Categoría: El dormitorio
19 Febrero 2012
Me levanto con dolor de cabeza otra vez. Por segundo día consecutivo. Supongo que necesitaba descansar. Un viernes reparador de esos de meditar e irse a la cama respetando el biorritmo. Pero no fue así. Después de una semana agotadora de actividades, me sacaron a cenar. Merecía la pena. Todo por averiguar qué me sucedía y qué estaba sucediendo una vez más. Tratando de comprender las vicisitudes de la vida propias y las de otros.
Hoy hace tres semanas que lo conocí. Una página de esas de contactos. Prometí no volver a meterme nunca más. Mucho tiempo invertido y bastante frustración de hablar con gente a la defensiva o que simplemente no te interesa nada. Espejismos variados sobre personas que luego resultan ser muy diferentes. Mentiras, gente dañada o simplemente vacilones que parece necesitan entretenimiento. De todo hay. Lo cierto es que por escrito resulta, a veces, más fácil conocer determinadas cosas de las personas. Pero falta la piel, asociar las caras y el calor del directo. Eso no se puede suplir con nada. Eso es la gran sorpresa que te espera cuando pasas a conocerte.
En tres semanas, hablamos todo el rato. No ponía nada sobre él, pero me lo contó todo en media hora. Siempre he sabido dialogar. A veces pienso que me lo podría tomar como profesión. Porque hoy en día, la gente está tan sola y con tanto miedo, que lo del chateo da calorcito pero sin agobiar. Sin arruinar tu estado independiente, las burbujas varias, pero haciéndonos vivir una especie de ficción de lo más agradable. Porque, de pronto, resultamos interesantes a otros. A esos que, de pronto, nos hacen caso. Pero manteniéndonos en nuestro cómodo sofá y nuestras pequeñas costumbres, como tener un rooibos calentito sobre la mesa.
Cuando el chateo pasa a dispositivo móvil, ya no hay solución. Se deja de acotar temporalmente el tiempo invertido, y pasa a convivir contigo de forma permanente. Veinticuatro horas de conexión con un extraño. Que de pronto parece que no es extraño y lo conoces desde que pusiste los pies en este mundo. Craso error. Falsa entelequia que juega la ilusión al solitario. Pensando que alguna explicación tendrá que haber para que esa extraña situación se haya creado y te invada por tantos días.
Pero la realidad se impone como un ladrillo. Como ese jarro de agua fría que te despierta de un letargo veraniego maravilloso. Y te dice que todo es mentira. O que ni es mentira ni verdad. Que simplemente es lo que es. Personas que fluyen o reman en dirección contraria a la de su propia corriente. Invadidos por sus circunstancias y factores personales. Que a saber cuáles son.
Prometí no ser nunca más psicóloga de nadie. Yo me cuido de forma permanente. Cultivo cuerpo y alma porque lo necesito y porque una vez estuve al borde del abismo. Precisamente, por dar demasiado de sí. Por aceptar vampiros laborales y emocionales y no ponerles freno. Y después siempre se repite la historia. Todos me adoran. Todos quieren conservarme. Y aparecen y desaparecen del mapa a su antojo. Y yo soy incapaz de no alegrarme cuando veo sus caras otra vez. Aunque debería mandarlos a la mierda.
Y una vez más así me encuentro. Frenada antes de arrancar. Intentando entender de nuevo porque se me repite el patrón una y otra vez. Por qué los tiempos nunca me coinciden y si me coincidirán algún día. Preguntando por qué doy tanto respeto. Y por qué conservo tantos nexos y amigos que me han dado la larga cambiada. Supongo que los comprenderé. Y que, en el fondo, me pongo en su lugar. Siempre me he puesto demasiado en el lugar de las personas como para retirarlas de mi vida. Y así voy acumulando historias. Historias diferentes que mi psicóloga dice que debería escribir algún día. Porque a mí se me acaban olvidando por supervivencia, para poder seguir adelante cada día y volver a tropezar lo más limpia posible. Y ella me las recuerda para demostrarme que soy valiente y que lo intento.
Pero empiezo a estar cansada de tanto espejismo.
servido por Honey
3 comentarios
compártelo
18 Diciembre 2010
Ya estoy en casa.
En un rato tengo dos cumpleaños distintos. Celebran su cumpleaños cinco amigos. Algo debe de tener la Semana Santa para que tantos padres de amigos decidieran ponerse manos a la obra con los juegos de cama. Pero a mí se me acumula el trabajo en estos días navideños. Y eso que no tengo ni cenas, ni celebraciones especiales como casi todo el mundo tiene. Sosa que es mi empresa.
Como ya os dije en otra ocasión, llevo una racha sin ganas de escribir. No le veo sentido. Como todas mis aficiones, esta vive una época baja. Llego a rastras a baile y apenas sigo la coreografía. Lo peor es que lo hago con tan poca gracia. Llego aquí y escribo por eso de no sentir que dejo nada. Porque como siga desapareciendo esta afición se va a diluir en la inactividad. Desaparecer lentamente y de manera silenciosa. Tampoco siento que lo haga ni con gracia ni con tino especial. Si es que alguna vez lo tuve.
Total, que me veo sosa sosísima últimamente, como esa pieza comodín que encaja en todas partes y ninguna. Sin sensación de pertenencia, como perro verde en cada contexto. Me salva últimamente la Pandilla Maravilla, que me saca de mi realidad laboral estresante y racional, para llevarme a lugares en los que yo habito cuando soy feliz. Esos a los que últimamente voy poco.
Quizá sean los efectos secundarios de mi último periplo. Un viaje mitad de trabajo mitad de placer que me llevó una vez más a Londres, tan grande, tan fotogénica, tan dura, tan habitada y me llevó a Amsterdam a reencontrarme con mi holandés-sorpresa de la temporada.
Londres trancurrió bien; interesante, con ganas de hablar ese perfecto inglés que parece imposible para protestar, para defender a mi país de esa corriente opositora, parte real parte tan británica. Pero los nervios se los llevó todos Amsterdam. Tras dos meses desde nuestro encuentro esperando este momento, me encontraba como un auténtico flan. Tiempo de expectativas mutantes. Tiempo de mensajes cortos y correos que se me hacían aún más cortos al carecer de límites en su extensión potencial.
Tenía que ir a verle. En Madrid me quedé en ese estado de imbecilidad supina tan agradable cuando conoces a alguien que te gusta. Con mi cabecita inventando cuentos de hadas y haciendo planes imposibles. Estupideces para los que una usa esta absurda imaginación. Y solo quería verle. Su reacción pareció parecida. Un holandés errante por el mundo durante dos meses; Filipinas, Hong-Kong, China, Vietnam, Camboya. Dos meses interminables, para él llenos de experiencias. Para mí llenos de invenciones y esperas.
Y apareció en el aeropuerto a buscarme. Yo nerviosísima y con una maleta que había hecho y deshecho ciento cincuenta veces. Con mil vestidos absurdos para un clima infernal, de nieve, viento y cielo encapotado.
Y vivimos juntos tres días. Y me enseño fotos. Y me cocinó. Y compartimos baño y cama. Y tomamos café durante largas mañanas. Y vimos molinos, anduvimos en bicicleta y contemplamos cuadros maravillosos. Fuimos a cenar atravesando canales y hablamos de nuestras vidas y familias. Conociendo nuestros entornos. Demasiado pronto, demasiado rápido. Y tuve momentos de pánico en los que me pregunté una y otra vez qué demonios hacía ahí. Echando de menos mi sol y mi cielo de Madrid. Mi casa acogedora, mis zumos de naranja y mi aceite de oliva. Recordándome un poco mi inmersión alemana. Mis seis meses en la oscuridad de un invierno del Ruhr, comiendo salchichas y aprendiendo ese idioma tan difícil. Y cuando ya estaba hecha y mi cabeza había dejado de dar vueltas. Cuando estuve tranquila y a gusto, con un comportamiento de pareja de hace mil años, hubo que marcharse.
Y ahora estoy aquí, intentando entender qué pasó y que quiero que pase, mientras trabajo como una loca y no le saco el sabor a mis actividades favoritas. El prepara un nuevo viaje a la India.
Imagino que esto de ser ciudadanos del mundo es lo que tiene. A veces desearía tener más prejuicios, una mente más estrecha, más tranquila y simple. Supongo que entonces no me pasarían estas cosas. Para algunos la vida parece mucho más sencilla en su pertenencia a grupos con todo precalculado.
Y yo aquí me hallo, repartiéndome entre países y cumpleaños. Divina o maldita dualidad.
servido por Honey
8 comentarios
compártelo
13 Agosto 2010
Dicen que el amor es caprichoso, que aparece cuando menos te lo esperas y que se muestra escurridizo cuando parece que lo vas a agarrar. Como untado en jabón el amor que a mí me tocaría, se escapa de mis manos, por miles de razones.
Parece mentira la dificultad en la coincidencia de la bilateralidad del sentimiento, del momento de cada uno y de las barreras personales que nosotros mismos nos instalamos.
Imagino, que yo estoy en ese punto de "sin barreras" al que me ha costado bastante llegar. Con ese ojo clínico que me caracteriza para enamorarme del más inconveniente, porque imagino que tiendo a ver lo que pueden ser las personas una vez se liberan de ciertos miedos. Veo buenas bases, buenos corazones, sentimientos puros e inteligencia. También veo el miedo, la indecisión, la incapacidad emocional, o la falta de perspectiva vital determinada. Pero por alguna razón, siempre pienso que esto segundo es superable. Se me olvida que tiene que haber una voluntad valiente y entregada para vencer esos miedos y limitaciones. Y que, simplemente, no todo el mundo la tiene o la quiere tener.
Porque la voluntad es libre y caprichosa. Como el amor, que se fija en quien no puede dar y hace la cobra con quien parece dispuesto a darlo todo. Esto es un lío de dimensiones espaciales. O la cosa más sencilla del mundo. Todo depende con quien se tope.
Es curioso cómo a personas con gran inteligencia racional, capaces de enfrentarse a todo tipo de retos difíciles, estas pequeñas cosas sencillas de la vida, les resultan tan complicadas. Fluir sería mucho más sencillo. Abandonar un poco la mente y dejarse vagar por el río de lo que uno siente en un instante. Sin pensar en consecuencias y embrollos.
Porque fluyendo resulta todo mucho más fácil y rico. Descubrimos cosas de nosotros mismos y retiramos bloqueos en la parte del pecho, del corazón que está habitualmente acorazado entre las costillas.
Ayer en clase de yoga, desbloqueábamos el corazón, para ir por la vida regidos e iluminados por él. Abandonando un poco el giro rápido de cabeza de la rapaz, del felino en cacería y del antílope en alarma permanente. Porque somos humanos y tenemos la capacidad de elegir como caminar por la vida. Y yo paso de ser ninguno de estos animales. Elijo ser humana y dar preponderancia al corazón, que junto con la razón, nos distingue de ellos. Porque ellos aman por instinto. Y nosotros podemos elegir hacerlo o no.
Y yo elijo que sí, y por eso respiro hondo, ensancho los pulmones y proyecto mi corazón hacia delante, dejando mi mente fluir tranquila y serena. Decidiendo que me rija un poco la voluptuosidad, los sentimientos y el alma.
Aunque sean caprichosos.
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
30 Junio 2008
Hay veces que volver resulta complicado. Volver y retomar este espacio testigo de mi vida. Sobre todo cuando en varias semanas pasan tantas cosas. He tenido tantos altibajos estos días, que no sé si montarme en uno de esos carricoches de feria y pasar por cada uno de esos picos a los que se llega despacio para luego desplomarse por una cuesta empinada a toda velocidad. Montañas rusas que en la vida también deberían tener la opción de subir muy rápido, de forma desmesurada para después ir cayendo despacio hasta llegar en un suave descenso al punto inicial. La otra opción es trazar una línea media, quitar los máximos y mínimos y quedarme con la media aritmética, la media ponderada, la media móvil o cualquier otro tipo de parámetro que tienda por definición al equilibrio. Un equilibrio donde yo me siento mucho mejor. Un equilibrio que añoraba desde hace meses. Ahora, fuera del carricoche, me doy cuenta.
He estado en Nueva York. Casi una semana en la que combiné paseos, soledad y placer con reuniones, cenas de trabajo en sitios de moda y compras express. Eché de menos a mis amigas para recorrer la ciudad al más puro estilo Sex & City, cotillear, ir de compras y ligar tomando un Cosmopolitan.
A la vuelta, me compré una casa en la playa, porque yo lo valgo y ya estaba cansada de tanta ciudad. Comí paellas para volver al país y sentí la brisa marina del Mediterráneo.
Hablé con Juan pensando en retomar todo donde lo dejamos. Regalarle un par de camisetas de la tienda de moda de NY y un Omega traido de la mismísima Canal Street. Pero mientras yo luchaba por concentrarme con la talla en una tienda con la música a tope, dependientes con el torso desnudo y una música atronadora, él había decidido dejarme. Después de hacer feng shui con casi todo, había llegado mi turno. Así que tras saludar a mi querida Madrid, dije adiós a Juan. Good bye Juan. Ya puedo dormir en diagonal, estar en silencio cuando quiera y no preocuparme por su bienestar.
Y aquí estoy de nuevo, en casa. Sola con mi ordenador, mis eternas amigas que nunca fallan y pensando en qué muebles poner en mi terraza de la playa. Me debería tomar un Cosmopolitan "right now" y pensar en comprarme por primera vez unos taconazos. Y quien no alcance que se suba a una escalera.
De regalo me dejó su propuesta para el club de lectura; "El libro de los amores ridículos". Genial ironía. No pude ir a comentarlo. Demasiada subjetividad. El próximo día volveré con fuerzas.
Así que un mes más tarde, he cruzado el charco, me ha dejado el novio, y tengo un bonita casa en la playa. A la puesta de sol, invito a mojitos.
PD: He decidido usar el humor para iniciar el proceso de recarga. He decidido sufrir lo menos posible y tomar la perspectiva necesaria como para darle las gracias por dejarme seguir a mi aire.
Creo que en el Conde Duque me voy a convertir en activo fijo los próximos conciertos. Hoy he comprado mil entradas.
servido por Honey
15 comentarios
compártelo
15 Mayo 2008
Hace días que no hablamos y el silencio me retumba fuerte en el pecho.
El corazón grita fuerte a un teléfono desconectado y mira correos inexistentes.
Lo sé, es un silencio pactado. Unos momentos de reflexión que ambos necesitamos.
O más bien tú. Porque yo siempre tengo mis momentos de silencio. En pequeñas dosis. Porque mi relación con el silencio es del todo diferente a la tuya.
Hay silencios que se cortan con cuchillo en momentos puntuales. Muy pocos.
La mayoría son silencios de paz, de reencuentro conmigo misma, de respirar el aire que me rodea, de conexión con cada partícula que toca mi piel. Son silencios en los que activo mi yo sensorial por una vez al día, mientras trato de dejar mi mente abandonada. Porque vivo ajena a mi parte animal la mayor parte del tiempo, desconectada permanentemente de la naturaleza y ni huelo, ni percibo el aire, ni una mínima brisa en mi piel. Ni siquiera miro más allá de un metro de mis ojos, ni más acá en mi interior.
Mis silencios son reencuentros. Mis silencios son remansos de paz. Visualizo jardines zen y paisajes idílicos o simplemente trato de quedarme en blanco, como en estado de letargo.
Silencios blancos de luz y de armonía. Todavía no sé si a eso se le llama meditar, puede que sí. Son silencios que conectan mi energía, silencios que reequilibran mi tempestad, silencios que escuchan la esencia, silencios que me traen de vuelta rescatada de bosques laberínticos donde pude perderme para siempre.
Son como masajes en los pies pero en el alma. El paisaje amplio que se divisa cuando por fin llegas a la cumbre de una montaña. Y el viento que te mece, y el pelo que te viene a la boca o se te revuelve. Y ver la inmensidad. Aunque no venga acompañada de un bocadillo de chorizo.
Pero estos días el silencio me tranquiliza solo un rato. El resto del tiempo es vacío e incógnita. Sensación de estar al borde del adiós. Sin saber cómo, sin saber porqué.
Y voy al baño y ha desaparecido tu neceser. Y me quedo muda.
servido por Honey
15 comentarios
compártelo
15 Febrero 2008
Quiero que me des besos, muchos besos. Que me digas que sientes algo especial, mientras acaricias mi cara y me dices que es muy suave.
Que una corriente nos surque de cuerpo a cuerpo conectando nuestro ser en una pasarela de armonía. Quiero abandonarme y confiar, olvidar esos surcos negros que se me presentan enviándome al pasado. Decidir ser yo en estado puro. Quitarme los velos y ese miedo que me provocaron otros seres poco sensibles.
Preguntarte si eres bueno y que me contestes "sí". Un sí castellano de colores primarios y contundentes. Un sí lleno de optimismo y vitalidad. Un sí que me contagie una sonrisa y me haga sentir cosquillas en mi cabeza cerrada por vacaciones.
Quiero girar en el aire mientras tomamos un té. Dejar estupefactas a las amigas que se cuentan aventuras mientras toman un café y fuman un cigarro. Hacer desenfundar ese móvil con cámara, regalo de Vodafone, a ese camarero con espíritu de sorpresa a prueba de bomba.
Y sentir que nos conocimos en algún lugar mucho antes. En alguna parte donde habitan los seres viejos, los seres cristalinos que conservan muchos niños dentro. Niños que se niegan a asumir la pérdida de la inocencia por el simple crecimiento, por el vulgar paso del tiempo. Seres que conservan y alimentan su tesoro desde dentro, sin que nadie les vea. Le dan de comer y calientan. Para que el niño siga siendo niño, para que goce de buena salud, para que vea lo que otros no ven, para que le de fuerza.
Y me pareció reconocerte en cuanto te vi. Un semejante emitiendo ondas directas a donde guardo el tesoro. Y yo debí de abrir un poco el cofre para que lo vieras. Porque querías hacerlo y ya estoy harta de esconderlo.
Y me dan escalofríos cuando hablo contigo.
Debes de soplar muy fuerte. O quizá seas un mago.
servido por Honey
18 comentarios
compártelo
22 Abril 2007
Llego a casa con la imagen del espectro en mi retina. El ángel que se volvió fantasma.
Noche de jazz y blues, noche de amigas incondicionales, de charlas animadas engullendo comida árabe amenizada con danza oriental. Nos escuchamos, nos queremos, nos respetamos.
Exijo mi dosis olvidada de ritmos que te llevan. De ritmos a los que abandonarse mientras todos se abandonan, mientras pasas de los problemas cuando todos pasan, sin identidades que no existen mientras ninguna existe, de profesiones que a nadie importan, de detalles que olvidas con solo dejarte guiar por los ritmos y la oscuridad.
Llego a mi catedral del ritmo. Saludo al portero, un poco bobo para ser de toda la vida. Pedimos la primera, mientras el local está vacío y el aire todavía está limpio y nitido. Me invade la música, me dejo arrastrar por el ritmo y la cadencia. Las conversaciones me atrapan. Hoy somos multitud; una multitud maravillosa que ha hecho lo posible por reunirse y por verse. El tiempo todavía no nos ha cambiado mucho, nuestra esencia sigue intacta, fiel a todos los tópicos sobre nosotras mismas.
Pronto el hogar se puebla de los habitantes habituales del planeta; el mulato de dos metros y coleta inalcanzable me saluda con su sonrisa de chiste y sus ojos tristes. Me gusta verle. Tengo sensación de que le gusto. No sé si es cierta o o si tiene esa generosa cualidad de hacer sentirse deseado a quien le mira. Es un tiarrón que me provoca ternura y melancolía. Con su aspecto divertidísimo es la persona más triste del lugar, como esos payasos que han de hacer reir aunque tengan una depresión de caballo. Bailamos, charlamos cuatro palabras y desaparece. Pulula como una pulga gigantesca que tiene miedo a posarse en alguna parte. Nosotras aceptamos su condición. Le dejamos que se pose hasta que decide dar otro salto.
Fauna variopinta. Un rasta colgado, un espontáneo barbudo, un guitarrista con hoyuelos engatusador.
Miro a la puerta y veo la entrada de dos chaquetas disonantes. "Esto se va a la porra, mucha chaqueta por aquí", digo a mi amiga. Mi voz no le llega al oído. De pronto me quedo lívida.
He visto a un ángel. No, he visto un fantasma.
Hay cosas que es mejor dejar donde se quedaron, hay cosas que es mejor no volver a recordar, no volver a dotar de luz ni de importancia. Ver un fantasma no es plato de gusto. Y menos si una vez fue ángel, entonces da pena y nostalgia de lo que fue.
Hablo con el fantasma, no sé que va a pasar. Decido que nada. Le pregunto sobre su paradero más allá de la tierra. Tiene dólares en la mirada y ha perdido el corazón que quizá nunca tuvo. Ruta inversa. Caminos que se cruzan cuando una va a marte y el otro al infierno. Una curva les aproxima una vez más para que se despidan y se vean. Me despido con nostalgia. Nostalgia de naturalidad y verdad, de luz y palabras francas. Yo ya no juego, digo lo que pienso, lo que necesito decir. Paso de todo. Le digo adiós porque lo siento. Ese adiós que él nunca me dijo, que prolongó hasta desaparecer de la faz de la tierra. Hoy la faz de la tierra me lo trae, lo vomita y lo pone delante de mí esta noche de reencuentros. Y yo se lo devuelvo. No lo quiero, me quedo con la idea que una vez me inspiró, con la sensación que una vez tuve, y rechazo la de ahora. La olvido, la devuelvo. Un ángel o un demonio. Supongo que ninguno. Pero ninguno se presenta como un fantasma al que despido por insolvencia, por malhacer, por torpeza.
Y derrotada y vacía os lo cuento a vosotros. Porque escucháis, porque os interesa algo más que mi cuerpo.
Escrito a las 7 de la mañana un poco perjudicada
A leer con esta música(Gracias Am_zoo)
servido por Honey
27 comentarios
compártelo
21 Septiembre 2006

Angel alado, angel perdido, angel escondido,
viniste de repente, te fuiste de repente,
como esos silencios repentinos y mudos que por un segundo anulan el ruido que nos invade.
A dónde te llevaron tus alas, dónde recalaron tus huesos largos, dónde reposa tu cabeza fina y dorada.
Dónde limpias tus plumas blancas y dónde planchas las sábanas que te envuelven.
Quién te cobija, quién te baila, quién alimenta tu cuerpo grande y alargado con delicias necesarias, quien te acompaña en tu devenir, en tus planes de lechera práctica y obstinada.
Y tus pasos por donde avanzan, y tus ojos qué es lo que miran, y tu voz, qué idioma habla.
Ser o no ser, realidad o irrealidad, existes o ya no existes, estás aquí o allá, eres idea o verdad, quiero un mensaje, una señal.
Por las redes de este tiempo siempre podrás volar, si aprovechas esas alas que alguien te quiso dar. Y quién fue ...pues yo, la soñadora Honeychurch!!!
servido por Honey
9 comentarios
compártelo