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La Coctelera

Señorita Honeychurch

Como alguien que toca el piano con tanta pasión puede llevar una vida tan monótona (reverendo Beebe en "A room with a view")

Categoría: City Tales

3 Octubre 2009

Madrid, claro que sí!

De nuevo escribiendo desde mi casa con sol entrando por los balcones y la música puesta. Me encanta este momento y no puedo dejar de decirlo.

Ayer retomé mis clases de baile. Encontrarme de nuevo con mis compañeros del año pasado y con mi profesor, me ha gustado tanto como volver a sentir mi musculatura y el sudor de mi cuerpo. Volver a hacer abdominales, estiramientos, plies y, sobre todo, volver a bailar, me ha subido la adrenalina y me ha acelerado el metabolismo adormecido por varios meses de relax. Tanto que, después de la pertinente ducha y cena, fui capaz de irme a tomar un cocktail con mis amigas, al más puro estilo Sex&Ciy. Un mojito de frutas del bosque que sirve de postre y bebida dialogante al mismo tiempo. Charlar de nuestra semana un rato, en un sitio agradable mientras la música acompaña sin ser protagonista y saborear fresas y arándanos que pescas entre el hielo, es una buena táctica para bajar las revoluciones que te da el baile.

Porque el baile cansa el cuerpo y reactiva el corazón. A veces te acelera y te despeja más que una siesta. Mi cadera, que últimamente tengo dolorida, no se ha portado mal. Espero que los dolores tengan más que ver con la inactividad que con la actividad que tantos beneficios me reporta. Hoy he dormido lo justo. Necesito una siesta para estar a tope esta noche en un concierto en la sala Caracol.

Antes tomaré un café con mi amigo Rómulo. Tiene novedades que contarme. Novedades que no sé si me van a gustar egoistamente. Me alegraré por él si le veo contento, es de esas personas que siempre suman, que siempre aportan cosas. Supongo que es por su espíritu e inteligencia y, sobre todo, porque siempre intenta estar creciendo. En eso y, en bastantes cosas, siento que nos parecemos. Por eso no me gustaría que la distancia geográfica nos distanciase. Es de esos tesoros a conservar.  En diciembre se nos casa en Brasil. Ese será el próximo gran viaje.

Mi semana ha sido agotadora. La gestión de una crisis me ha hecho hablar con medio mundo manteniendo un equilibrio inestable. Mientras, luchaba para crear anticuerpos de la gripe estacional cuya vacuna me puse el lunes. Con tanto viaje y tanta actividad, más vale estar protegida en lo que sea posible.

No me han quedado energías para mucho más. Mi vida en esta ciudad es así. Requiere empuje y energías.

Nos quedamos sin los juegos, pero al menos, la panda de políticos cansinos y cutres pudieron sentarse juntos por una vez. En este país que sobrevive a pesar del cutrerío de la clase política y de algunos funcionarios más pendientes de sus propios intereses que los del bien común. Un país lleno de Quijotes y molinos que parecen gigantes, porque nadie es capaz de abrirnos los ojos y tratar las cosas con sentido práctico y sin tanta retórica vacía.

Lo cierto es que Brasil se lo merece. Bastante más que nosotros. Aunque no sé a quien le hace más falta. Con el endeudamiento de Madrid y sus obras faraónicas nos habría venido muy bien otra inyección más del exterior. Porque desde el interior parece que no somos capaces de generar nada. Porque nuestra miopía nos impide defender con uñas y dientes lo que tenemos de bueno para luego mendigar pasta como por caridad. Mientras, Brasil se lo está trabajando. Parece que ha encontrado un político capaz de defender el interés general y que la gente le crea. Atrás van a quedar los intereses españoles en Latinoamérica con un Brasil geográfica y anímicamente mucho más en la zona. Esperemos que los Juegos sirvan para que mejore la seguridad y la igualdad entre los ciudadanos. Elimine parte de la violencia y las favelas se conviertan en pisos de protección oficial. Si es así, estará bien empleado.

Total Madrid no puede con más obras faraónicas. Ni con más porquería por las calles. Ni con menos carriles bicis. Ni con tan pocas actividades deportivas municipales para todo el mundo. Ni con más contaminación atmosférica.

Lo siento porque nos brearán más a impuestos. Y porque amo a esta ciudad. 

Por eso quiero que mejore por sí misma.

Madrid tú puedes, con espíritu e inteligencia. Claro que sí!!!!

 

 

Tags: madrid

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26 Septiembre 2009

Besando el suelo de Madrid

El sol entra por mis balcones y la calle está tranquila. No tengo prisa y la ciudad se mueve perezosa. Estoy en mi casa, por fin. En mi casa luminosa al borde del corazón de esta ciudad que tanto me da y tanto me agota. Contenta y vaga.

Ayer cuando mi avión procedente de Dublín aterrizó, casi beso el suelo de esta ciudad, que es árida desde el aire y caliente desde la tierra. Después de una semana en la que al levantarme por la mañana ya casi no sabía ni mi ubicación. Acostumbrarme a esta sensación, dormir bien en cualquier lugar y estar contenta en el periplo, me ha llevado a sentirme más nómada que nunca, después de mi reciente paso por Estados Unidos.

El lunes dormí en Madrid y acudí puntual a mi clase de yoga, para estirarme un poco y cargarme de serenidad ante una semana que prometía ser agotadora. El fin de semana en la playa de septiembre, jugando a las palas como en las del norte, bañándome y comiendo paellas, también contribuyó a un inicio de semana lleno de energía aunque trashumante.

El martes ya dormí en Londres, en un hotel fashion, en el que ya había estado cuando era el más clásico de la City. Ahora, convertido en el más moderno, me reciben unos recepcionistas vestidos de traje,  pasados por un casting y con portátil en la mano, como si se tratase de una tienda de Apple. No hay recepción como tal. El lobby parece un bar de moda de NYC, lleno de muebles modernos y luces de neon rosa. El check-in se realiza mientras te tomas algo en un sillón con uno de esos personajes de CQC y su portátil sentado enfrente tuyo en un puff. La habitación tiene conexión a internet gratuita a través de la televisión, chaise longe roja y una cama estupenda, además de minibar gratuito. El baño tiene productos de Spa que huelen de maravilla. Pero yo estoy derrengada. Es casi media noche y al dia siguiente tengo ocho reuniones seguidas desde primera hora de la mañana. Tras una ducha relajante me zambullo en la segunda cama de la semana.

Londres ni lo piso. No salgo del hotel en todo el día, donde también transcurren las reuniones. Un London Express, que sigue a un taxi express y a un Heathrow express que ahorra una hora de viaje al aeropuerto de esta complicada ciudad por la superficie. Adoro los taxis londinenses. Eso de poderse meter una casi de pie al coche y con la maleta puesta, me encanta.

Llego a Madrid a las mil. Cenada porque la Iberia, al menos nos trata bien y nos ahorra un trámite innecesario cuando una tiene sueño. Y vuelta a mi hogar, tras ver las mutaciones infernales de la Castellana y la búsqueda del tesoro de la calle Serrano. Tengo que preparar la maleta para marcharme al día siguiente a Dublin.

La preparo por la mañana y llego tarde a la oficina. LLego con los zapatos sucios, porque con la que está cayendo en Madrid, deberíamos hacer como los neoyorkinos y sus zapatillas de deporte si queremos llegar decentes a la oficina.

El aeropuerto está empezando a ser una especie de segunda casa para mí. La T4 es una especie de despacho gigantesco, por donde tengo que pasar de vez en cuando. Ya me siento agusto aquí, a pesar de los paseos largos que exige. Nada como estirar las piernas después de un viaje, debieron de pensar los arquitectos. Pero a Dublin solo nos cuadra Air Lingus, un vuelo que es más de turista y cervecero que de oficinero con pocas ganas de sufrir incomodidades. Y esta vez me tengo que zampar un guarri-wrap para salir del paso y dejar atrás la cena. Porque Dublín nos vuelve a recibir a nuestra media noche. La hora de diferencia horaria, me decide a darme un paseo por una ciudad que estuve ya hace más de 10 años. Para reconocerla en mi memoria.

Dublín está cambiada y llena de adolescentes borrachos que celebran el 250 aniversario de Guiness. Es el Arthurs Day y la ciudad ha estado llena de eventos durante todo el día. Llego unas cuantas copas de menos, a una ciudad en la que las niñas van todas con zapatos de tacón altísimo y vestiditos escotados a pesar del frío. Zapatos de los que se bajan, descalzas cuando la Guiness decide hacer perder el equilibrio y duelen los pies.Vomitonas, gritos y colas en los bares, me hacen sentirme muy fuera de lugar con mi vida de ejecutiva en la mochila y mi espíritu bohemio luchando para no hacer novillos por la mañana. Intento entrar al Trinity, pero hay una fiesta solo para alumnos. La pinta que quiero tomarme se convierte en imposible en una ciudad patas arriba con carteles de Guiness por todas partes y adolescentes cocidas sentadas en las aceras.

Decido irme a dormir. Esta vez el hotel no me gusta. Me colocan en una habitación que debió de ser sala de reuniones en la época del boom irlandés, ahora reconvertida en habitación trotera (vale, me estoy volviendo muy exigente, lo sé...pero todo cambia cuando es un viaje de placer).

Después de un día de reuniones, un chófer me lleva al aeropuerto. Los chófer de las ciudades se están  convirtiendo en mis termómetros del lugar. Este es un tipo divertido con un gran sentido del humor. Ha visto que yo le rio las gracias y se pasa todo el camino contando chistes. Fundamentalmente de su mujer y sus compras compulsivas. Los irlandeses tienen un gran sentido del humor y un hedonismo bastante básico. Creo que ésto les une bastante a los españoles. El despiporre dublinés de la noche, me podría recordar a cualquier sábado noche de jovenzuelos en Alonso Martinez.

El avión va lleno de tíos que podrían ser de un equipo de rugby o algo así. Pelaos, coloraos y más bastos que el papel de lija. Hablan alto, eructan y juegan a la PSP a todo volúmen. Me pregunto a qué vendrán a Madrid. A pesar del follón el agotamiento me hace dormirme casi todo el viaje.

Tengo ganas de volver a mi Madrid, a mi rutina de baile, yoga y reencuentro con los amigos.

Hoy es sábado y hago la compra en este día soleado con mi carrito. Bromeo con el frutero y con la de la tienda de congelados, pregunto al hijo del tendero de la tienda de alimentación como se encuentra despues de su operación de neumotorax. Le han dicho que tiene que hacer ejercicio para ensanchar y le animo a que lo haga. Me encanta mi barrio y parece que algunas aceras han cerrado sus excavaciones.

Asentándome en Madrid.

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14 Septiembre 2009

Spoilt (Malcriada)

Dicen que los neoyorkinos son los seres más caprichosos del planeta, porque siempre encuentran lo que desean a la vuelta de la esquina. Cuando pasas por allí y te quedas, aunque sea unos días, empiezas a entender las razones. A golpe de tarjeta de crédito, uno puede conseguir cualquier cosa en Nueva York. Esto convierte a los neoyorkinos en seres que consideran que todo es posible a los que resulta dificil  de concebir que algo no se pueda conseguir.

Para vivir Nueva York hay que ser rico. Es cierto que no hace falta ser rico para vivir, pero es que ser pobre debe de ser como poner a un crío en medio de una tienda de golosinas sin darle la paga semanal. Los dientes se ponen largos si uno no puede ir a cenar a un sitio bonito, tomarse una copichuela con glamour, escucharse un concierto de jazz o asistir al Met a una Opera o un ballet.

Y así he estado yo esta semana, completamente malcriada en una ciudad que es atractiva y seguramente agotadora a partes iguales.

La primera parte de mi viaje, un fin de semana largo acompañada de mi querida Skyller, transcurrió entre paseos, conversaciones largas arreglando al mundo y a los hombres, y la superación de un jet-lag agravado por el calor húmedo de Nueva York cuando se pone pesado. Sky, se vino conmigo al hotel. Un hotelito bastante mono muy cerca de la New York Library, una biblioteca maravillosa abierta al público, donde casi se casa Carrie en Sexo en Nueva York y yo casi escribo un post en directo sino llega a ser por un programa malévolo que me rechazó las claves por ser un poco tarde.

El primer día paseamos Nueva York, de Bryant Park -patas arriba por la instalación de las carpas de la Fashion Week- a Times Square, de Union Square y su Farmer´s Market a la librería Strand donde Skyller me recomendó varios libros para llevarme. Adoro las librerías y parar a comer en un tailandés. Adoro que me dejen colarme en los autobuses con esa especie de camaradería entre los negros que me ha parecido percibir y de la cual he sido beneficiada varias veces. Porque mi Sky es negra del sur, y todo lo arregla con un "honey", un "darling" o un "sweety". Así consigue que me dejen colarme en el autobús porque no tengo suelto, me revisen el dinero de la tarjeta del metro y nos hagan un book fotográfico mientras posamos como modelos echándonos unas risas. Claro, que no hay más que ver su sonrisa para que te ponga de buen humor y eso se transmite. Nos reimos de todo, del fotógrafo profesional que nos hace una foto que solo saca el suelo, de la noche en la calle a las puertas del Metropolitan mientras una pantalla gigante retransmitía una opera que no pudimos escuchar porque siempre teníamos algo que decir, de la pareja que quería quitarnos nuestras "cup-cakes" que parecían atraer a cuanto viandante veía la caja.

El domingo nos embarcamos a Liberty Island, a ver a Miss Liberty recién abierta al público de nuevo,  y a Ellis Island a ver el lugar de llegada de los inmigrantes donde hay un museo y Sky estuvo buscando a sus antecesores. Un día muy agradable que terminó con un paseo hacia Wall Street, donde me comí mi primer "New York Dirty Hot Dog" y toreé con mi pañuelo multiusos al toro de Wall Street ante el estupor de todos los viandantes. Por la noche cena en West Village y música de R&B en Groove, ya en Greenwich.

El lunes un poco de Metropolitan Museum para ver belleza que siempre reconforta y comida en Amy Ruth's en Harlem para probar la comida "ligera" del sur. Para bajarla, nada como un buen paseo por Central Park.

La segunda parte de mi viaje, siguió malcriándome de forma repetida. Aunque ahora tenía que trabajar, tener mil reuniones en un día y tener que guardar un poco esas formas ya perdidas durante el fin de semana, me trataron como a una princess. Entre ser transportada en coches gigantescos, cenas en sitios fashion, que si en el Meatpacking District, que si una brasserie japonesa en el Village, que si un super-chuletón... Saqué unos cuantos modelitos y me reí como loca ante la reacción de mi jefe al comer tofu y soba fríos ante el maitre más snob del sitio de moda más lleno de fashionistas en que he puesto los pies. Un vasco con hambre indignado con un menú de 85 dólares que terminó con pasta fría y una risa contenida de un camarero mexicano al que por fin alguien decía la verdad.

Reuniones con mil personajes variopintos, desde frikis de los números a ricachones con yate en Porto Cervo que se rien de nuestro nivel de inversión diciendo que es más baja que la de su mujer. De personajes con tics nerviosos a un australiano maorí relegado al mal tiempo de Boston por estar casado con una patinadora sobre hielo. Historias variadas, historias de gente, historias de altos de bajos, de ruinas y de éxitos que se perciben en días eternos de ocho reuniones en un día.

Tras el paso por Connecticut, cogemos el tren a Boston, donde nos espera un día lluvioso y un chuletón gigante. El día siguiente tras el enésimo madrugón y las enésimas reuniones quedo con un amigo.

Un amigo que me sigue malcriando, llevándome a cenar y de copas por la ciudad hasta que ésta se deja, hasta que cierran todos los sitios y nos echan a casa. Lloviendo, vamos andando hasta mi hotel, en un día turbio pero claro, cómodo a la vez que tenso. Finito pero con ganas de que fuera inagotable.

Y mandé un mensaje de órdago que no tuvo respuesta. En esta época en la que me encuentro en la que ya no me asusta exponerme y me lanzo al vacío. Pero respetando los espacios. Esos espacios cortos que a veces parecen tan lejanos y otras parecen desaparecer en un instante.

Y al día siguiente todo fueron paseos bajo la lluvia. Y vi el 80% de Boston, bajo un enorme paraguas de doble capa; negro y plata. Plata como el color del día, como el color de la bahía llena de gaviotas gigantescas.

  

  

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26 Agosto 2009

Con media Italia en la orilla con los peces en el mar

Sigo en Cerdenya. Ahora mismo en Alghero. Acabamos de volver de una de esas playas fabulosas de la isla, esta vez cerca de Oristano y todavia estoy llena de sal y sin cenar.

Tengo que escribir este post en los 10 minutos que tengo antes de que me toque el turno de ducha y podamos irnos a rellenar nuestros cuerpecillos de pizzas de lujo, de pastas marineras o de melanzzanes de todo tipo y condicion.

Olbia nos recibio con el paseo calle arriba y calle abajo de toda ciudad de veraneo y con un gran atasco de vuelta de la playa. Los tacones de las italianas no resisten cualquier empedrado, aunque su capacidad para moverse con ellos como si vinieran incorporados con sus piececillos al nacer, me ha dejado pasmada. Tanto como los modelazos de lentejuelas con unico fin de pasearse por la calle principal comiendo un gelatto para irse a la cama y sacar el cincel para despintarse la cara que llevan pintada como una puerta.

Las playas de los alrededores tienen aguas cristalinas, y yo en lugar de lentejuelas me he venido con aletas, gafas y tubo, asi que me estoy convirtiendo en un pececillo buceador a medida que incremento mi color. Es decir, por fin soy una "morena". 

Las orillas de las playas, por màs que nos alejamos hacia el infinito por carreteras de montana y curvas, siempre tienen muchos italianos adormecidos debajo de sombrillas de colores y chiringuito. No falta en ninguna playa algo que beber, o algo que comer, aunque es cierto que no estan metidos en la misma arena.

El top less no se estila, pero en cuanto veo una persona con poca tela, me apunto a su pandilla con alegria que para eso este ano casi no tengo marcas.

Hemos cogido ferrys, visitado calas y una cueva impresionante (la grotta di Neptuno), hemos visto acantilados, montanas y cabos.

Nos recorremos la costa de playas infinitas e interminables. Aguas claras, unas veces mas verdes otras mas azules. De tierra adentro no vemos mucho, porque hace mucho calor.

El pececillo, fue perseguido por un tiburon unos cuantos metros. Al grito de "ves algo" tuve que contestar que peces, aunque le hice nadar unos cuantos metros al tiburon por mi sordera acuatica.

La isla està petada. Hay que meterse en el agua y ver la playa desde el horizonte. Justo al reves. Asi se aprecian, pinos, bosques y arenas blancas. Es una isla preciosa.

Pero ahora me tengo que ir a cenar. Es mi turno de ducha.

 

Tags: cerdenya

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26 Agosto 2009

Con media Italia en la orilla con los peces en el mar

Sigo en Cerdenya. Ahora mismo en Alghero. Acabamos de volver de una de esas playas fabulosas de la isla, esta vez cerca de Oristano y todavia estoy llena de sal y sin cenar.

Tengo que escribir este post en los 10 minutos que tengo antes de que me toque el turno de ducha y podamos irnos a rellenar nuestros cuerpecillos de pizzas de lujo, de pastas marineras o de melanzzanes de todo tipo y condicion.

Olbia nos recibio con el paseo calle arriba y calle abajo de toda ciudad de veraneo y con un gran atasco de vuelta de la playa. Los tacones de las italianas no resisten cualquier empedrado, aunque su capacidad para moverse con ellos como si vinieran incorporados con sus piececillos al nacer, me ha dejado pasmada. Tanto como los modelazos de lentejuelas con unico fin de pasearse por la calle principal comiendo un gelatto para irse a la cama y sacar el cincel para despintarse la cara que llevan pintada como una puerta.

Las playas de los alrededores tienen aguas cristalinas, y yo en lugar de lentejuelas me he venido con aletas, gafas y tubo, asi que me estoy convirtiendo en un pececillo buceador a medida que incremento mi color. Es decir, por fin soy una "morena". 

Las orillas de las playas, por màs que nos alejamos hacia el infinito por carreteras de montana y curvas, siempre tienen muchos italianos adormecidos debajo de sombrillas de colores y chiringuito. No falta en ninguna playa algo que beber, o algo que comer, aunque es cierto que no estan metidos en la misma arena.

El top less no se estila, pero en cuanto veo una persona con poca tela, me apunto a su pandilla con alegria que para eso este ano casi no tengo marcas.

Hemos cogido ferrys, visitado calas y una cueva impresionante (la grotta di Neptuno), hemos visto acantilados, montanas y cabos.

Nos recorremos la costa de playas infinitas e interminables. Aguas claras, unas veces mas verdes otras mas azules. De tierra adentro no vemos mucho, porque hace mucho calor.

El pececillo, fue perseguido por un tiburon unos cuantos metros. Al grito de "ves algo" tuve que contestar que peces, aunque le hice nadar unos cuantos metros al tiburon por mi sordera acuatica.

La isla està petada. Hay que meterse en el agua y ver la playa desde el horizonte. Justo al reves. Asi se aprecian, pinos, bosques y arenas blancas. Es una isla preciosa.

Pero ahora me tengo que ir a cenar. Es mi turno de ducha.

 

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5 Agosto 2009

Ciudadano Apestado

Nos gusta vivir en el centro. Madrid es protagonista en nuestras vidas. A la vez que se transforma y evoluciona, nosotros también lo hacemos, porque somos personas permeables que interactuamos con el medio. Siempre he pensado que mi barrio me ha ido transformando poco a poco; el diálogo con el frutero, el de la tienda de alimentación, los pescaderos castizos. El predominio de una realidad variopinta y versátil, voluble y caprichosa. El permanente cambio con el que el barrio se viste unas veces de lujo de Soho neoyorkino y otras de cutrerío cañí del más auténtico sabor a aceitunas y vermouth. Y casi todas sus facetas nos encantan. Aguantamos los desmadres de las fiestas de Chueca, cuando los fiesteros hacen sus necesidades en los portales. Escuchamos los comentarios de las vecinas de toda la vida, ya entraditas en años, sobre los descubrimientos escatológicos que realizan en sus escaleras, mientras compramos cuarto y mitad de tomates y llenamos el carrito de la compra.

Y nos hemos acostumbrado a soplar al oído a los ciegos los obstáculos mutantes que se van encontrando por la calle. Sin tocarles, que no les gusta. Porque el barrio también tiene un sinfín de andamiajes y excavaciones petrolíferas que se suceden, no sé si para dar trabajo a los obreros o a los sanitarios del servicio de traumatología, a juzgar como se colocan los pasos para peatones.

Pero todo esto lo entendemos. Sabemos que para que las cosas mejoren hay que invertir en ellas. Aunque se pueda hacer mejor, con más consideración hacia las abuelillas que se encuentran con obstáculos permanentes y con descarrilamientos de los carritos de la compra.

Lo que resulta complicado de entender, porque no le vemos ningún fin, aparte del posible renacimiento del "arte povera", es la acumulación de porquería en nuestro querido centro. Nuestro pequeño reducto de sabor madrileño, nuestro cogollito de libertad que, en cuanto se descuida, se convierte en libertinaje, en una pocilga de guarros que no pueden tener cariño a este asfalto de muchos años, a este escenario de vidas que siempre acoge a aquel que desea integrarse en su paisaje voluble, variable, caprichoso y sobre todo vivo.

Por eso, los que queremos al centro de Madrid, vamos a exigir cambios al Ayuntamiento. Pedirle que cuide la limpieza, la contaminación de todo tipo y sobre todo la educación de los ciudadanos y visitantes. Porque Madrid acoge a todos, pero quiere recibir con sus mejores galas, no como si tuviera el complejo de Diógenes. Para ello un amigo querido ha abierto un grupo en Facebook que se llama "Ciudadano Apestado", y en el que se pretenden subir fotos y comentarios sobre lo que cada uno vayamos detectando respecto a este tema en nuestro Madrid. Pretender ser un altavoz único y organizado. Así que estáis todos invitados a colaborar.

Muchas gracias

 

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8 Julio 2009

En una nube con Antony

He venido flotando a casa. El taxista colombiano que me ha traido no ha existido, mientras hablaba y hablaba yo seguía en una nube de algodón de azúcar, etérea y frágil. Una nube de una sustancia espumosa, capaz de mantener tu cuerpo en estado de flotación, ingrávido como en un viaje a la luna.

Porque a la luna fuimos y volvimos, en una especie de sueño, a veces agudo y otras acompañado por un coro de mil voces mucho más densas y graves. Muchas voces que, en realidad, eran una; la de un Anthony que abarca todo el espacio con su 1,90 de voz. Con su corpulencia de pivot en el que retumba la sensibilidad de un poeta romántico, lleno de paisajes y seres pobladores de un mundo onírico lleno de hadas, faunos y seres extraños venidos del más allá.

Ni siquiera había escuchado su segundo disco, el primero lo machaqué hasta la extenuación, pero si te engancha una vez, lo hace para siempre, con su suavidad, sus lamentos que llegan al alma y su música que se siente en el vientre, allí donde dan ganas de reir o llorar cuando de verdad se hace con ganas.

Quise matar a cuantos entraban y salían sin parar en el circo Price. Estar al lado de una de las salidas, tuvo su precio. Despistados y tardíos buscaban sillas entre la pista del circo, en una configuración simpática pero poco práctica cuando se requiere silencio. Y yo quería silencio, sentirme arropada por su voz y por el atisbo de su alma, arrullada y abandonada a las melodías.

Al principio del concierto, una especie de danza extraña realizada por una anoréxica con coleta gigante embaduranda por un maquillaje corporal dorado, me dejó un poco descolocada, con esa sensación de no saber si abuchear por la parida o empezar a introducirme en la ensoñación personal de esta particular persona.

Qué dificil le ha tenido que resultar encontrar su camino. Tan especial, tan femenino, metido en un cuerpo gigante de imposible camuflaje. Imagino que la música y su mundo especial, debieron resultar un refugio precioso donde esconderse en las épocas de encuentro con uno mismo. Y todo esto me lo imagino yo, que también creo ser sensible y con mi casi 1,80 también me resulta, a ratos, dificil ser femenina. Y si no que se lo digan a mi profesor de baile. Entre todo ésto no puedo evitar que me recuerde a Falete.

De teloneros tuvimos un regalito; Russian Red, aunque yo creía que era más morena. Me gustaron. No desentonaba con la onda posterior. Resultaba un buen amansafieras para llegar al recogimiento final. Porque ya se sabe, nosotros las fieras, antes de semejante alimento para el alma, nos hemos puesto hasta las cejas de cerveza - con el circo convertido en una especie de café bar- de bocatas de lomo y de pinchos de tortilla.

Y aun asi sigo flotando en una nube con Anthony (& the Johnsons, off course!).  

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2 Julio 2009

Reencuentros

Escribo ahora mismo, reencontrada con un catarro de verano de los que hace mucho no me cogía, sobre reencuentros y despedidas.

Volvió mi Maitexu, en una visita express muy bien aprovechada. Dice que mi casa le da paz y creo que debe ser porque apenas dejo que la pise, envuelta en una vorágine de planes y paseos madrileños. Tuvimos una velada especial, con la aparición de Calamarita en la pantalla de mi portero automático. Intentamos arreglar el mundo. Y si alguien lo hizo fue ella, la pipiola rajaba y rajaba mientras las senior nos la comíamos con los ojos mientras comíamos un trozo de pizza. Velada especial que a punto estuvimos de prolongar hasta el infinito a pesar de tener un fiestón en unas terrazas en una azotea de la calle Arenal. Más madrileño imposible. Con el reloj de la Puerta del Sol asomando, iban pasando un sin fin de representaciones de tatuajes (amor de madre, Gun's & Roses, Love& Heat, Antonio...) en una de estas fiestas geniales y estrambóticas llena de gente libre.

El jueves el reencuentro había sido en la Fiesta Coctelera, con mi Nick, mi Gonci, mis queridas Lucía y María y algunas nuevas adquisiciones, Marilia, Ryu, el amigo guapo de María cuyo blog no recuerdo, Blat y otros cuyos blogs no leo, porque últimamente estoy muy dejada en esto de leer. Me encanta verlos. Me llenan de energía. Me hacen ubicarme con perspectiva y ver lo que tengo en común con gente con la que aparentemente no me une nada. Y pensando y pensando, creo que lo que tenemos en común es la fantasía. Sí, esa especie de búsqueda infantil y esencial sobre la vida. Ese intento de mostrarnos y comunicarnos con nuestros semejantes. Porque va a ser que nuestros semejantes nos interesan. Un ego un poco quebradizo o muy solvente, que en función del viento que tome la vida se infla o desinfla buscando aliento.

Así que ante el rumor de la muerte de Michael Jackson se originó un revuelo buscando confirmación. Confirmación que no tuve hasta el día siguiente. Y lloré a otro personaje infantil buscando fantasía. Me acordé de mi colección de Superpops llenos de fotos y de las coreos que me sabía de sus vídeos. Siempre pensé que era un poco friki - eran los 80 y no había negros en España, porque Michael todavía lo era, además yo iba a un colegio muy pijo - y ahora me he dado cuenta de que supe apreciar la genialidad. Qué penita. Hoy me ha escrito una amiga de la infancia, que se ha estado acordando de mí a cuenta de lo superfan que yo era. Así que Michael está siendo estos días un reencuentro y una despedida al mismo tiempo.

El domingo estuve en Paris, y en Trocadero no había más que Michaels bailando Billy Jean con la Torre Eiffel al fondo. Tengo unos cuantos videos que no pude dejar de grabar. Paris, otro reencuentro.

Paris me dio cuatro meses de belleza y frialdad, de paseos y escapadas agresivas. Me dio noches de bengalas en el Pont des Arts y dias enteros absorbida por las maravillas del Louvre. Me dio amigos italianos bohemios y me permitió conocer al senegalés más elegante de la Defénse. Esta vez Paris me devolvió a Yumi. Una nota en la recepción del hotel, me avisaba de una cena a las 20.00 en el Café Marly, un restaurante que está en el Louvre. Allí nos reencontramos ella, Cristina- una italiana que conocimos también en la misma época- y yo. No paraba de mirarme y reirse. Sé que me vio hiperactiva, porque soy así y no paraba de hablar. Mezcla de inglés y francés, porque yo hacía siglos que no hablaba francés y Cristina siglos que no hablaba inglés. Así que hicimos una mezcla curiosa, un esperanto de andar por casa que de vez en cuanto metía una palabra española como "merengue" que inmediatamente entendía la italiana.

Paseamos, nos contamos nuestras vidas y llegamos al Pont des Arts, mi lugar favorito, uno de los más románticos de Paris. Demasiada gente piensa lo mismo que yo, por eso estaba lleno de jóvenes con guitarras, parejas dándose el lote y botellones elegantes. Yumi, vive cerca de Shinjuku, trabaja en un banco y está requetesoltera. Totalmente compatible conmigo y mi vida. Quedamos en que yo tengo que volver a Tokio y ella a Madrid o la casa de la playa. La pregunté si sigue viajando con una minimochila y me dijo que sí, que lleva muy poco equipaje. A ver si me da unas clasecitas. Le dije que había escrito sobre ella en mi blog y sobre como nos conocimos una vez fue capaz de salir de la ducha compartida con turbante y todo, tras una hora de afeites. Se reia sin parar. Me dice que parezco más energética todavía que antes, que ya es decir.

Y así transcurrió una velada de reencuentros con una ciudad de ensueño que estaba contenta y veraniega, con un moonwalk masivo en Trocadero y con mi querida Yumi, mi japonesa del turbante en la cabeza y la maleta pequeña.

Al día siguiente, tras una noche de pelea con el edredón del hotel (dichoso invento alemán) y el aire acondicionado, me reencuentro con un trancazo de verano mientras abandono una ciudad que, lejos de escuchar a Edit Piaff, tiene a Thriller de banda sonora.

 

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Sobre mí

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Señorita Honeychurch

madrid, España
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Soy la versión madrileña de Lucy Honeychurch, desde mi ventana veo un cuidado jardín, transito por las calles más exclusivas de mi ciudad y llevo una existencia "comme il faut"; trabajo en un lugar respetable, visto de forma respetable, pero...me "aburre" tanta contención: me rebelaré algún día?

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