Categoría: El confesionario
25 Mayo 2012
Interrumpo este silencio, porque hoy necesito escribir. Me dicen que tengo que dejar este blog, la casa de Honey, este personaje peculiar, un alterego neurótico y sensiblón que parece debo ir abandonando. Mi hermano, dice que no me viene bien, que me recreo en mis pensamientos demasiado y los analizo hasta la extenuación, en una especie de actividad egocéntrica introspectiva que no me viene bien. Que lo que me viene bien está en el exterior.
Le escucho y pienso que tiene razón. Pero cuando la necesidad de escribir aparece, no puedo evitar volver. Volcar emociones en esta casa de vivencias. Igual es una mala costumbre. De esas que se pueden dejar poco a poco o de sopetón con una de esas terapias de choque que no tenga marcha atrás. Un post que diga "Adiós" y fin de la historia.
Hoy es un día de recaída. Vengo de mi colegio, y al decirlo así me siento volviendo a la más tierna infancia. A esa adolescencia en flor en la que habitaba en un sin fin de inseguridades y esperanzas. En la que descubría de forma clara amores que me iban a acompañar. Amores al arte, a la literatura a esta pseudo-afición a escribir. Ha sido un día de homenaje. Homenaje al maestro, a mi eterno profesor de lengua y literatura. A la persona que siempre transmitió pasión, ilusión y esperanza en cada letra, en cada contenido de los libros que nos hizo leer, incluido el Quijote. Un Quijote, que es para siempre también mío, porque lo disfruté maravillada.
De modales castellanos viejos, y una sencillez austera, las clases se evaporaban en un aire de sueños interrumpido por una sirena. Eran años de descubrimiento; de primeros poemas, de cartas de amor cursis, de comentarios de texto en las que conseguía sacar relaciones de lo más peregrinas. Eran tiempos de exámenes largos que se volvían catárticos, en los que entraba en una especie de trance inspiratorio sin poder parar de escribir. Mientras los folios se agolpaban en una letra de poseída, el comedor convertido en sala de exámenes rezumaba olor a lejía y tortilla de patata. Tintineaban los vasos y los cubiertos, mientras pedía otro folio, enardecida por las mil ideas que se me agolpaban en la cabeza y a mi bolígrafo no le daba tiempo a escribir. Allí empezó mi verborrea. Siempre me he preguntado si, de verdad, era capaz de leer esos rollo gigantescos. Me encantaría leer alguno. No recuerdo lo que ponía, si la sensación de entrar en una especie de espiral solo parecida a lo que me sucede cuando vomito en este blog; llena de emociones e ideas que surten como si de una erupción volcánica se tratara.
D. Ignacio siempre me animó a escribir, siempre nos enseñó a mirar más allá de lo evidente. A analizar y buscar relaciones universales, que son las que de verdad valen en la vida. Y esa enseñanza me acompañará siempre. Ese placer que siento con cada libro, con cada sesión del Club de Lectura al que asisto, con cada poemilla intranscendente que brota solo de mí, con cada obra de teatro acompañada de un buen texto. Porque eso sí, me ha hecho ser un poco sibarita con los textos.
Y cuando vuelvo a atrás, siempre recuerdo la parábola de los talentos, siempre creí que tuve un don natural para expresarme por escrito, una sensibilidad más profunda de lo habitual, pero siempre siento que no he dado frutos, que lo tuve todo para darlos; predisposición, el mejor maestro imaginable pero algo me faltó. O me sobró.
Después de su homenaje, vuelvo a saber que no le tenía idealizado. Después de escuchar su texto, lleno de sensibilidad, conocimiento y sabiduría, vuelvo a entender el cariño y el agradecimiento que siento hacia este maestro. Porque fue maestro de lengua, de literatura, y del saber universal. De ese que Cervantes conocía como nadie y el consiguió transmitir hasta convertir los insultos de "malandrín" y "bellaco" en todo un clásico de mi época adolescente. Algo que ahora daría mucha risa.
Llevo una semana de homenajes y reencuentros. Ayer con Nuria Espert, la dama del teatro, aquella que me enamoró para siempre en su Yerma de los años ochenta, la misma época que D. Ignacio abría mentes y almas a las palabras.
Y ya en casa, sola, rodeada de libros y recuerdos de viajes, no hago más que pensar: Qué suerte!.
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
30 Abril 2012
Hoy me siento en la obligación de que desaparezca de la primera página de este blog el "En Londres con palillos" que lleva ya demasiado tiempo. Nor me dijo esta semana que se lo debía a mi público. Que o bien anticipaba mi ausencia como en otra ocasión o que sino debía ir proporcionando pequeños bocados, lo suficientemente sustanciosos para ir alimentando a quienes me siguen. Pocos pero fieles. La mayoría desconocidos para mí. Me encantaría saber quienes son en alguna ocasión, aunque me basta con su generosa presencia.
Necesitaba descansar. Física y mentalmente. Algunas reticencias a la soledad, me hacían dudar de si venirme sola a la playa podía ser contraproducente, desembocar en un deterioro mayor de un estado de ánimo bamboleante. Lo cierto es que me está sentando genial. Aquí estoy sentada con el ordenador sobre mis piernas, con un pijama a medio poner, sobre una hamaca. El Montgó frente a mí, naranjos en flor con un olor a azahar que quizá sea el mejor del mundo y un cielo cambiante de nubes algodonosas que hacen suceder una cálida temperatura o un sol radiante. Ayer me quemé con esta sucesión de soles y nubes tan errática.
Me encanta esta atalaya, de hecho se me puede pasar el día sin bajar. De pronto darme cuenta de que debería darme un paseo por la playa o entre naranjos o saludar al sol sobre esta esterilla naranja que me acompaña en los estiramientos de mi cuerpo pringoso de crema solar.
Mi puente solitario se ha convertido en algo de lo más social. Un viernes de despedida madrileña fabuloso, presagiaba una tranquilidad extrema. Recién llegada, una comida y una cena el mismo día ya hacen trasnochar a este cuerpo de resaca. Mi tranquilidad solitaria de ayer, la cambié por un chateo de unas...cinco horas. Todavía no puedo entender como se puede estar chateando tanto tiempo con alguien que no has visto jamás. Pero así fue. Otro trasnoche para este cuerpecillo que necesitaba regular horarios y funcionamientos orgánicos. Pero me ha sentado bien. Atrás ha quedado el pensamiento obsesivo, se lo llevó el mar, el cansancio numérico y laboral, hubo un viento que lo arrastró hacia la lejanía, las decisiones pendientes, ahí siguen pero de una manera más cálida, más comprensiva. Como si al no escandalizar a desconocidos humanizase mi propia esencia.
Y es que he llegado a la conclusión de que lo que me pasa es de lo más humano. De hecho, seguramente sea un síntoma de salud física y emocional. De pureza anímica no cuajada de odios y desconfianzas permanentes. Porque querer ser madre, ha de denotar ante todo un cierto optimismo. Yo que siempre me quejo de mi deterioro anímico que me hace ver negatividades varias. En el fondo, he de ser una optimista vital, para querer cuidar a alguien de forma generosa, enseñarle lo bueno de la vida, las cosas interesantes o que a mi me apasionan. Conseguir que comparta ese interés que siempre he tenido yo por las cosas; por cada cultura, por cada país que he visitado, por cada gente, por cada tendencia artística, por cada libro, por cada sabor. Y eso me hace reconectarme con mi esencia. Con mi yo que ha estado escondido bajo un manto de hojarasca quemada, de troncos secos por el miedo y por la duda.
Empiezo a sacudirme la ceniza para resurgir, como siempre he sido yo; vital, activa y llena de intereses.
Al final va a resultar que la palabra meditación tiene una connotación mucho más polisémica de la que sugiere: Al meditar occidental que consiste en pensar las cosas sucede uno mucho más sabio, la meditación del no-pensar, de visualizarse sin implicación, de guiarse por la intuición y el olfato. Buscando ese relajo del que no se tortura con el pensamiento, del que se acepta con condescendencia, del que se deja de obligar.
Aqui me hallo; desnuda, serena e intentando no torturarme mimándome con cada rayo de sol, cada brisa y con cada naranja fuera de temporada.
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
25 Marzo 2012
Me levanto pensando así. De mayor que es ya, quiero ser una hippy despreocupada, que se levante en un día de sol y mire por la ventana pensando que nada puede ir mejor, porque hay luz, viento y en alguna parte estará el mar.
Y todo irá bien, porque sí, por creencia y convicción intrínseca. Sin más argumento, sin más raciocinio ni más lógica socrática.
Porque en mis días de sol hoy encuentro muchas sombras, preocupaciones que me invaden y no me dejan vivir. El cansancio físico y mental se junta al emocional que hace mucho daño y me asusta. Me dan mareos extraños que me tengo que mirar y que me tienen preocupada y haciendo probatinas sobre mi capacidad anterior y la presente en todas mis facetas. Un sin vivir, una pesadilla que espero se pase pronto y no sea más que uno de esos "primaverazos" que a mí me dan. Porque para mí la primavera es una estación fatídica en la que me encuentro mal, aturdida y extenuada. Con pocas fuerzas y poco ánimo. Me gustaría ser capaz de asumir que esta es la razón, olvidarme y seguir hacia delante tranquila y relajada, confiada en que mañana todo será mejor y punto.
Pero aquí me encuentro, dando vueltas y vueltas, sin disfrutar momentos estupendos, regalos estupendos, viajes maravillosos. Porque mi cabeza sigue su ritmo independiente. Siempre dando vueltas, siempre pensando en que algo no va bien.
Y de pronto pienso en las sales y el rapé de los antiguos para evitar los mareos. Y entonces asumo que debe de ser más normal de lo que me parece. Y en este tipo de razonamientos estúpidos estoy dando vueltas como una peonza. Creo que al final el mareo va a estar inducido por mí.
Y es que si fuera una hippy despreocupada, relajada, tengo la impresión que mi cabeza fluiría mejor, sin tanta presión en sus contenidos y no me pasarían estas cosas. Al final, ser exigente, hacer lo que debes y ser una persona completa y formada, va a resultar peligroso. Todo parece un fiasco, el fiasco de la segunda derivada. La que surge y nadie te había contado. Siempre primando el esfuerzo, lo que has de hacer, lo que se debe y no se debe. Como una losa que además, siempre tendrás ya grabada a fuego para recordarte una y otra vez. Sin una puñetera tregua para el relajo para la condescendencia con tu propio yo, que al final maltratas como a tu peor enemigo.
Demasiada exigencia. Una exigencia que te puede llevar a la muerte y la infelicidad.
Y me encantaría que alguien concreto me dijera que no pasa nada, que puedo pasar sin dejar de ser excelente, o que qué carajo importa si lo soy o no. Para rebajar esa presión a la que siempre estoy sometida y que ya han programado en mi cerebro.
Si yo había nacido para ser bohemia y escribir. Para vivir medio desnuda en una playa. Y disfrutar de la belleza y del arte. Para ser amada y amar. Para ver el mundo navegando en un velero.
¿Qué demonios ha pasado?.
servido por Honey
3 comentarios
compártelo
16 Marzo 2012
Llevo varias semanas mustia, tristona.
Sintiendo el paso del tiempo y la soledad como si fueran algo muy pesado.
Como atada a una situación estática que intenta ser luminosa, y que se agota una y otra vez.
Necesito que me quieran y me abracen, siento celos de los que viven acompañados, de los que infunden amor, de los que crean vida.
No me gusto y mi autoestima se va por las cañerías. Lo tengo todo aparentemente y no puedo sentirme más pequeña, más niña y más sola.
Y en plena hiperactividad necesaria me rompo.
Y vuelven los fantasmas del miedo y de la muerte.
Y siento inseguridad dentro de mí; de mi cuerpo, de mi alma, de mi esencia.
Y me desvanezco en un pixelado evanescente, mientras decido si renunciar al amor en todas sus formas.
Porque estoy cansada y, de pronto, tengo miedo a todo.
Donde estará mi energía.
Mañana me voy a Marrakech, ni especial ganas, ni especial fuerzas. Solo espero que, una vez más, un viaje me llene de energía, de ganas, de pasión por vivir. Y me quite los miedos que me invaden, y las enfermedades reales o imaginarias. Y los celos. Y el mal humor.
Y vuelva Honey limpia, energética y reluciente. Como la reina de Africa.
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
7 Marzo 2012
No lo puedo evitar y también estoy triste.
Supongo que mi empatía siempre ha sido peligrosa,
en sentir lo que creo que otros sienten,
ya sea agradable o no.
Y sé que ahora poco puedo hacer
más que respetar la tristeza.
Esa que ahora está en silencio,
compungida detrás de una lágrima.
Y yo solo puedo esperar lejos.
esperando poder ser útil en alguna ocasión.
Y servir de hombro o enjugar tus lágrimas,
y acompañarte en tu silencio cuando tú quieras.
Aunque no seas tú mejor versión.
Aunque odies al mundo o estés extenuado.
Cuidarte un poco, a la manera que necesites.
Que a lo mejor es simplemente desaparecer.
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
25 Febrero 2012
Sábado por la mañana. El mejor día de la semana.
Hoy me levanto ya cansada. Ayer me acosté demasiado tarde, una vez más. Chateos varios me hacen desvelarme y revolverme para dormir más agitada y menos horas. Supongo que algo necesito que voy buscando por ahí, un poco a la desesperada. Pero son cosas que no se pueden buscar, no funciona.
Me pregunto por qué insisto, porque no abandono esta estúpida búsqueda sin sentido. Yo que siempre he sido buscadora de tantas cosas gratificantes, ahora persevero en esta especie de tarea autodestructiva y baldía. Recibiendo leches una y otra vez.
Lo cierto es que he tirado muchas veces la toalla. Pero siempre vuelvo. Necesidades emocionales, esas que surgieron al abrir la caja de Pandora que quizá siempre debió permanecer cerrada. Protegida e insensible. Como hacen todos los habitantes de sus propias cuevas con los que me topo. Una y otra vez.
Se me producen en este sentido situaciones muy curiosas para alguien como yo. Me cuesta bastante ilusionarme y no digamos ya enamorarme. Siempre me ha costado. Pero de repente, soy como un trasatlántico encendiendo motores. Me cuesta arrancar, pero cuando me encienden y me pongo en movimiento parece que cuando me dan al stop sigo en movimiento por inercia. Y me muevo sabiendo que me paso de puerto. Y paso este puerto y el otro en este movimiento suave e imparable. Lento pero estable. Quien pudiera ser moto de agua, ahí haciendo requiebros y cambiando de direcciones cada medio metro...
Y parece que últimamente me conquistan con el intelecto. Me rodeo de gente que me resulta inteligente, y creo que por eso me gusta. Pero del resto de cosas están llenos de taras y barreras. Como yo durante mucho tiempo. Es curioso que ahora que llevo trabajando estas barreras y estas parálisis emocionales mucho tiempo, sea víctima de ellas una y otra vez. Creo que es algo que conlleva el desarrollo intelectual. Una cierta tendencia a obviar el desarrollo emocional. Porque cada acción racional exitosa te lo refrenda.
Y por ahí vamos por la vida, con nuestro perfecto raciocinio que nunca falla, exentos de vértigos y mareos. Esos que nos dan la felicidad y nos producen quebraderos de cabeza y corazón. Vivimos en la era del conservadurismo personal. Y así pasa la vida, envuelta en celofán. En un celofan inoloro, incoloro e insípido.
A mí siempre me han gustado los colores y las estrellas. También soy un poco lunática. Me afecta la luna llena y esas cosas. Aunque no he podido ser más racional en todos mis comportamientos. Supongo que mi educación, un poco victoriana, aunque contemporánea y libre en la parte intelectual ha hecho el resto. Mi psicóloga siempre me ha dicho que me han educado como a un hombre. Y tiene razón. Lo que no logro ver es la diferencia en la educación que se ha de dar entre hombres y mujeres. Soy tan hombre que ya no lo veo. Pero entonces salen todas mis feromonas. Y mi parte femenina se impone a lo bestia. Con cada regla, cada síndrome premenstrual y cada ovulación. Y me siento muy mujer. Y esa es la parte que falla. Ser hombre lo tengo dominado. Pero ser mujer me cuesta mucho más.
Y así me voy bandeando por la vida. Bastante regular en la emoción. Queriendo querer a tanta gente. Atrayéndome el intelecto y la emoción por partes iguales. Y dejando tantas cosas en "stand by". Espero que cuando dé al "play" no sea demasiado tarde...
servido por Honey
2 comentarios
compártelo
19 Febrero 2012
Me levanto con dolor de cabeza otra vez. Por segundo día consecutivo. Supongo que necesitaba descansar. Un viernes reparador de esos de meditar e irse a la cama respetando el biorritmo. Pero no fue así. Después de una semana agotadora de actividades, me sacaron a cenar. Merecía la pena. Todo por averiguar qué me sucedía y qué estaba sucediendo una vez más. Tratando de comprender las vicisitudes de la vida propias y las de otros.
Hoy hace tres semanas que lo conocí. Una página de esas de contactos. Prometí no volver a meterme nunca más. Mucho tiempo invertido y bastante frustración de hablar con gente a la defensiva o que simplemente no te interesa nada. Espejismos variados sobre personas que luego resultan ser muy diferentes. Mentiras, gente dañada o simplemente vacilones que parece necesitan entretenimiento. De todo hay. Lo cierto es que por escrito resulta, a veces, más fácil conocer determinadas cosas de las personas. Pero falta la piel, asociar las caras y el calor del directo. Eso no se puede suplir con nada. Eso es la gran sorpresa que te espera cuando pasas a conocerte.
En tres semanas, hablamos todo el rato. No ponía nada sobre él, pero me lo contó todo en media hora. Siempre he sabido dialogar. A veces pienso que me lo podría tomar como profesión. Porque hoy en día, la gente está tan sola y con tanto miedo, que lo del chateo da calorcito pero sin agobiar. Sin arruinar tu estado independiente, las burbujas varias, pero haciéndonos vivir una especie de ficción de lo más agradable. Porque, de pronto, resultamos interesantes a otros. A esos que, de pronto, nos hacen caso. Pero manteniéndonos en nuestro cómodo sofá y nuestras pequeñas costumbres, como tener un rooibos calentito sobre la mesa.
Cuando el chateo pasa a dispositivo móvil, ya no hay solución. Se deja de acotar temporalmente el tiempo invertido, y pasa a convivir contigo de forma permanente. Veinticuatro horas de conexión con un extraño. Que de pronto parece que no es extraño y lo conoces desde que pusiste los pies en este mundo. Craso error. Falsa entelequia que juega la ilusión al solitario. Pensando que alguna explicación tendrá que haber para que esa extraña situación se haya creado y te invada por tantos días.
Pero la realidad se impone como un ladrillo. Como ese jarro de agua fría que te despierta de un letargo veraniego maravilloso. Y te dice que todo es mentira. O que ni es mentira ni verdad. Que simplemente es lo que es. Personas que fluyen o reman en dirección contraria a la de su propia corriente. Invadidos por sus circunstancias y factores personales. Que a saber cuáles son.
Prometí no ser nunca más psicóloga de nadie. Yo me cuido de forma permanente. Cultivo cuerpo y alma porque lo necesito y porque una vez estuve al borde del abismo. Precisamente, por dar demasiado de sí. Por aceptar vampiros laborales y emocionales y no ponerles freno. Y después siempre se repite la historia. Todos me adoran. Todos quieren conservarme. Y aparecen y desaparecen del mapa a su antojo. Y yo soy incapaz de no alegrarme cuando veo sus caras otra vez. Aunque debería mandarlos a la mierda.
Y una vez más así me encuentro. Frenada antes de arrancar. Intentando entender de nuevo porque se me repite el patrón una y otra vez. Por qué los tiempos nunca me coinciden y si me coincidirán algún día. Preguntando por qué doy tanto respeto. Y por qué conservo tantos nexos y amigos que me han dado la larga cambiada. Supongo que los comprenderé. Y que, en el fondo, me pongo en su lugar. Siempre me he puesto demasiado en el lugar de las personas como para retirarlas de mi vida. Y así voy acumulando historias. Historias diferentes que mi psicóloga dice que debería escribir algún día. Porque a mí se me acaban olvidando por supervivencia, para poder seguir adelante cada día y volver a tropezar lo más limpia posible. Y ella me las recuerda para demostrarme que soy valiente y que lo intento.
Pero empiezo a estar cansada de tanto espejismo.
servido por Honey
3 comentarios
compártelo
17 Febrero 2012
Esta noche me han pedido un post. Algo pequeñito, para leer por la mañana mientras desayuna. Antes de ir a trabajar, a la pelea diaria sobre costes y tijeretazos.
Lee post de Honey de hace muchos años y la va descubriendo. Prometió no hacerlo, pero ha sido incapaz de contener la curiosidad.
Tostadas, aceite y mermelada. Las manos pringosas pulsan el ratón y buscan en el índice algo que dé una pista, sobre la curiosa naturaleza de este personaje.
Parece que la pierde. Que se va diluyendo en una duda gigantesca. Y no sabe qué hacer. Porque él no sabe lo quiere y no está exento de mil miedos. De los miedos de todos y de ninguno en particular. De los miedos del corazón partido y las vidas complicadas.
Ella mientras intenta descubrir a alguien que no le pega nada. No le pega pero no puede dejar de conversar con él. Porque desde el primer momento la conversación fluye como un caudal inagotable y no se lo explica.
Vidas distintas, ciudades distintas, historias distintas.
Y por eso se lo escribo para decirle que no pasa nada, que cada uno es como es, y que los destinos se van escribiendo palabra por palabra, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo.
Sin saber si este libro será la historia de una verdadera amistad, la aventura de un barco pirata o el amor más romántico y apasionado. O un culebrón chusco de lectura infumable después de comer.
Todo puede ser, todo puede no ser. Desde el mundo de lo efímero y lo permanente. Desde el olor a mar al olor a morcillas y corderos.
Porque este señor es de Burgos. De la tierra en la que no nací. De milagro.
¿Será un señal?
servido por Honey
sin comentarios
compártelo