Categoría: El confesionario
8 Noviembre 2009
Hace tiempo que vengo dándole vueltas. Siento algo interno e íntimo que no es fácil de explicar porque atiende a mi parte más irracional. El lado de las emociones, siempre lo he dejado yo un poco abandonado para atender inquietudes intelectuales o frivolidades varias. Siempre me han enseñado cómo hay que ser, cómo hay que pensar, cómo hay que vivir. Qué es lo correcto atendiendo a una moral muy elevada y exigente que yo me he ido construyendo a mi imagen y semejanza, incorporando las novedades que requieren nuestros días, unos tiempos complejos y cambiantes.
Los sentimientos, mi enorme sensibilidad y las emociones los aparqué porque hacían sufrir. Siempre habría tiempo para atenderlos. Porque equivocadamente pensé que estos asuntos no se trabajaban, simplemente existían, estaban ahí y punto. Sin embargo, tras años haciendo miles de esfuerzos, construyendo una especie de super-yo que nunca era suficiente para tan alta exigencia, miles de actividades, miles de viajes, miles de personas, me encuentro sola y vacía. Inmadura dentro de unas emociones intensas que intento dominar como jinete inexperto subido a caballo salvaje. Muy madura en mi reflexionar, siempre bien construido y racional. En mis análisis valientes en los que me veo desnuda delante de un espejo y me veo como una niña de 15 años. Porque en algunas cosas, parece que ahí me quedé. Tampoco tuve la suerte de otras personas, que encuentran quien les empuje a caminar por amor. A mi más bien siempre me paralizaron cuando iba a dar el siguiente paso.
Y lo curioso es que a veces pudiera parecer un ser viejo y sabio, y al segundo parezco una niña consentida. Me gusta mantener a la niña en las ilusiones, en la capacidad de disfrutar, en la sorpresa que me produce la naturaleza y la belleza del mar. En los milagros cotidianos que cada día me sorprenden, en el ansia de conocer y aprender.
Ahora me encuentro sola y vacía, con necesidad de amar. Ya no pienso que a un hombre, he perdido la esperanza. Hasta me da pereza volver a empezar. Siento que al final todos marchan sin grandes respuestas. Dejando interrogantes e ilusiones rotas en unas sábanas arrugadas. Supongo que el problema es mío. Seguro que sí, porque la cantinela se repite demasiado como para que el azar sea tan cabrón. Pero ya me da lo mismo. Tiro la toalla.
A lo que no quiero renunciar es a amar de forma incondicional, a entregar mi alma y a dar lo mejor de mi misma a un ser que lo merezca. O que no lo merezca, pero no lo pueda elegir. En esto los padres siempre tienen ventaja. Y yo quiero también aprovecharme de ella. Igual suena patético, pero yo quiero dar amor y la forma más incondicional que conozco es teniendo un hijo. Ya he hecho un razonamiento perfectamente construido para una necesidad. Una voluntad de ser madre que siento en mis entrañas y a la que no quiero renunciar porque sí. Porque no me veo peor que otra para serlo. O quizá sí y estoy tentando al destino que por algo me deja sin hombre.
Es mi espíritu inconformista el que se niega a aceptar la realidad que muchas de mis amigas apenas se plantean. O simplemente no cuentan, porque no son tan libro abierto como yo. Y ya estoy con los trámites de adopción y dando vueltas a la posibilidad de inseminarme. Y cuando digo ésto me siento como una vaca en una industria cárnica o lechera. Pero ya me he estado informando. Para empezar es mucho más seguro que hacértelo con tu pareja, que a estas edades puede venir ya con cualquier cosa.
Pero tomar una decisión así equivale a rubricar la falta de esperanza. Hace un año me parecía algo egoista, pero ahora, sobre todo viendo las dificultades para adoptar, no me parece más egoista o generoso que lo que puedan hacer dos en una pareja. Un poco raro, eso sí. Lo de llevar en el vientre al hijo de alguien a quien no conoces. Pero, hay tantas parejas que nunca se conocen. Tantas parejas que luego pelearán por la custodia de los hijos y se tirarán sartenes a la cabeza. Qué quizá mi opción no sea peor que la de otros.
Tengo también el embarazo sola, las tardes sola, el parto sola, las enfermedades sola, las decisiones sola, metidas en la cabeza. Y las renuncias. Renuncias a mis viajes lejanos y mi sensación de libertad, renuncias a mis planes frívolos, mi posible novela que nunca escribiré, las fotos que nunca aprenderé a hacer o el vagueo deambulante por mi casa. El posible adiós a un barrio que a mi me ha transformado en parte pero que seguramente no fuera el más apropiado para un crío. Y la renuncia al amor de un hombre, que si ya sola es complicado, mucho más lo será con una mochila. Y las ayudas necesarias, las zancadillas en el trabajo y el no llegar a nada a tiempo. Todavía menos a tiempo que ahora.
Todo eso rula por mi cabeza estos días, apenas me deja dormir algunas noches. Me tiene revuelta y rumiante. Rumiando lo que será una decisión que marcará mi vida inconformista.
Pero tengo claro una cosa: quiero ser madre.
servido por Honey
5 comentarios
compártelo
4 Noviembre 2009
Estoy en casa, con esa especie de abotargamiento que dejan dos días sin salir y un virus que me ha hecho, digamos, renovación de líquidos.
Después de que la semana pasada, fuera de estas de enmarcar, el fin de semana necesitaba descansar, tomar resuello. Y me fui al monte el sábado, a pasear y respirar. A comer patatas revolconas, boletus y un entrecote de enmarcar. A estar con mis padres y una prima que aparte de guapísima es la alegría de la huerta. Una persona siempre contenta, siempre optimista. Eso sí que es que te toque la lotería, mucho más que su tipazo y sus ojos verdes.
El domingo lo pasé con Maite y con Pau. Sintiéndome también en familia. En esa pequeña familia de dos que integra también a los que les quieren. A los que les quieren bien, a partir de ahora, que de todo se aprende. Y charlamos hasta quedarnos sin saliva, y aburrimos al pobre Pau, un niño precioso que se parece todo a ella y con el que compartí chistes verdes de mi infancia - de esos de los de caca, culo,pedo, pis- . Y tomamos una paella junto al mar, mientras diseccionábamos nuestros sentimientos, pasados y errores. Mientras la botella de vino iba bajando y Pau ya no sabía si jugar con la pelota o tirárnosla a la cabeza. Pero creo que le caí bien. Tan mono, tan achuchable, ya casi un caballerito. Y vi su nueva casa, llena de cuevas y recovecos para jugar a la búsqueda de tesoros y conseguí no caerme por las escaleras de mi guarida. Y vi su patio y comimos pipas viendo una película de misterio malísima que nos enganchó. Y vi más de cerca esa maternidad que me llama y me atormenta. Las dificultades y los frutos. La energia que requiere, la atadura que supone y el calor que da.
Siento que tengo una amiga para siempre en Barcelona. Y tengo que darte las gracias, Coctelera, porque todo lo que me has traído ha sido bueno. Gente maravillosa, algunos destinados a permanecer para siempre conmigo. Aunque también has conseguido que remueva aguas, que saque cosas, que reflexione en alto lanzando gritos al sol y a las nubes. Pero esos gritos soy yo y llevaba mucho tiempo sin escucharme. Desde que escribo aquí soy más yo en todas partes. Aunque ser yo a veces sea complicado.
Hoy es que estoy floja, deben de ser los dos kilos que he perdido en un solo día, aunque ya hoy he podido empezar a comer y seguro que mañana vuelvo a trabajar.
El lunes trabajé en Barcelona, viendo a gente que hace tiempo que no visitaba. Muchos me recibieron con cuchillo guardado, porque lo que les gustan son las puñaladas traperas. Pero como yo soy frontal no les queda más remedio que sacarlo y darla más suave. En fin, hay gente que no tiene remedio y Barcelona sigue tan bella como siempre. Tan guapa y menos agujereada que mi Madrid.
Tarminé el día bailando. Volví justo a tiempo para mi clase. Y me sentó genial. Lástima que hoy no tenga fuerzas para ir. Me veo demasiado floja. El próximo día me perderé, pero me reencuentro rápido.
Con ganas de estar entera y guerrera.
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
24 Octubre 2009
Rescatar el pasado inmediato cuando se está en medio de una ola dándote un revolcón puede resultar una tarea complicada. Así me hallo en este momento; en medio de una vorágine de trabajo, responsabilidades y logísticas tratando de ponerme al día de una forma lenta y pausada, mientras aparece Sandra Bullock en la pantalla de esa televisión que es mi única compañía del día.
Ayer conseguí silencio y decir que no. Decir que no al último acontecimiento social para reconectarme en casa, tranquila y sin planes esperándome a cada hora. Y hoy estoy mejor, más descansada y lista para la fiesta brasileña de esta noche, que será muy brasileña. Antes un café con mi último desamor, porque yo soy así y nunca cierro puertas.
Hablando de puertas y ventanas, quizá esté llegando la hora de cerrar algunas, de ubicarme en la soledad del jefe y distanciarme de la implicación de las personas que trabajan para mí. Porque mi empatía me está matando. Pretendo ayudar a todo el mundo y es siempre a mi costa. Como me dice mi padre, "esas cosas te pasan por buena", y quizá tenga razón, quizá tenga que empezar a ser más egoista y ponerme orejeras cuando no me interese ver, tapones cuando no desee escuchar problemas y desatinos de la gente, sobre todo en esos días en los que parece que tengo una consulta gratuita de psicoterapia y más me valdría tener un divan que una mesa de reuniones.
Tener unos valores muy exigentes conmigo misma y un sentido de la responsabilidad que excede a veces mi propia capacidad, me genera en ocasiones estados de stress. Compatibilizar comprensión con exigencia hace que finalmente yo me cargue con todo, hace que yo sea el engranaje que se estira y estira para dar respuesta a cualquier demanda multilateral. Y en eso estoy trabajando, en dar a cada cual su responsabilidad y su decisión, sin que me carguen a mí con su vida.
En esas cavilaciones estaba yo el otro día, cuando al final de uno de esos días agotadores y resuelta a bajar mi nivel de responsabilidad moral, cogí el último autobús para llevarme a mi casa y relajarme en el sofá. Un trecho de escasos minutos fue suficiente, para que se pusiera a prueba mi teoría. De pronto oigo a un señor gritar. Miro atrás y veo unas piernas tiradas en el suelo entre dos asientos. El señor está tirado en el suelo y lanza gritos de dolor como si le estuvieran matando. El conductor de autobús para. Se forma batiburrillo en el autobús. Todo el mundo mira y el conductor deja parado el autobús en mitad de uno de los carriles de la Castellana. El señor grita. El autobusero se acerca. El señor increpa al conductor diciéndole que conduce fatal. Realmente parece que se ha hecho daño. Mientras, la gente del autobús pregunta al conductor que si va a seguir su ruta, y ante su negativa, deciden largarse a por otro autobús en masa, pasando olímpicamente de la situación del señor postrado dando alaridos. La que está dejando de ser responsable no tiene más remedio que tomar las riendas y llamar al Samur. No me puedo creer, que tan solo cinco minutos de analizar con mi loquera mi tendencia al exceso de responsabilidad, esté tomando las riendas de la salvación de un señor al que no conozco de nada. Me pregunto si yo tendré exceso de responsabilidad o si el resto del mundo tendrá demasiado poca. Alucino con la falta de solidaridad. También alucino con la falta de inteligencia, empatía y sentido común, de un conductor que se ponía a discutir con el herido y al que me tuve que llevar hacia delante diciéndole que no merecía la pena la discusión con alguien que está dolorido, apelando a sus pocas entendederas. Tuve que dar mis datos a la policía y declarar que el conductor conducía normalmente. Así fue mi análisis: herido atendido y ni un nuevo parado más en las listas del Inem. El surrealismo se acrecentó, cuando el señor me preguntó quién demonios era yo, y yo le dije que una pasajera preguntándole si quería que avisase a alguien de su familia. El humor negro se acrecentó al decirme que no tenía a nadie y al darme cuenta de que había otro señor a su lado que pensé que era también pasajero y resulta que era un amigo que parecía o borracho o retrasado mental, porque no solo no se le ocurrió llamar una ambulancia sino que su sentido común le hizo comentar la suerte que había tenido de que una costilla no le hubiese atravesado el pulmón. Qué gente!.
Menos mal que ese fin de semana me fui a Canarias con Blanqui y María. A casa de Juan y Héctor, una pareja que desde que llegas hasta que te vas te dan ganas de achuchar, estrujar y llevártela a casa de regalo. El estrés se me fue en Canarias. Dormí bien desde el primer día, no sé si por el nivel del mar o por la compañía. Ultimamente percibo que cuando duermo con mis amigas o gente que me transmite buen humor duermo mucho mejor. Y en esa casa todo transmite paz y buen humor. Hasta la gata Tina (de Tina Turner, con quien comparte look), que no me dio apenas alergia. Nos cuidaron, nos mimaron y nos hicieron sentirnos en una pequeña familia. Una familia en la que el desayuno es como de brunch de gran hotel y por la noche se hacen barbacoas en la Eva Solo, un artilugio de diseño que parece una maceta plateada gigantesca. Y fuimos ratitos a la playa a ver un poco el mar y las dunas giganes de la playa de Maspalomas. Y fuimos de excursión hacia la montaña y por el centro a tomar tapas. Y bailamos en el "Inolvidable" un garito con música bailonga de grandes éxitos bailongos de hace lustros, aunque al final lo mezclaron un poco con música choni contemporánea. Y para acrecentar la familia, apareció Maite y su Yiyo trajeado. Maitexu guapa y achuchable también. A la que pronto iré a ver a Barcelona, para que me enseñe su casa nueva, su vida nueva y su hijo maravilloso que tanto se parece a ella.
Y es que estoy rodeada de gente maravillosa, pero tanta tanta, que no tengo tiempo para darme de sí. Y cuando el trabajo agota y exige todo el tiempo, me estreso porque no llego, porque no me da mi ser para dar a cada uno lo que se merece y lo que yo les quiero dar.
Quizá tenga superávit de amor. Genero tanto que si no lo doy se me pone agrio dentro. Y genero y genero. Genero tanto que necesito darlo, pero para darlo necesito tiempo. Ese bien del que ahora no dispongo. Y energía, esa que se me acaba por mi estrés y por todo lo que hago. Quizá solo necesite recibir, minutos y amor a partes iguales. Minutos largos y tranquilos, minutos donde sentir el aire, el sol y un sonido relajante como el del mar. Y que me abracen.
servido por Honey
3 comentarios
compártelo
3 Agosto 2009
Fue flechazo a primera vista. Desde el momento que la vi entrar, supe que seríamos amigas. Se movía con swing y sus ojos traslucían su espíritu alegre desde el minuto uno.
Nos pusimos a hablar, quería saber mi nivel de inglés y terminé dándole la dirección de mi escuela de danza.
En un entorno de números, stress y obligaciones, irrumpió como una brisa fresca de buen rollo, de un alma limpia e inquieta. Nos vimos sin accesorios inmediatamente. Reconocimos a una igual a pesar de ser de distinta raza y nacionalidad. Porque nos une algo universal. La libertad de la valentía, de hacer las cosas sacándolas jugo pero sin quemar la tierra, ni matar las plantas, ni contaminar las aguas con nuestras miserias.
Y hablamos de música y tradujimos canciones de Amy Winehouse, antes de que yo la conociera, la ayudé en su periplo de compañeros de piso asesinos o ladrones y hablamos de hombres y de paranoias. Nos reímos de nosotras mismas hasta el infinito disimulando cuando alguien se asomaba por la puerta de cristal de mi despacho. Repasamos absolutamente todo; nuestra común afición a la escritura, a la lectura y nuestra visión de la vida. Conoció mis desastres amorosos y los destripamos sin un Cosmopolitan en la mano, por eso de estar en la oficina. Nos reímos de nuestra hipocondría con el sexo, de nuestra necesidad de plastificar a hombres que salen rana como si estuvieran envasados al vacío para no tener paranoias. Y casi me tronzo el día que se cayó al suelo después de darse cuenta de que al intentar ligar con un español le había ofrecido una mamada al intentar traducir "french kiss" con una intención mucho más inocente. Claro, que mi mirada de estupefacción no hizo más que crecer el día que ese mismo sujeto la abandonó después de explicarle que un gurú de la India le había aconsejado la abstinencia.
Porque si no fuera por ella y por esas conversaciones sobre los hombres de allende los mares y los de aquí, que nos hacen quitarle hierro a nuestras desventuras quijotescas, nada sería lo mismo. Ahora andamos intentado encontrar una explicación al grado de desconcierto en el que halla sumido nuestro producto nacional. Intentamos entender el porqué se hallan paralizados a mitad de camino, sin saber a dónde ir, sin saber cómo comportarse y dejándose vagar por un mar cálido de amigos que regalan sus oídos y madres que alimentan sus estómagos. Ayer, mi querida Skyller, entabló una conversación con una francesa de 60 años casada con un español. Fue radical. Le dijo que los españoles no saben cómo ser independientes, que necesitan siempre dirección, que alguien les diga lo que tienen que hacer.
Me niego a pensar que esto es así, aunque sospecho que algo puede haber de cierto. Las madres protectoras que les han hecho el rey de la casa y los grupos de amigotes, han protegido a aquellos sin las suficientes agallas para querer crecer e inventarse como individuos.
Mientras, Skyller y yo bailamos música negra y nos vamos de conciertos. Yo me voy acercando cada fin de semana a su color, con cada rayo de sol del Mediterráneo. Y juntas planeamos un fin de semana en NYC donde seremos las nuevas protagonistas de "Sex & City", con o sin "Cosmopolitans".
servido por Honey
4 comentarios
compártelo
28 Julio 2009
Julio es un mes de conciertos, de movimiento, de mucho trabajo. Un mes de fines de semana en la playa y de domingos de "todo incluido"; paddle mañanero, playa, comida en la terraza de mi ático viendo el mar, tren a Madrid y fin de fiesta con algún concierto estival.
El pasado domingo fue Gilberto Gil. A un mensaje encargando cervecita y sandwich para amenizar la velada, mis queridos amigos me recibieron con un asiento en tercera fila con las viandas preparadas y un espirítu de buen rollo ya instalado en sus cuerpecillos. Porque Gilberto fue todo buen rollo, pero éste cala más o menos en función de la atracción que encuentre en el polo opuesto de los que están enfrente, en esas sillas de plástico en las que han convertido el patio de butacas aterciopelado de los teatros, en esas gradas empinadas cuyas tablas suenan con los bailes y la reclamación de los bises. Y entre nosotros Gilberto, con su cuerpecillo delgado de junco mecido por el viento, sus bailes arrítmicos y simpáticos, caló rápido con su buen humor. Nos habló, nos cantó, nos bailó, aunque no hablara tan bien español ni bailara como Madonna.
A ella fui a verla el jueves, con su parafernalia, su montaje alucinante, sus bailarines mágicos y sus audiovisuales fantásticos. Todo estudiado, todo programado, todo producido por una maga inteligente que sabe sacar siempre lo mejor de cada momento, de cada milisegundo de su vida que pudiera ser octogenaria si fuera por acumulación de lo vivido. Pero no hubo lugar a la química, ni a la simpatía, ni a la humildad. Madonna es una diva y eso es lo que hay. Ni lugar para un bis, ni saludar a los aplausos. Aplausos bastante más templados de lo que cabía esperar, en cualquier caso, o eso me pareció. El Vicente Calderón no estaba lleno, las vacaciones, la crisis y el precio de una entrada cuyo precio mínimo eran 100 euros y que imagino dará derecho a bajarse toda su discografía. Ella potente, con un físico fuerte imprescindible para aguantar esas exigencias, impresionante para su edad y en términos absolutos, provocaba y reinventaba algunos de sus temas clásicos. Muchos empeorándolos, al menos para mí, pero Madonna está en el presente y en el futuro, el pasado le interesa poco o nada. Pero quizá debiera empezar a aprender de Gilberto y de otros viejos músicos, clásicos y simpáticos, comunicativos, y dejar su frialdad que le va a requerir bailes imposibles cuando pase de década, porque se está metiendo en un lío imposible de ejercicios, dietas y provocación cuando solo queremos que nos hable. Y hablar es más duradero que un buen cuadriceps, por fuerte que sea.
Y entre concierto y concierto, mi desconcierto con los hombres no hace más que crecer. Reencuentros ilusionados, que pronto fueron desilusionados, personas que pasan de no saber qué quieren a no reconocer que tienen miedo a vivir. Que se instalan en lo vulgar porque es más fácil, porque lo valioso siempre cuesta más. También sabe más. Pero hay gente que prefiere ubicarse en lo insípido y pensar que no sabe lo que quiere. Como si fuera a tener una revelación por arte de magia. Uno se hace eligiendo. Uno elige como es y como no quiere ser. Y lo que no le gusta intenta cambiarlo. Con humildad y valentía. Reconociéndose en los errores y las debilidades. Decidiendo como quiere ser y como quiere estar. Y esforzándose aunque cueste. Y ante los bloqueos y el desánimo, 60 euros la sesión y no complicar a nadie. Y no ilusionar a nadie con milongas.
¿Se podrá elegir ser lesbiana?
servido por Honey
5 comentarios
compártelo
25 Enero 2009
Mi amigo Rómulo me prepara la cita. Dirección, hora y nombre a preguntar. Antes he comido la oreja a mi jefe, para convencerle de que la solución a mi insomnio y a mis pegadas de sábanas constantes está en meditar. En conseguir dejar la mente en blanco, en liberarme de esos pensamientos que me persiguen. El me anima a que vaya, aunque tenga que salir un poco antes. Al día siguiente se le habrá olvidado. Le tendré que educar.
La dirección es incorrecta. Un piso de oficinas con un portero perfectamente uniformado carente de un "tercero centro". Intento preguntarle por el lugar. No sé como se llama. No sé ni como explicar lo que es. Solo tengo un nombre de mujer y un "tercero centro". Le pregunto por un centro de yoga o algo así y le digo el nombre de la mujer. Me mira divertido, como pensando "de dónde se habrá escapado ésta". Finalmente, tras una llamada, llego a mi destino.
Un piso en el que la gente se saluda y una mujer que inspira paz, te recibe con un abrazo maternal. Somos bastantes. Nos hemos juntado dos grupos y estamos en una especie de corro en la entrada del piso. Se aprende todos nuestros nombres y nos presenta unos a otros. Hay mucha mujer.
Mi actitudo es observadora, esperanzada y expectante. No sé muy bien donde me estoy metiendo, pero confío en mi amigo. Me gusta cómo es y su concepto vital. Si lleva varios años en ésto, no puede ser malo. El piso carece de cualquier elemento accesorio. Las habitaciones tienen sillas como de refectorio monástico, para comer recto. Hay un cierto aroma extraño. Esas salas con mesas en redondo esconderán muchas conversaciones y ejercicios. Filosofías vitales a las que uno habrá de mostrarse desnudo y sincero. Compartiendo con gente que acaba de conocer las más profundas cuestiones metafísicas que desde todos los tiempos acechan al ser humano. De pronto, me siento totalmente ajena al resto de mujeres de la sala. Me gustan la profesora y el ayudante. El resto me da pereza. Al pensar así me siento egocéntrica y engreída, pero no lo puedo remediar.
Nos enseña la casa. En la cocina varias teteras, galletas, frutos secos y chocolates aguardan el receso. Parece que lo que pensaba que iba a ser una hora se extendera a casi dos y media. Esto me supone un nuevo problema logístico que tendré que analizar más tarde.
Sentadas en círculo, con la profesora entre dos lámparas altas comienza la sesión. La profesora pregunta sobre los ejercicios de la semana pasada y si han reflexionado sobre el sentido de la vida. Así, sin anestesia. Curiosamente parece que casi nadie ha reflexionado y les cuesta hablar. Yo me lanzo. Llevo toda la vida reflexionando sobre el sentido de la vida. Solo tengo que sintetizar. Mi explicación no sé si va a ser la mayor estupidez de la tierra, algo que no tiene nada que ver con lo que hablaron la sesión anterior a la que yo no fui, o la explicación más común entre los mortales. En ese momento todavía no lo sé, pero para la sesión siguiente me llevo la sorpresa de que reparten unas lecturas que dicen casi exactamente lo mismo que yo. La opción es la tercera. Los mortales desde todos los tiempos tenemos los mismos problemas existenciales.
Hacemos ejercicios de relajación y de atención. Esos ejercicios que tan bien me van a venir. Esas formas de hacerte sentir aquí y ahora, sintiéndote en el presente de forma lúcida. Dejando el pasado atrás y el futuro para mañana.
En la pausa tomamos té. No tengo ni idea de qué tengo en común con el resto. Hablo un poco con el ayudante. Conoce a Rómulo. El resto me sigue dando pereza porque habla de gorduras y flacuras, algo muy banal para mí en este instante. Vuelvo al baño. Tengo un reglazo. Normal, ella siempre quiere estar en los momentos clave, es así.
Volvemos a la sala. Nos cuenta que el centro lo llevan por vocación. Los maestros han recibido enseñanzas de otros maestros y pagan la cuota igual que todos. Simplemente ayudan a otros transmitiendo su aprendizaje. En este punto, me planteo si me estaré metiendo en una secta y me veo sentada entre dos lámparas dentro de unos años.
La maestra sigue leyendo unas lecturas muy acertadas. Estoy de acuerdo en todo lo que dicen. Ahora habla de entendimiento, de sabiduría y de ser. De consciencia y de interiorización de lo aprendido. Nos pide interacción. Yo me lanzo con el primer pensamiento que tengo. Si el método es interactivo no tiene sentido callarse. Les doy una imagen un poco surrealista. El aprendizaje de una coreografía, su repetición una y otra vez, hasta que se interioriza en tu ser. Es en ese punto cuando al sonar la música realmente "bailas". No tengo ni idea de si alguien ha entendido ese simil. Probablemente no. Pero para mí tiene todo el sentido. Es algo que pienso tres días a la semana cuando estoy en clase de baile. Unos días conjugo saber y ser cuando bailo y entonces disfruto y transmito. Otros días correteo detrás del resto, bien porqué no he conseguido saber o porque mi consciencia está en otro lugar.
Hacemos más ejercicios. Nos indica que los practiquemos durante la semana. Me veo levitando en el metro.
Todavía no sé si volveré. Bueno, sé que volveré pero no sé cuando. Probablemente todavía no sea el momento adecuado para mí. Tengo otras cosas que resolver.
Vuelvo a casa en autobús. Al bajar meto un pie en un charco. Chapoteo. En lugar de cabrearme, me sitúo en el presente aquí y ahora. Bien, he metido el pie en un charco, ahora llego a casa y me quito los zapatos y el pantalón. Punto. Ni medio cabreo.
Calamara me está esperando en la puerta de casa. Tenemos cena después de mucho tiempo sin vernos. Un día completo.
Ayer me llevó a ver a Hidrogenesse para desengrasarme de tanta metafísica y flipar con los tacones de Genis.
servido por Honey
9 comentarios
compártelo
18 Enero 2009
Tiene unos mofletes sonrosados y tersos como la manzana de Blancanieves. Una nariz de botón evanescente carente de cualquier materia dura en su interior. Sus ojillos se transforman en dos líneas horizontales cuando le entra la risa. Y una boquita de fresa que le gusta pintarse con carmin. Peylan se rie mucho, cuando hace una pausa en su tarea de observación.
Tiene un pelo tieso como el de las muñecas de mi época y una pelusilla que juguetea en el nacimiento de su frente. Peylan te mira y te extiende los brazos para que la cojas. Se parte de risa comiendo mandarinas y mirando su imagen en un espejo.
Come concentrada como si fuera una señorita educada en un internado inglés. Porque con la comida no se juega. Con los móviles sí. Todavía una escala de valores inalterada proveniente de un mundo en el que está claro lo importante.
Agasajada con regalos enormes, le damos la bienvenida a Occidente. Al mundo capitalista de papeles de colores y juegos que no dejan lugar a la imaginación. Y Peylan lo mira con menos interés que su papilla de frutas.
Somos por lo menos 20 personas entre adultos y niños. No cuento los tres perros. Yo estoy aturdida del follón. Peylan se levanta de la siesta un poco adormilada y nos mira por el rabillo del ojo. No se asusta, tampoco se emociona. Observa porque parece lista. Muy pronto ya está en su terreno.
Lleva 20 días en España y ya entiende todo lo que le dicen. Dice algunas palabras. Ha dejado de insistir con el chino porque ha visto que es poco efectivo; nadie la entiende. Es lista la condenada.
Diego juega con ella como si fuera un trilero. Le esconde una bolita de papel debajo de una chapa y juega con otras dos a descubrir el escondite. La enana que no llega a dos años la descubre.
Parece presumida. Le encanta hurgar en los bolsos y tener su propio gloss. Los espejos le vuelven loca, al igual que ver su imagen retratada en una cámara de fotos. Dice mamá cuando ve a su madre de hace 20 días en la pantalla digital.
Tenemos la barriguitas china. Una muñeca achuchable que se nos ha metido a todos en el bolsillo esta noche. Una manzana reineta traida de oriente por los Reyes Magos de regalo de Navidad.
Esta noche casi cometo un delito de rapto.
servido por Honey
6 comentarios
compártelo
11 Enero 2009
Después de venir de comer un copioso cocido de casa de Blanca, intento decidirme a romper el hielo con el blog.
Estoy poco activa últimamente. La organización de las fotos del viaje y los eventos navideños han ocupado todas mis ganas esta temporada.
En cualquier caso, en algún momento tendré que retomar buenas costumbres. Tendría que hacer balance del año, aunque me da un poco de pereza.
El 2008 podría resumirlo como un año "vivido", un año en el que me han pasado muchas cosas, unas buenas y otras no tan buenas. Un año que me extenuó hasta hacerme volar desvencijada a mi Shangri-la a tomar la energía perdida de los Himalayas.
Si echo la vista a atrás, que los pies ni para coger impulso, veo un año que empezó con deseos de relajarme en la vida y de encontrar un poquito de amor. Seguí trabajando, bailando y viajando. Recordando momentos especiales que revivo aquí antes de que se borren del todo de mi memoria. Seguí dándome masajes y acudiendo a teatros y espectáculos. Cogiendo taxis y disfrutando de la pandilla maravilla.
Entre tanto, encontré el amor. Pasé una blanca Semana Santa. Y escribí cosas cursis como se supone hacen los románticos. Pero resultó ser bastante más complicado de lo que parecía. Y yo no hacía más que intentar explicar por qué. No hacía más que intentar justificar como soy cuando el problema era de la inseguridad del otro. Resultó ser un agujero negro devorador de energía. Distintos idiomas entre dos personas más distintas de lo que pareció al principio. Pero yo lo di todo. Lo intenté y por eso estoy orgullosa. Sin miedo y con generosidad. Pero me dieron calabazas inesperadas. Calabazas que me dejaron fatal por lo traicionero y con las que ahora me hago una crema de verduras. Para la cena. Porque, en realidad, resultó un alivio.
Pero el agotamiento laboral y emocional me dejaron extenuada y el verano llegó oscuro en vez de lleno de sol. Un viaje a Nueva York, me lleno de imágenes, cámaras de fotos y una nueva soledad. Volví a dormir en diagonal.
Y apagadilla seguí con mi vida. Compré una casa en la playa pero el verano no me trajo tampoco la paz que necesitaba. Ya al límite, el verano resultó un fracaso y acabó con mi estabilidad. Fue la gota que colmó un vaso ya muy lleno. Falta de vitalidad, seguía en la lucha diaria. Dando las energías que no tenía, en mi trabajo exigente mientras planeaba un futuro escapista.
La energía me la devolvió en parte Bután. Un destino lleno de paz, naturaleza y budismo. Un viaje lleno de amigas maravillosas, repletas de virtudes y buenos deseos.
Y en esas estoy ahora, recomponiéndome, entendiéndome, aceptándome y aprendiendo a respetarme conociendo mis límites.
Eso pido para el nuevo año. Salud física y mental. Para mi y para los que quiero.
Esperando ser un poco más feliz.
servido por Honey
12 comentarios
compártelo