Categoría: El dormitorio
30 Junio 2008
Hay veces que volver resulta complicado. Volver y retomar este espacio testigo de mi vida. Sobre todo cuando en varias semanas pasan tantas cosas. He tenido tantos altibajos estos días, que no sé si montarme en uno de esos carricoches de feria y pasar por cada uno de esos picos a los que se llega despacio para luego desplomarse por una cuesta empinada a toda velocidad. Montañas rusas que en la vida también deberían tener la opción de subir muy rápido, de forma desmesurada para después ir cayendo despacio hasta llegar en un suave descenso al punto inicial. La otra opción es trazar una línea media, quitar los máximos y mínimos y quedarme con la media aritmética, la media ponderada, la media móvil o cualquier otro tipo de parámetro que tienda por definición al equilibrio. Un equilibrio donde yo me siento mucho mejor. Un equilibrio que añoraba desde hace meses. Ahora, fuera del carricoche, me doy cuenta.
He estado en Nueva York. Casi una semana en la que combiné paseos, soledad y placer con reuniones, cenas de trabajo en sitios de moda y compras express. Eché de menos a mis amigas para recorrer la ciudad al más puro estilo Sex & City, cotillear, ir de compras y ligar tomando un Cosmopolitan.
A la vuelta, me compré una casa en la playa, porque yo lo valgo y ya estaba cansada de tanta ciudad. Comí paellas para volver al país y sentí la brisa marina del Mediterráneo.
Hablé con Juan pensando en retomar todo donde lo dejamos. Regalarle un par de camisetas de la tienda de moda de NY y un Omega traido de la mismísima Canal Street. Pero mientras yo luchaba por concentrarme con la talla en una tienda con la música a tope, dependientes con el torso desnudo y una música atronadora, él había decidido dejarme. Después de hacer feng shui con casi todo, había llegado mi turno. Así que tras saludar a mi querida Madrid, dije adiós a Juan. Good bye Juan. Ya puedo dormir en diagonal, estar en silencio cuando quiera y no preocuparme por su bienestar.
Y aquí estoy de nuevo, en casa. Sola con mi ordenador, mis eternas amigas que nunca fallan y pensando en qué muebles poner en mi terraza de la playa. Me debería tomar un Cosmopolitan "right now" y pensar en comprarme por primera vez unos taconazos. Y quien no alcance que se suba a una escalera.
De regalo me dejó su propuesta para el club de lectura; "El libro de los amores ridículos". Genial ironía. No pude ir a comentarlo. Demasiada subjetividad. El próximo día volveré con fuerzas.
Así que un mes más tarde, he cruzado el charco, me ha dejado el novio, y tengo un bonita casa en la playa. A la puesta de sol, invito a mojitos.
PD: He decidido usar el humor para iniciar el proceso de recarga. He decidido sufrir lo menos posible y tomar la perspectiva necesaria como para darle las gracias por dejarme seguir a mi aire.
Creo que en el Conde Duque me voy a convertir en activo fijo los próximos conciertos. Hoy he comprado mil entradas.
servido por Honey
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15 Mayo 2008
Hace días que no hablamos y el silencio me retumba fuerte en el pecho.
El corazón grita fuerte a un teléfono desconectado y mira correos inexistentes.
Lo sé, es un silencio pactado. Unos momentos de reflexión que ambos necesitamos.
O más bien tú. Porque yo siempre tengo mis momentos de silencio. En pequeñas dosis. Porque mi relación con el silencio es del todo diferente a la tuya.
Hay silencios que se cortan con cuchillo en momentos puntuales. Muy pocos.
La mayoría son silencios de paz, de reencuentro conmigo misma, de respirar el aire que me rodea, de conexión con cada partícula que toca mi piel. Son silencios en los que activo mi yo sensorial por una vez al día, mientras trato de dejar mi mente abandonada. Porque vivo ajena a mi parte animal la mayor parte del tiempo, desconectada permanentemente de la naturaleza y ni huelo, ni percibo el aire, ni una mínima brisa en mi piel. Ni siquiera miro más allá de un metro de mis ojos, ni más acá en mi interior.
Mis silencios son reencuentros. Mis silencios son remansos de paz. Visualizo jardines zen y paisajes idílicos o simplemente trato de quedarme en blanco, como en estado de letargo.
Silencios blancos de luz y de armonía. Todavía no sé si a eso se le llama meditar, puede que sí. Son silencios que conectan mi energía, silencios que reequilibran mi tempestad, silencios que escuchan la esencia, silencios que me traen de vuelta rescatada de bosques laberínticos donde pude perderme para siempre.
Son como masajes en los pies pero en el alma. El paisaje amplio que se divisa cuando por fin llegas a la cumbre de una montaña. Y el viento que te mece, y el pelo que te viene a la boca o se te revuelve. Y ver la inmensidad. Aunque no venga acompañada de un bocadillo de chorizo.
Pero estos días el silencio me tranquiliza solo un rato. El resto del tiempo es vacío e incógnita. Sensación de estar al borde del adiós. Sin saber cómo, sin saber porqué.
Y voy al baño y ha desaparecido tu neceser. Y me quedo muda.
servido por Honey
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15 Febrero 2008
Quiero que me des besos, muchos besos. Que me digas que sientes algo especial, mientras acaricias mi cara y me dices que es muy suave.
Que una corriente nos surque de cuerpo a cuerpo conectando nuestro ser en una pasarela de armonía. Quiero abandonarme y confiar, olvidar esos surcos negros que se me presentan enviándome al pasado. Decidir ser yo en estado puro. Quitarme los velos y ese miedo que me provocaron otros seres poco sensibles.
Preguntarte si eres bueno y que me contestes "sí". Un sí castellano de colores primarios y contundentes. Un sí lleno de optimismo y vitalidad. Un sí que me contagie una sonrisa y me haga sentir cosquillas en mi cabeza cerrada por vacaciones.
Quiero girar en el aire mientras tomamos un té. Dejar estupefactas a las amigas que se cuentan aventuras mientras toman un café y fuman un cigarro. Hacer desenfundar ese móvil con cámara, regalo de Vodafone, a ese camarero con espíritu de sorpresa a prueba de bomba.
Y sentir que nos conocimos en algún lugar mucho antes. En alguna parte donde habitan los seres viejos, los seres cristalinos que conservan muchos niños dentro. Niños que se niegan a asumir la pérdida de la inocencia por el simple crecimiento, por el vulgar paso del tiempo. Seres que conservan y alimentan su tesoro desde dentro, sin que nadie les vea. Le dan de comer y calientan. Para que el niño siga siendo niño, para que goce de buena salud, para que vea lo que otros no ven, para que le de fuerza.
Y me pareció reconocerte en cuanto te vi. Un semejante emitiendo ondas directas a donde guardo el tesoro. Y yo debí de abrir un poco el cofre para que lo vieras. Porque querías hacerlo y ya estoy harta de esconderlo.
Y me dan escalofríos cuando hablo contigo.
Debes de soplar muy fuerte. O quizá seas un mago.
servido por Honey
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22 Abril 2007
Llego a casa con la imagen del espectro en mi retina. El ángel que se volvió fantasma.
Noche de jazz y blues, noche de amigas incondicionales, de charlas animadas engullendo comida árabe amenizada con danza oriental. Nos escuchamos, nos queremos, nos respetamos.
Exijo mi dosis olvidada de ritmos que te llevan. De ritmos a los que abandonarse mientras todos se abandonan, mientras pasas de los problemas cuando todos pasan, sin identidades que no existen mientras ninguna existe, de profesiones que a nadie importan, de detalles que olvidas con solo dejarte guiar por los ritmos y la oscuridad.
Llego a mi catedral del ritmo. Saludo al portero, un poco bobo para ser de toda la vida. Pedimos la primera, mientras el local está vacío y el aire todavía está limpio y nitido. Me invade la música, me dejo arrastrar por el ritmo y la cadencia. Las conversaciones me atrapan. Hoy somos multitud; una multitud maravillosa que ha hecho lo posible por reunirse y por verse. El tiempo todavía no nos ha cambiado mucho, nuestra esencia sigue intacta, fiel a todos los tópicos sobre nosotras mismas.
Pronto el hogar se puebla de los habitantes habituales del planeta; el mulato de dos metros y coleta inalcanzable me saluda con su sonrisa de chiste y sus ojos tristes. Me gusta verle. Tengo sensación de que le gusto. No sé si es cierta o o si tiene esa generosa cualidad de hacer sentirse deseado a quien le mira. Es un tiarrón que me provoca ternura y melancolía. Con su aspecto divertidísimo es la persona más triste del lugar, como esos payasos que han de hacer reir aunque tengan una depresión de caballo. Bailamos, charlamos cuatro palabras y desaparece. Pulula como una pulga gigantesca que tiene miedo a posarse en alguna parte. Nosotras aceptamos su condición. Le dejamos que se pose hasta que decide dar otro salto.
Fauna variopinta. Un rasta colgado, un espontáneo barbudo, un guitarrista con hoyuelos engatusador.
Miro a la puerta y veo la entrada de dos chaquetas disonantes. "Esto se va a la porra, mucha chaqueta por aquí", digo a mi amiga. Mi voz no le llega al oído. De pronto me quedo lívida.
He visto a un ángel. No, he visto un fantasma.
Hay cosas que es mejor dejar donde se quedaron, hay cosas que es mejor no volver a recordar, no volver a dotar de luz ni de importancia. Ver un fantasma no es plato de gusto. Y menos si una vez fue ángel, entonces da pena y nostalgia de lo que fue.
Hablo con el fantasma, no sé que va a pasar. Decido que nada. Le pregunto sobre su paradero más allá de la tierra. Tiene dólares en la mirada y ha perdido el corazón que quizá nunca tuvo. Ruta inversa. Caminos que se cruzan cuando una va a marte y el otro al infierno. Una curva les aproxima una vez más para que se despidan y se vean. Me despido con nostalgia. Nostalgia de naturalidad y verdad, de luz y palabras francas. Yo ya no juego, digo lo que pienso, lo que necesito decir. Paso de todo. Le digo adiós porque lo siento. Ese adiós que él nunca me dijo, que prolongó hasta desaparecer de la faz de la tierra. Hoy la faz de la tierra me lo trae, lo vomita y lo pone delante de mí esta noche de reencuentros. Y yo se lo devuelvo. No lo quiero, me quedo con la idea que una vez me inspiró, con la sensación que una vez tuve, y rechazo la de ahora. La olvido, la devuelvo. Un ángel o un demonio. Supongo que ninguno. Pero ninguno se presenta como un fantasma al que despido por insolvencia, por malhacer, por torpeza.
Y derrotada y vacía os lo cuento a vosotros. Porque escucháis, porque os interesa algo más que mi cuerpo.
Escrito a las 7 de la mañana un poco perjudicada
A leer con esta música(Gracias Am_zoo)
servido por Honey
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21 Septiembre 2006

Angel alado, angel perdido, angel escondido,
viniste de repente, te fuiste de repente,
como esos silencios repentinos y mudos que por un segundo anulan el ruido que nos invade.
A dónde te llevaron tus alas, dónde recalaron tus huesos largos, dónde reposa tu cabeza fina y dorada.
Dónde limpias tus plumas blancas y dónde planchas las sábanas que te envuelven.
Quién te cobija, quién te baila, quién alimenta tu cuerpo grande y alargado con delicias necesarias, quien te acompaña en tu devenir, en tus planes de lechera práctica y obstinada.
Y tus pasos por donde avanzan, y tus ojos qué es lo que miran, y tu voz, qué idioma habla.
Ser o no ser, realidad o irrealidad, existes o ya no existes, estás aquí o allá, eres idea o verdad, quiero un mensaje, una señal.
Por las redes de este tiempo siempre podrás volar, si aprovechas esas alas que alguien te quiso dar. Y quién fue ...pues yo, la soñadora Honeychurch!!!
servido por Honey
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13 Agosto 2006
Espacio y tiempo nos juntaron, de una forma casual, errática, casi imposible.
Espacio y tiempo fueron objeto de una conjunción puntual, instantánea, casi mágica.
Madrid fue el espacio, el hoy fue el tiempo. El hoy desaparece mañana y Madrid se desvanace en la distancia.
Un coincidir, un sorprender, para quedar luego a la nada, el recuerdo dulce de lo que nunca pudo ser, de la caducidad conocida desde el primer momento, de la ilusión contenida para que no duela.
Del espacio coyuntural, del tiempo milagroso que hizo que dos personas sin edad se encontrasen en un momento, en un segundo travieso, revoltoso, juguetón.
Un segundo en el que cerrar los ojos o en el que abrirlos muy fuerte, para percibir toda la luz, todo el color y todo el viento; hasta que el próximo segundo se apague todo, se oscurezca todo y te quede esa preciosa instantánea en el album de tu memoria.
servido por Honey
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1 Agosto 2006
Ayer tuve un sueño extraño, agitado, dulce y muy marciano.
Estaba yo en algún lugar de mi ciudad, que se había convertido en Gotham; todo lúgubre, sucio, de aire fabril, con habitantes lúgubres, oscuros, con cara de pocos amigos. Andaba yo en un bar de la ciudad de Gotham tomando una cerveza, en un concierto de personajes extraños, como en un espectáculo del señor Java the Hutt, contemplando veleidades de la naturaleza. Un aire espeso e irrespirable lo invadía todo. Los habituales del antro, seres mutantes vestidos de negro, gritaban sudorosos moviendo sus tentáculos al son de la polimórfica banda. Todos redondamente calvos, todos iguales, todos de negro. De repente, un individuo con pelo se acerca a mí y me persigue, me extraña su apariencia diferente. En un segundo da un giro, y de espaldas lleva una careta con la misma cara que inunda el local, como si un estado de mutación general invadiese el ambiente y el primer estadio fuese el de semejante individuo con careta perforadora de atrás a delante.
Despavorida ante semejante persecución, corro enloquecida lejos de ese lugar, parece imposible avanzar, pero de repente en un abrir y cerrar de ojos veo una luz.
Y huyendo del negro y la oscuridad, seguí la luz. De pronto los tonos sombríos fueron desapareciendo para dar paso a la claridad y al color. Me encontre en mi bar fetiche, con oxigeno limpio y luces de colores.
Todo el mundo sonreía y todo el mundo era diferente. Mis compañeros de baile bailaban una coreografía tipo Bollywood al son de una música celestial para mis oídos.
De pronto, cuando me parecía estar en el cielo, un ángel alto fuerte y rubio me acaricia la espalda. Por un momento siento que estoy dentro del sueño, percibo su existencia. Tiene unas alas hermosas, blancas y grandes y me envuelve en ellas. Son suaves y algodonosas, huelen a limpio. El ángel es hermoso y puro, suave y fuerte. Me eleva, me arrastra y me transporta volando a las nubes. Pide la bendición a sus padres, habitantes también de ese extraño lugar celestial. Una sonrisa lo dice todo.
Volamos, nos besamos en cada farola, conocimos nuestros rincones...sin espacio, sin tiempo, sin prisas, sin edad, sin letanía.
Ayer soñé que me salvaba un ángel...
Y desperté con plumas entre mis labios.
servido por Honey
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1 Marzo 2006
Mi dormitorio tiene una cama grande, una gran armario con todos mis ropajes, de lo más exclusivos y decentes, tengo un espejo para mirarme de cuerpo entero y un perchero donde cuelgan todos mis bolsitos victorianos. ¿Qué falta en mi dormitorio?
servido por Honey
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