una emoción intensa recorría todo mi cuerpo, toda mi esencia y de pronto no podía parar de llorar.

Qué tiene esta película, para que a mí me provoque esta ola de emoción, mientras al señor de al lado le provoca inquietud y ganas de hablar. La fuerza de los sentimientos y las imágenes era tan enorme que lejos de darme ganas de matarle, conseguía abstraerme ante sus ruidos y movimientos extraños.

Es cierto que tenía el día, que me planté en el cine descansada y dejándome fluir por un discurso onírico, poético y lleno de sentimientos. Supongo que la capacidad para conectar con esencias y sensaciones. La capacidad de hacernos sentir pequeños, ante un universo que nos muestra la micromagnitud de nuestra existencia. Su relatividad espacial y temporal. El convertirnos en unos seres que carecen de importancia con una perspectiva más amplia, todo explicado con unas imagénes oníricas, poéticas y llenas de simbolismo. Para después penetrar en un micromundo de cualquier lugar, en un aparente mundo armonioso en el que no pasan grandes cosas más las que fluyen por nuestras interioridades. En las interioridades de unos seres mínimos que amplifican su importancia a base de amor, represión o frustraciones. Para hacer esos sentimientos universales y sentirnos en comunión con el mundo.

La conexión con el yo niño que todos llevamos dentro, su convivencia permanente con un adulto entregado a tareas más o menos triviales, más o menos gratificantes. Encerrados en edificios de cristal en los que se reflejan los árboles, los árboles de la vida en otro lugar, en otro tiempo, en otra infancia que nos dejó marcados para siempre. Conviviendo eternamente con los que nos marcaron de por vida, para bien o para mal. Porque parece que el niño nunca muere y siempre aflora parte de su esencia.

Pero la frustración, el amor que hace que la vida no pase en una centella, la educación forzada por un futuro que nunca es el esperado dejando a un lado condescendencias más felices y más humanas, no tienen la más mínima importancia a la vista de los árboles, de esos árboles que permanecen erguidos y constantes. Dando sombra al pasado, al presente y al futuro. Cobijando temores, momentos felices y dinosaurios.

Y entre tanta frustración; el amor hace que nos sintamos vivos, los hijos es lo único que tenemos, pero en realidad nada es realmente importante porque somos una pequeña brizna de polvo en el espacio. En ese espacio de hoy que desaparecerá o nunca existió en el mañana o en el ayer.

Y siendo uno tan irrelevante ya puede seguir viviendo, con su niño dentro que le condicionará en función de otras vidas que no son la suya, sino la de otros adultos que fueron también niños. Adultos que se cobijaron en esos árboles que casi ni miramos, pero que permanecerán ahí hasta que las muelas del juicio se hayan extinguido por completo.

Termino de escuchar la música y leo detrás de mis lágrimas los títulos de crédito, intentando entender qué me ha pasado. Por qué no puedo dejar de llorar. Sensaciones y reflexiones que todos hemos tenido alguna vez. La esencia del ser humano reflejada en una pantalla, a la vez que dos dimensiones que se hacen protagonistas de la película: el espacio y el tiempo. Poniéndonos de una vez por todas en nuestro lugar. Cosa extraña en una obra realizada por el ser humano. Abandonar por completo nuestro alimentado egocentrismo con una absoluta sensibilidad.

Ver esta película es como ir a un concierto de música clásica, contemplar una obra de arte abstracta o disfrutar de una poesía.

Bravo.

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26 Octubre 2011

Cosas que hago cuando pienso en otra cosa

Este post lo tendría que haber escrito el domingo y tendría que haber sido uno de esos post en los que mi querido Laluz solía decir que que parezco la reencarnación de Haro Tecglen, pero algo sucedió el domingo que todos mis pensamientos se fueron a acompañar la tristeza de unos buenos amigos. Y es que cuando una quiere a sus amigos, siente sus alegrías y tristezas en su propia piel. Y eso me pasó el domingo.

Por la tarde fui a ver "Fuerza Bruta" en el circo Price. Había visto una serie de imágenes impactantes y tenía ganas de verlas por mí misma, dejándome llevar por esa plástica que envuelve y hace tener sensaciones. Estuvo bien; hubo momentos estelares impactantes desde el punto de vista estético, sobre todo, en los instantes acuáticos que dejaba una especie de sensación sobrenatural de ninfas sumergidas; mezcla de sirenas y "nacimientos de Venus" un poco más pervertidas. Una plataforma subía y bajaba hasta acercarnos esos seres acuáticos y ponernos encima de nuestros ojos, sus ojos, sus bocas, sus nalgas, sus vaginas envueltas en una ropa interior de colores suaves. Y los hombres por debajo, no sabían si tocar el plástico de la plataforma, si hacer una enésima foto con el móvil (hay verdaderos enfermos, que se dedican a verlo todo a través de esa minipantalla, perdiéndose la auténtica inmersión en el todo espacial), si babear o simplemente dar un salto y rozar con sus labios el material en teoría delicado que sujetaba a las sirenas, mientras ellas provocaban con sus labios en el otro lado.  Para nosotras no había nada, más que el contacto humano de una sala de circo redonda, apelotonada y en movimiento para dar cabida a cada nuevo artilugio que aparecía por ahí. Seres voladores que se deslizaban por un mar de plata, angustiosa carrera de un hombre que no llega a ninguna parte mientras choca con muros y se cruza con seres anónimos que se caen. Es curioso, pero me dio más sensación de surrealismo que de fuerza. No sentí yo tanta "fuerza bruta" debe ser que yo o soy más bruta o tengo más fuerza, me voy a empezar a preocupar por el grado de estimulación que necesito. Va a ser que ya he visto demasiadas cosas.

Claro está que esa misma mañana, iba yo al auditorio. Uno de esos conciertos mañaneros a los que tanto me cuesta llegar porque se me pegan las sábanas. Esta vez era Shostakovich, la orquesta nacional, un director polaco con un peinado a lo Pitingo y un violinista chino que compartía su peluquero aunque el corte le quedaba más gracioso.

No entiendo nada de música. Me pasa como el vino, me gusta o no, pero se me olvidan los nombres, aunque suela tener buen gusto. Me pasé el concierto en otro lugar, impactada por la desgracia que le había sucedido a mi amigo de la que me había enterado en el taxi justo antes de llegar al auditorio. Al oirme, el taxista me habla de cultura asiática y de reencarnación.  De su escaso miedo a la muerte que a mí me deja sorprendida. Me ha tocado un taxista filósofo y lo agradezco hoy. Envuelto en sus barbas y pinta de heavy.

Y sentada delante de una gran orquesta pienso en ello, mientras a veces cierro los oídos y no me entero de la música. En mi silencio interior. Un poco ausente. Como quien se baña en el mar sin mojarse la cabeza. Pienso en los instrumentos. En cual sería una buena reencarnación. Y como a nadie le gusta que le soplen o le golpeen, se me ocurre que el chelo, porque tocan sus cuerdas y le abrazan todo el rato.

Y se pasa el concierto sin que haya escuchado nada.

(Y es curioso, pero me siento como frívola y mal al escribir este post con el ánimo revuelto).

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31 Enero 2010

Una mañana en China

Esta mañana estuve en China; un par de horas.

Fui por la ruta de la seda dejando atrás Venecia y su Puerto hacinado de embarcaciones, paquetes, preparativos y humedad. En unos tiempos, donde la suciedad era distinta y los marinos llevaban mapas enrollados como pergaminos, sextantes y velas como únicos aliados enlos viajes. Tiempos de Marco Polo viajando hacia la ruta de la seda. Llegando a mercados donde olía a especias y ungüentos y las vestimentas eran tan distintas que, ni por asomo, hacían presagiar un mundo mucho más global en el que todos somos tan parecidos. Mercados llenos de gente y griterío, donde las almas se mueven activas e inquietas oyéndose su tumulto encarnado por la orquesta tocando sus cuerdas vocales.

Llegando a China, los violines se transformaron en una especie de cítaras que nos llevaban a la corte imperial. A horizontes lejanos de emperadores y ríos plomizos. A pueblos comiendo con palillos y a templos con inciensos de antes de la revolución de Mao.

Sumida en un síndrome premenstrual agudo, sintiéndome la más miserable de la tierra, apunto de estallar mi vientre y mi pecho, con la lágrima fácil y el corazón tierno, me he dejado llevar a Oriente por Tan Dun. El compositor chino ha invadido un auditorio lleno de toses y miasmas, un auditorio lleno de rostros pálidos de ojos redondos, convirtiéndolo en un exótico viaje al Oriente de ayer y de hoy. Mezclando sonidos de cuerda percusionada, violines y chelos transformados en miles de instrumentos diferentes y añadiendo percusiones de hoy algo insólitas como llantas colgadas en bastidor, ha conseguido un todo armónico y expresivo, un todo absoluto y evocador de la China de muchos tiempos simultáneos.

 Y yo me he dejado llevar, como quien coge una nube hacia donde ella quiera llevarle, disfrutando de un viaje con retorno al punto más lejano al que se quiera ir. Es lo bello de la música, del arte en general; si lo sientes te lleva lejos sin moverte del sitio. Sin decidir muy bien nada, sin pensar a donde ir, ni cómo, ni porqué. Simplemente encontrándote en otro mundo de repente. En una especie de sopor gratificante dirigido por violines, vientos, chelos, percusión y la batuta expresiva de un Tan Dun viviendo su obra, en cada gesto de su cara.

Lang Lang, acabó tocando el piano hasta con los codos, en una pieza que iba de los agudos a los graves sin mediar ni medio segundo. Con su cutis terso y su rostro aniñado, sus manitas corrían enajenadas de un lado a otro del piano, dejando ver un puño de strass. Detalle de glamour para el que dicen, es posible que sea el mejor pianista del mundo. El piano es un instrumento Occidental, y sacarle los sonidos que te transportan a la magia de Oriente tan característicos de Tan Dun no resulta tan sencillo. Pero oí pájaros y sonidos de agua mientras Lang-Lang agitaba sus manos como poseído. 

Hoy tengo que darles las gracias, a ellos y a los Reyes Magos que me trajeron la entrada del concierto. Sin ese viaje a China, sin ese deambular por la ruta de la seda, sin ese zarpar de Venecia mi día no hubiera abandonado el tono gris oscuro de estos días previos al rojo. Porque a veces tengo que viajar lejos muy lejos, aunque no me mueva del sitio.

 

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15 Febrero 2009

Razón, pasión, existencia y ruidos

Ayer fui al teatro. En el Español ponían "El encuentro" , el nuevo montaje de Flotats que siempre es una garantía de calidad y contenido interesante. En la obra, se representaba un diálogo entre Descartes y Pascal en su época de juventud. El dramaturgo, Jean-Claude Brisville, ya me había convencido en "La cena", la mejor obra de teatro que había visto en mucho tiempo.

No sé si las altas expectativas despertadas por "La cena", el sueño, o mi pensamiento saltarín, hicieron que pese a que me gustó mucho, se me quedara un poco corta. Corta en tiempo fue, pero aquí hablo de corta en contenido. Un Pascal convertido en un talibán de la religión católica, no consiguió adentrarme en su pensamiento, en su ciencia, en su naturaleza superdotada que hubiera captado mi interés al instante. Un Descartes práctico y con la lucidez de la ancianidad prematura de esas épocas, resultaba bastante más creíble y agradecido. Imagino que Pascal pasó por esos momentos; de naturaleza enfermiza, su mente le hizo una pirula para buscar en la Fe, una creencia indemostrable que trascendía cualquier tipo de logro de su portentoso cerebro. En el fondo, una forma de abandonarlo, de dejar esa trabajo incesante que persigue a las mentes privilegiadas por el hecho de serlo. Un despilfarro. Eso es lo que sientes en toda el texto. Pascal va a despilfarrar su talento a merced de ideas que provocan otros tantos despilfarros menores en otras mentes. Pero estas no importan tanto. 

Me faltó más rango de contenidos. Un paseo por otros aspectos de sus vidas y pensamientos. El encuentro fue histórico y según la cronología pudo ser así. Pascal tenía 24 años y ya había hecho grandes descubrimientos matemáticos, pero ahí se encontraba en su época jansenista atormentado y radical. Quizá fuera así, el texto dentro de este contenido no podía ser mejor, pero mi entelequia esperaba un encuentro distinto. Un encuentro en el que Pascal no fuera un talibán, y Descartes ahondara más en sus teorías y descubrimientos. Se me quedó todo muy centrado en un solo tema, discutido además por un ser absolutamente enajenado y tembloroso. Actorazos, en cualquier caso. 

Es posible que en ese dilema, entre razón, pasión y existencia, yo me hallara un poco cegada por un reencuentro reciente. Un reencuentro de hace quince años que se me cruzaba entre estrofa y estrofa y me hacía perder por unos segundos el hilo de un texto que no permite pestañear mucho. Porque entre razón, pasión y existencia, ayer estaba yo en la segunda, un poco desconcentrada para lo que mi mente cartesiana evanescente suele ser. Porque yo soy cartesiana. O más bien, yo he sido cartesiana mucho tiempo. Después de la obra de ayer, me veo acercándome al Descartes viejo. Mucho más sentimental y cercano de lo que pudiera parecer. Me veo dispuesta a adentrarme en el mundo de las emociones. A crecer dentro de un área abandonada por un cartesianismo mal entendido, que no me ha permitido madurar en un terreno de arenas movedizas, en las que solo uno puede salvarse por la experiencia.

Y en esas estaba, cuando después de tomar algo, me fui a dormir. Agotada caí en un sueño profundo relajante que fui interrumpido de nuevo por unos tacones. De los tacones, pasamos al movimiento de sillas, del movimiento de sillas pasamos al de muebles más pesados, de eso a conversaciones en tono alto, de ahí a la música. Cinco de la mañana, seis de la mañana, siete de la mañana. Con el pelo revuelto, en pijama y con las babuchas cuya existencia ignoran mis vecinos de arriba, he subido un piso por las escaleras. Después de llamar al timbre, casi poniéndome de rodillas les he dicho "me estáis matando". Con un ya acabamos, se han recogido. No sé si han hecho más ruido, pues he recurrido a los tapones. Aunque los odio.

¿Por qué cuesta tanto el silencio?.    

 

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19 Julio 2008

El miedo

Quisiera decir algunas palabras acerca del miedo. Es el único y auténtico adversario de la vida. Sólo el miedo puede vencer a la vida. Es un contendiente traicionero y perspicaz, y bien que lo sé. Carece de decoro, no respeta ninguna ley, ningún principio. Te ataca el punto más débil, que siempre reconoce con una facilidad infalible. Empieza con la mente, siempre. Estás tranquilo, sereno y feliz y al poco rato el miedo, ataviado con la vestimenta de duda afable, se te cuela en la mente como un espía. La duda se encara con la incredulidad y la incredulidad trata de expulsarla. Sin embargo, la incredulidad es un mero soldado de infantería desprovisto de armas. La duda la elimina en un santiamén. Te inquietas. La razón viene a luchar por ti. Te tranquilizas. La razón está bien equipada con armas de última tecnología. No obstante, de forma asombrosa, a pesar de contar con unas tácticas superiores y un número de victorias aplastantes, la razón se queda fuera de combate. Te sientes debilitar, flaquear. La inquietud se torna terror.

El miedo entonces acomete contra el cuerpo, que ya se ha dado cuenta de que algo va horriblemente mal. Los pulmones ya han salido volando como un pájaro y las tripas se te han escurrido como una serpiente. Ahora la lengua se te cae muerta como una zarigüeya y la mandíbula empieza a galopar sin poder avanzar. Ensordeces. Los músculos te tiritan como si padecieras de malaria y las rodillas te tiemblan como si estuvieran bailando. El corazón se pone demasiado tenso y el esfínter se pone demasiado relajado. Y lo mismo ocurre con el resto del cuerpo. Cada parte de ti, de la forma que más le convenga a ella, se te desmonta. Lo único que sigue funcionando bien son los ojos. Ellos sí que le prestan la atención debida al miedo.

Te ves tomando decisiones precipitadas de forma atropellada. Despides a tus últimos aliados: la esperanza y la fe. Y ya está, tú mismo te has derrotado. El miedo, que no es más que una impresión, ha triunfado sobre tí.

"Vida de Pi". Yann Martel

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10 Febrero 2008

De improvisación y otras virtudes

Hubo un tiempo en que fui socia del Alfil. Durante esa época se sucedieron pequeños estrenos, correos masivos a los amigos y reclamos-zanahoria de consumición incluida en la entrada del teatro (ya se sabe que a algunos hay que entrarles por lo más básico).

El plan estaba bien; nos reuníamos todos, y nos sentábamos con una cervecita en el patio de butacas a ver con que nos sorprendían grupos de teatro reducidos con escenografía minimal.
Lo cierto es que después de varias obras en las que lo escatológico, las pollas gigantes y las mismas bromas zafias y recurrentes por doquier, se empeñaron en aparecer una y otra vez, me aburrí. Con cierta decepción, me pareció ver vulgaridad en un medio para mi todavía ubicado en una especie de altarcillo.

Porque yo amo el teatro. Me enamoré de él en la adolescencia más temprana. Todavía recuerdo el momento exacto. Fue en un "Yerma" interpretado por Núria Espert, ahí es nada. Todavía, me veo a mi misma pequeña y remetida en una butaca del Español o el María Guerrero (ahora no recuerdo cual de los dos templos). Pequeña de edad y con los ojos cada vez más grandes. Los ojos se me iban abriendo a medida que un escenario lleno de telas y lonas mutaba de una forma abstracta y eficaz. A medida que Nuria interpretaba la desesperación de una mujer yerma, de una mujer que no podía concebir. No sé si fue la fuerza del teatro, la fuerza de Lorca, la fuerza de la Espert, la fuerza de la temática, pero recuerdo que no podía parar de llorar y que cuando llegué a casa me puse a escribir como poseída, como invadida por una corriente de sentimientos que iban a explotar si no los canalizaba por alguna parte. Fue un papel. Fue uno de los primeros papeles que plasmaron la explosión de una sensibilidad exacerbada. Garabatos de adolescente recorridos por un carroussel de emociones.

Desde ese día le di mi amor. Me enamoré del teatro para siempre. Por muchas obras malas que vea, intentos fracasados de innovar, bodrios-promesa, tendrá para siempre mi amor. Porque cuando cuaja compensa todas las demás veces. Es arte en estado puro. Es auténtico, una verdad incontestable que tienes a pocos metros de tu alma.

Pero es un medio que hay que mimar. En un panorama lleno de vulgaridad, en el que lo mediocre y chusco parece lo normal, deberíamos conservar este teatro del alma. Existe. Doy fé que existe. La cena, Plataforma, Tío Vania, otras made in Shakespeare y un montón de otras obras estupendas hacen justo honor a esa herencia. En todas ellas existe un factor común; un buen texto.

Por eso cada vez que voy a un espectáculo de improvisación como el que fui ayer "Musicall" siempre me quedo medio vacía. La improvisación será un recurso necesario del actor, una herramienta equivalente a la red del trapecista, la elasticidad del bailarín, pero por si sola no es nada. Igual que no tendría ninguna gracia ver a un trapecista saltando en la red como si fuera una cama elástica o al bailarín haciendo apología una y otra vez de su flexibilidad, la improvisación per-se se queda muy corta. Porque para eso están los buenos textos, los ensayos y la profundización en los personajes. Para crear teatro de verdad, en mayúsculas. Y si el contenido se improvisa a través de vulgares mensajes al móvil, lo que veremos no será nada más que contorsionismo. Mucho mérito, no se lo quito, pero exento de emoción y profundidad, llegando justito al entretenimiento. Y eso es un despilfarro de talento.

Y es que en este país, la improvisación está sobrevalorada.

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13 Noviembre 2007

Haruki

Tiene Haruki algo que me hace sentir en casa estando a miles de kilómetros.

Algo que me provoca déjà vúes que nunca he visto y músicas que me convierten en shamisen y guitarra flamenca.

Saboreo cocidos madrileños de tempura y sushi cogiendo los garbanzos con palillos.

Bailo fandangos con kimonos de volantes, mientras florecen cerezos y azahares.

Y espero puestas de sol sentada en el sol naciente.

Mientras oigo clamar al silencio.

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6 Octubre 2007

La voz dormida

Tristeza y ternura. Fuerza y dignidad. Familias postizas en circunstancias extremas. Universo femenino que trasciende a la dureza y la agonía. Un grupo de mujeres encarceladas en la prisión de Ventas. Hechos históricos de esos tiempos que no hay que olvidar para no volver a caer en la más absurda de las atrocidades; el fratricidio.

Dignidad humana dentro de la indignidad más absoluta. Los sentimientos más puros y preciosos rodean los más lamentables y rastreros. Falta de libertad, falta de justicia, falta de igualdad. Las mujeres luchan por lo que creen, sobreviviendo, amando, apoyando a sus iguales. Una piña que se ayuda a alimentarse, a parir y a no dejar la vida perra que las acompaña. La vida que sueñan con cambiar y que tardará años en dar su fruto, demasiados años.

Por encima de todo, los sentimientos universales, sentimientos que acompañan a las personas cuando pueden ser consideradas como tales. Barbarie que acompaña a la barbarie, en todos los bandos, en todas las naturalezas desnaturalizadas por el odio y el horror.

Femenino es este libro de Dulce Chacón, en el que las mujeres se juegan la vida las unas por las otras, las mujeres aman y se embarazan. Esperan a sus hombres mientras se secan sus entrañas y su pelo se vuelve gris y marchito. Con la misma ilusión, con la misma esperanza de una vida que ha de empezar en algún momento. Mucha ternura. La de las miserias humanas cuando son comprendidas y acogidas con la naturalidad de quien las padece o ha pasado a entender ya cualquier cosa.

Ternura que se mezcla con dureza, la de los hombres que hacen cualquier cosa por ver a sus mujeres mientras pierden la piedad arrasando pueblos y personas. La dualidad humana, capaz de lo mejor y lo peor. Capaz de inspirar ternura en un momento y el más terrible de los miedos al siguiente segundo.

La resistencia física y mental. La capacidad del ser humano para acostumbrarse a cualquier cosa y sobrevivir. La no tregua, el sin perdón.

Y cuando veo las noticias, pienso que no hemos aprendido nada. Que esos años de sangre y horror al menos deberían habernos valido para cultivar el respeto. El respeto por la variedad, por las divergencias. El sano temor a herir, física y moralmente al prójimo. La ambición de prudencia y mesura, de tolerancia y aceptación por visiones diferentes.

Y me indigna lo que veo en las noticias y períodicos. La falta de respeto y calidad personal de nuestros representantes, que a mí no me representan. Pero que para poder representar a alguien intentan que sus electores sean cada vez más patéticos y manipulables. Intentan hacer personas maniqueas y mezquinas a su semejanza, para poder tener autoridad moral sobre seres similares. Y sentirse bien. Pero han perdido el respeto por la inteligencia, la mesura y la prudencia. Y por eso a mi no me representan. Porque la historia está para aprender de ella, no para revivirla.

Y cuando veo ultraderechistas madrileñosy ultranacionalistas catalanesjuntos a las puertas de la Audiencia Nacional, saco factor común; la estupidez. Una estupidez también universal que puede llevar a un judio a declararse neonazi. Sublimación del sinsentido y de la universalidad de los sentimientos. De los buenos y de los malos.

Del libro me quedo precisamente con uno de esos sentimientos universales. El del amor en mayúsculas. El amor eterno y para siempre. El que puede hacer a una persona esperar eternamente a otra mientras se marchita.Tras solo un beso.

Donde quedarán esos amores...

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Señorita Honeychurch

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Soy la versión madrileña de Lucy Honeychurch, desde mi ventana veo un cuidado jardín, transito por las calles más exclusivas de mi ciudad y llevo una existencia "comme il faut"; trabajo en un lugar respetable, visto de forma respetable, pero...me "aburre" tanta contención: me rebelaré algún día?

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