Categoría: City Tales
18 Diciembre 2011
Llevo una temporada con las Martas revueltas. Mis distintas facetas se me revuelven y entremezclan hasta provocar un permanente desacierto. La ejecutiva se muestra sensible y le tiembla la voz cuando regaña, la bailarina tendrá que llevar plantillas y la que escribe crea frases desafortunadas.
Y es que llevo una racha revuelta, en la que no encuentro confort en mi interior, y eso que escribo en un día luminoso, por fin tranquila en casa, después de otra semana programada de principio a fin. El sol entra por la ventana y me he despertado con una sonrisa después de un reencuentro con un amigo del colegio. Pasados casi 25 años. Ayer tenía el día guapo, por fuera y por dentro. Y escuché e intenté atar cabos y tuve la cita más surrealista del planeta, con un hombre y su perro. Al perro le caí bien y el hombre, en mitad de mi confusión, me dio un beso de despedida. Qué edades complicadas habitamos.
Intento recolocarme, no pedir peras al olmo y resituar a cada uno en su sitio. Porque siempre he sido polifacética y he sabido encontrar sustento en cada cual. He sabido valorar lo que cada amigo me aporta, cada situación me enriquece y así me he ido haciendo más sabia y tolerante. Pero, de pronto, solo veo mi ignorancia, lo que la gente no tiene en lugar de lo que da, las carencias en lugar de las aportaciones. Veo agujeros y huecos insalvables. Incomunicación y apatía. Y entiendo que ha de ser el punto de visión, porque la realidad será la misma. Como girando el caleidoscopio me hallo. Intentando ver los colores y las nuevas formas. Lo que llena y no lo que vacía. Lo bueno que se descubrió y no lo malo por descubrir.
Supongo que cuando me ponen contra las cuerdas, reacciono mal. La presión no me ayuda. Meses de altas exigencias profesionales y personales me pasan factura y me dejan lánguida, átona, viendo negro lo que siempre fue azul, rojo o amarillo. Monocroma y sin luz.
Ahora voy a darme un respiro, a sentir el aire y el sol. Ser más condescendiente conmigo misma. Siempre me han dicho que me meto mucha caña. Excesiva para mi sensibilidad. Y es que esta dualidad fuerte y sensible va a acabar conmigo. Aceptaré que yo tampoco puedo con todo. Porque cuando la balanza se inclina, hay que poner contrapesos en el otro lado para que vuelva al paralelo. Y así estoy yo rebalanceando y contrapesando mi propia naturaleza. Soy particular, qué le vamos a hacer. Y si aplazar implica un riesgo, no tendré más remedio que asumirlo, porque no puedo con todo.
Deshaciendo los nudos de mi espalda y mi cuello. Intentando no dar importancia a tratamientos injustos y casi despiadados, y mirando hacia delante. Sabiendo que soy luminosa, inteligente y sensible. Y esperando ser más hábil para sacar algo en claro de la ecuación.
Intentaré disfrutar de todas las Martas, ponerlas en fila india, y hacerlas desfilar vestidas de rojo, bailando al son de un buen jazz.
servido por Honey
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8 Octubre 2011
Me despierto tranquila, relajada. Por fin he descansado y dormido bien después de una semana agotadora en lo profesional y lo personal. Ayer vi una peli y me acosté pronto para ayudar al biorritmo a ordenarse, a tomarme el pulso y cogerme los tiempos. Vagueo un ratillo, me lo puedo permitir. Ir lenta y pausada.
Abro mis ventanas en todas sus fases; las carpinterias de fuera, la ventana con cristal y las persianas mallorquinas. Me encantan estas ventanas del Madrid antiguo, con sus tres piezas de ventanales grandes. Sobre todo después de cambiar la del medio por aluminio y Climalit para que el jaleo de los fumadores del bar de enfrente especializado en gin-tonics me den absolutamente igual e incluso me acompañen.
El sol entra luminoso. Uno de estos días de Madrid de cielo azul nítido. De esos que se echan de menos cuando estás fuera. Y eso que la contaminación debe de estar alta y estamos pidiendo lluvia a gritos. Aunque no lo dirán los contadores desplazados al Retiro el año pasado para hacernos trampas al solitario.
Preparo el desayuno en pijama. El clásico, el que procuro hacerme todos los días: zumo de naranja natural, pan con tomate y aceite y un café de cafetera italiana para tomarme las tazas que me apetezca. Todo muy despacio.
El día es para mí. Para lo que me pida el cuerpo. Hoy no quería planes. Es maravilloso poder salir de ellos, de los horarios y obligaciones, aunque sean lúdico-festivas. Este estado de relajo me suele acompañar todo el día cuando he descansado bien y puedo tomarme la vida con calma. Un sueñecillo placentero se instala en la paz de mi cuerpo y mi espíritu. El estado perfecto para disfrutar, para estar permeable a la naturaleza, al arte, a las cosas bonitas de la vida. Y hoy estoy contenta. Pensando con tranquilidad en lo que está por llegar en algún momento. En mi gran plan especial. Porque aunque esté en el aquí y el ahora nunca puedo dejar de pensar en el futuro. Soy así, y no lo puedo evitar. Imagino que es necesario para ilusionarme por las cosas.
Pero hoy no tengo ninguna idea maquiavélica, como me dicen en la oficina. Hoy estoy en estado de paz. Igual porque ayer me llamó mi Sofi desde Alemania. Para charlar un rato y hablar de nosotras. De mi vida y de la suya, tan distintas pero tan fáciles de conectar. Porque hay gente con la que hablas el mismo idioma y no importan las distancias espaciales. Ahora estoy deseando hablar con Estados Unidos; con Sky en inglés y con Esti en este español de corazón. Para saber que están bien y que siguen sus avatares. Para saber cuando las volveré a ver. Y es que el corazón cada vez se te dispersa más por el mundo. Y de eso nunca se habla cuando se habla de globalización. Será algo en lo que no han caído los antisistema. Porque digo yo que este efecto es positivo. Nos hace más ricos y tolerantes. Con esa riqueza que no se cuenta ni en dólares ni euros, porque va más allá. Tan más allá que al no tener medición no hay forma de comerciar con ello. Y yo me pregunto si esto no será la semilla de la reconciliación mundial. Reparte amigos por el mundo y verás como todo deja de ser blanco o negro. Te verás con perspectiva y valorarás lo que otros tienen.
Y diciendo ésto, abro la ventana. Entra fresco en este día luminoso.
Se anuncia un cambio de estación.
servido por Honey
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5 Diciembre 2010
Aquí estoy, viendo un cielo gris por la ventana. Resistiendo a abandonar el pijama y buscando excusas varias para no salir de casa. Con cosas que hacer que nunca apetece acometer y soñando con próximas energías, encuentros y sol.
Supongo que una semana de mucho trabajo aderezada por una de esas reglas que te dejan como si ha pasado por tu cuerpo el séptimo de caballería tienen mucho que ver, junto a este tiempo de frío glaciar. Tampoco es que empezara muy descansada la semana. Un fin de semana en Londres con la Pandilla Maravilla celebrando el cumpleaños de Hugo, fue otro captador energético.
Ultimamente me da pereza escribir. Ya no siento la necesidad como antes. Pienso que a nadie le importa lo que haya de escribir. Y en ese nadie, me incluyo yo. Que cada día tengo menos ganas de hacer caso a mi pensamiento. Solo quiero vivir tranquila y relajada. O lo relajada y tranquila que mi vida y mi propia personalidad me dejen.
Me encanta la Pandilla Maravilla, no solo es gente activa y con intereses. Con creatividad y energía positiva. Sino que además son gente educada y con buenos sentimientos. Por eso estar atrapados en una cola en Barajas con un vuelo de Easyjet cancelado, fue llevadero. Lo peor: imaginar a Hugo al otro lado del charco con su fiesta programada y los invitados bloqueados. Todos con nuestras maletas reglamentarias llenas de ilusiones con un formulario de reclamación en la mano. Cuando todavía había suficientes en el aeropuerto para reclamar por un vuelo cancelado sin ninguna explicación. Antes de que fueran un bien preciado por la ausencia de controladores.
Finalmente, contra todo pronóstico nos fueron encajando en distintos vuelos. A distintos destinos. Si teníamos comprado el billete del Gatwick Express nos enviaban a Lutton, cuando ya pensábamos que algunos llegarían al día siguiente embarcaban a Gatwick. Una auténtica sensación de control y previsión que me hará evitar, en la medida de lo posible, esta compañía aérea, que a la vuelta también acumuló un retraso considerable. Tras semejante caos, solo nos quedó dar las gracias por poder disfrutar del fin de semana, finalmente. Esto lo pensaba cuando nos tomábamos de madrugada unas cervezas del minibar en el bar del hotel ya cerrado a nuestra llegada, para brindar por la "prueba superada", cuando caminaba cerca del Big Ben y de los edificios del Parlamento, cuando veía a lo lejos el "London Eye" y paseaba por Picadilly. Todo con un frío helador, pero sin lluvia. El sábado teníamos una consigna: a las seis en el Lobby del hotel con un Brit-look.
Y allí fuimos todos, y allí apareció Hugo junto a un autobús de dos pisos londinense en el que recorrer Londres de noche mientras bebíamos cervezas y champagne. Más de cincuenta personas llegadas de distintos puntos del mundo a celebrar el cumpleaños de Hugo. Solo él puede hacer algo así. Después de bebernos casi todo, el autobús nos dejó a las puertas de un club al que iríamos después. Antes acabamos tomando pollo frito en uno de esos lugares cualquiera en los que cumplir este trámite cualquiera de la comida en este país donde este hecho carece de importancia. Un rato en un pub calentito comiendo pollo frito para llevar y unas pintas. Después teníamos entradas para un club en el que las actuaciones entre cómicas y rollo-cabaret divertían a un público mayoritariamente gay. Me empiezo a preguntar si este colectivo es el único capaz de divertirse en las ciudades. Y me lo pregunto seriamente. Mucha fauna variopinta: osos, escoceses sin nada debajo, seres enmascarados, personas sin género definido, transexuales y muchos españoles despistaos.
A Hugo le sacaron al escenario y una supuesta mujer en su Burka (Miss Bagdad) le tiró unos cuantos puñales. Después un duo ingenioso y con muy buena voz, cantaba canciones protesta detrás de gruesas capas de maquillaje y pelucón, al más puro estilo Liza Minelli. El espectáculo posterior de unos escoceses bailando sus danzas regionales con bastante poca gracia y con una especie de feriante con peluca de payaso casi en pelotas, ya bajó mucho el listón.
En cualquier caso, un lugar libre y curioso, donde experimentar y desparramar con unas copas poco cargadas pero bastante baratas para tratarse de Londres y de un lugar con espectáculo (un poco marciano, sí, pero espectáculo al fin y al cabo).
Después de ésto ya me fui a dormir. Hubo gente que se fue antes y otros que mucho después. Para mi fue suficiente.
El día siguiente transcurrió tranquilo después de un desayuno copioso en el que ya estaba todo el mundo. Pandilla incombustible donde las haya. Spitafields y Bricklane eran dos zonas desconocidas para mí. Deambulamos, paramos en tiendas de segunda mano, me probé abrigos antiguos de piel, cotilleamos puestos. Lars se compró unos zapatos, comimos en uno de esos lugares curiosos de mezcla entre modernidad y antro industrial. Un cool-hunter fotografió al guapísimo Lars, con su estilo caiga el frío que caiga. Mientras yo con el moquillo colgando y un abrigo de esos que te hacen parecer el logotipo de Michelín, miraba con orgullo de amiga. Qué guapos, qué modernos y qué animaos son esta pandilla!.
Tras más paseo, un poco de metro y recogida de maletas, nos dirigimos a Victoria a coger el Gatwick Express hacia el aeropuerto. Antes una foto desde lo alto mostraba al grupo venido desde España. Un éxito de fin de semana. Una maravilla de pandilla.
Creo que me puedo permitir un poco de vagancia, verdad?.
servido por Honey
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21 Noviembre 2010
Sigo en la misma tónica. Un no parar divertido y estimulante.
Un fin de semana que contenía cena con antiguos compañeros de estudios, boda de amiga de colegio, comida de cumpleaños y Club de Lectura. Una rueda de actividades ininterrumpidas entre las que introduje, una visita a la peluquería. Lugar de abducción en el que uno entra y nunca sabe cuando va a salir, aunque salga mucho más sabia, después de haber leído todos los "Holas", "Lecturas" y demás publicaciones de pelaje similar.
El viernes comenzaba con una reunión de tíos. Con mi vestido y mis botas mosquetero entraba en un bar un poco rancio, en el que mis compañeros, todos tíos, esperaban para tomar canapés y cervezas. Mas adelante llegó Ana, otra compañera que acompañó mi representación femenina con su no parar de hablar y marcha incombustible a pesar de su maternidad.
La boda del sábado fue de reencuentros. Amigas de la infancia y adolescencia, como quien dice. Años sin verlas. Mucho por hablar. Eso no impidió que días antes simplemente habláramos de qué nos íbamos a poner. Años sabiendo casi nada de nosotras y simplemente hablando de trapos y abalorios. Surrealista. Simbología de estas amistades que se fraguan en la infancia. Que se retoman con años de por medio. Después de bodas, de hijos y de divorcios. Incluso de segundas bodas. Y yo todavía en el camino de ida, cuando otros han ido, vuelto y hecho circunvalaciones. Es curioso como el cariño de los días de cole, se mantiene y permite retomarse con total naturalidad.
Junto a cariños aparecieron odios. La peor persona con la que me he cruzado hasta la fecha. Un cabronazo en toda regla y su mujer japonesa. La pobre, espero que el idioma le de otro color. Ni un saludo. Le negué el saludo, como prácticamente intento negar su memoria indeseable. Me removió un poco. Mañana estará olvidado.
Ahora tengo un holandés errante que me propone fines de semana románticos en Florencia desde Hong-Kong. Me alegra las semanas, aunque resulte tan difícil de ver. Tan claro, tan natural, tan guapérrimo. Finalmente será un fin de semana romántico en Amsterdam, ciudad sustanciosa de relleno del pan de Londres. Entre Londres y Londres, un jamoncito de jabugo holandés. Can´t wait!.
Hoy domingo hemos tenido otra tradicional comida en casa de Blanche. Esta vez ha sido marmitako. Y, como siempre, nos hemos relamido. Le ha gustado mucho su regalo. Me alegro de haber conseguido que lo tenga, que pueda estar online más a menudo. Aunque la organización de estas cosas siempre te deja algún sabor agridulce. Me he dado una sesión de niños, que siempre viene bien para luego retomar la paz con mejor conocimiento y aprovechamiento de la causa.
El finde terminó con Club de Lectura, con comentarios del libro de Patti Smith "Eramos unos niños" que nos ha encantado. Esa amistad pura, de cristal transparente. En la que el cariño supera el entendimiento. El amor en mayúsculas que no entiende ni de sexo ni de condición. Algo que todos entendemos, aunque pareciera dificil de comprender. Totalmente inspirador. Gente en búsqueda constante. En crecimiento al ritmo de órdago. Capaces de jugarse la vida por su arte, por su esencia, por su convicción. Ávidos de experiencias y vida. Pero ella es así, cuanto más se consume de ella antes se acaba, antes termina su voracidad y agota su permanencia. El amor permanece. Y la elegía a Mapplethorpe, plasmada en este libro interesante e inspirador.
Esta semana comienza con eventos de trabajo y un gran plan para un nuevo capítulo: La Pandilla Maravilla en London.
Seguimos en acción.
servido por Honey
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14 Noviembre 2010
Mi vida es una tómbola, llena de actividades y eventos.
Aparte de trabajar y bailar, esta semana ha estado repleta de actividades y buenas noticias. Como parte de mis actividades culturales habituales, el jueves fui al teatro. Llegué a todo correr, como siempre. Para los que no entendáis por qué llego tantas veces tarde, os diré que el simil de los dos elefantes en un seiscientos, es bastante representativo de mi forma de gestionar la variedad de actividades que me interesan, sin perder por ello mis rutinas necesarias para el mantenimiento óptimo de determinadas necesidades burguesas.
Y es que, antes de ir al teatro, tuve que llegar a casa sorteando el habitual atasco de la carretera de La Coruña, aparcar el coche en mi aparcamiento, para no tener que cargar con él por esta ciudad cómoda, fácil y llena de sitios para aparcar y, como actividad prosaica de mantenimiento básico, llegar a casa poner una lavadora previo cambio de sábanas. Y es que los viernes vienen unos duendes maravillosos que me planchan y me mantienen la casa como los chorros del oro. Si no llega a ser por esos duendes...
Así que llegué al teatro por los pelos y con la lengua fuera. Me senté dentro de esa Abadía de ambiente recogido y teatral incluso sin obra y me dispuse a disfrutar de una de esas veladas mágicas que el teatro depara cuando se encienden las luces y los actores están al alcance de la mano. La obra nada complaciente; "El mal de la juventud", de Bruckner. Una representación del existencialismo de entre-guerras. Donde el sinsentido, el nihilismo, el sexo como destrucción más que como construcción de algo, y la sinrazón de personas inteligentes a la deriva en un clima en el que nada importa, te hacen quedarte con ese mal cuerpo del entendimiento de sensaciones nada ajenas pero siempre rechazadas por la cordura. Rechazadas por la negación del que percibe, de forma práctica y racional, que ese sumergirse en pasiones y experiencias oscuras no lleva a ningún lugar más que a la muerte. A la física o a la emocional. Para meterse en un torbellino de cavernas tortuosas, en la que uno vaga a la deriva, sin dirección y sin voluntad. Seres desperdiciados por una coyuntura marcada por la guerra. Porque quien vive una guerra corre el peligro de relativizarse hasta morir. De entregarse a un hedonismo absurdo o a un conservacionismo triste que no casa bien con la juventud enérgica y vital. Y ese es el peligro. La juventud como enfermedad. En determinadas épocas, la juventud acelera determinados males. En otras es un bien preciado que agudiza determinados bienes. La juventud es una lupa, un amplificador, un coche con excesiva potencia, para circular en vías en las que se requiere contención y reflexión. Aunque, en determinadas épocas, la reflexión exacerbada de la juventud, puedan conducir al sinsentido, al nihilismo y al suicidio.
Actores estupendos, en una obra nada complaciente, que hay que ver de forma sensorial, como quien ve una estampa en movimiento de arquetipos sintiendo por los cuatro costados. No deja buen cuerpo, pero para eso ya está Walt Disney.
Estando en esas, nos llega un mensaje de la novia de mi hermano. Ha ganado su primer premio de arquitectura. Años de esfuerzos que continuarán a próximos años de esfuerzos. Creyendo en lo que hace, no sucumbiendo al adosado, ni a la cuenta ajena. Manteniendo su idealismo en una habitación sin ventanas de la calle Amor de Dios. Soñando con que ésto sea un punto de inflexión que traiga más éxitos en el futuro. O al menos, permita seguir creando y comiendo a la vez. Salimos corriendo del teatro y nos fuimos a donde había sido la entrega de premios. Un premio inesperado contra todo pronóstico. Una fiesta fashion con cóctel y cantante en plan diva de la modernidad. Gente guapa. Nosotros los más felices del lugar. Eso sí, a los canapés llegamos tarde.
El viernes tenía otra fiesta, aniversario de un bar de Madrid. La pandilla maravilla al completo y otro cóctel, otro envolvente jazz en el saxofón de Alex, y luego soul en otro grupo de amistades aledañas de esta red en la que Hugo hace de maestro de ceremonias. Con su sombrero de copa, dirige una orquesta de amistades, conocidos y simpatizantes, siempre con el cariño del que da y del que transmite un entusiasmo contagioso. Con él, la noche madrileña solo la para el cansancio. Siempre hay buenos planes. Si fuera millonaria, jamás podría sucumbir al aburrimiento, eso seguro.
Ayer fue día de campo y relax. No dormí lo suficiente, pero pude ir a mi reducto de aire fresco. La montaña al fondo, los árboles amarillos y naranjas. El monasterio de El Escorial, como testigo del paso del tiempo y de las estaciones. Y nosotros caminando, por un camino solitario de tierra, vegetación y vacas. Interrumpiendo lo justo su pacer, su criar de terneros de alpaca y algodón. Y el aire estaba fresco y limpio. Y la ciudad quedaba atrás. En Peralejo olía a chimenea y a invierno. A setas y a horno de asar. Capturando energía de la tierra, del campo, de lo natural. Energía necesaria para agotarla en esta vida urbanita intensa e interesante.
Y a la vuelta otro teatro. Esta vez, Josep María Pou haciendo de Orson Welles. Un actorazo. Un petardo de monólogo. Casi sucumbo al agotamiento de esta actividad incesante.
Al llegar a casa leo un rato el libro de Patti Smith "Eramos unos niños". Es la última propuesta del Club de Lectura. Me está gustando. Muy interesante ver una época neoyorkina imparable y caótica. Comparado con ella, la mía parece una balsa de aceite.
Hoy me he levantado con catarro.
servido por Honey
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7 Noviembre 2010
El fin de semana comenzaba con un concierto de Dianne Reeves, esta diva del jazz cuya voz podría abrir montañas, separar mares y hacer que el cielo se cayera en una tormenta. Todo poderío, ante una audiencia entregada a sus guiños e improvisaciones. A sus historias y a su música poderosa.
Minimizada en un asiento gigante, luchaba contra el sueño y contra el típico dolor de cabeza proveniente de mi cuello jirafil. A veces, el escenario y sus luces que lo transformaban en cielo estrellado o en club de jazz de los setenta, me hacia sumergirme en un estado onírico que solo levantaba alguna nota potente directa de esa fabulosa caja torácica. Eché en falta alguna canción-nana, de esas que me hubieran llevado directamente a los brazos de Morfeo, de esas que me hubieran hecho soñar de forma afable y en colores pastel.
Porque Dianne no es que tenga voz, es que tiene en su garganta un altavoz que se tragó allá por su infancia. Un altavoz que creció con ella a base de vida y canciones. Como alimentándose de esa energía negra que transmiten este tipo de divas nada divas. Con una chaqueta al más puro estilo Michelle Obama, su cara guapa y expresiva se quedaba con la galería.
Abandonó la canción. Las letras dejaron de ser nada para convertir su voz en un instrumento. Sin cargar con él en ninguna caja de madera, ni ninguna funda que no sea su propio cuerpo. Porque lo que Dianne hizo el viernes no fue cantar canciones, fue tocar canciones con unas cuerdas vocales que le empiezan en la punta de los pies y terminan en el último pelo negro alisado de su cabeza, configurando un instrumento poderoso al que la semántica de las palabras parece no necesitar.
Pero Dianne, a mí me gustan las canciones al oído. Las canciones de terciopelo que, de pronto, se convierten en un colofón poderoso. Y me gustan lo que dicen, lo que cuentan y cómo. Y tus notas preciosas en un tarareo particular me gustan como acompañamiento de las guitarras. Como el stradivarius de un terceto magistral. Pero esa, para mí no es tu función. Te queremos contándonos cuentos, cantando amores y desamores, rogando a Dios. Te queremos queriendo a tus afectos, dramatizando el dolor como ese cante flamenco al que hiciste referencia. Y yo quiero terciopelo y miel. Brisa y no solo viento huracanado. Porque tengo sueño, y a veces frío. Porque necesito que me arropes y que me cuentes lo que una vez te pasó. Despacito y con cariño.
Dianna es poderosa como el viento, como el sol, como el fuego. Es una fuerza de la naturaleza que si se desborda, parece que va a caer el cielo sobre nuestras cabezas. Y esa fuerza ha de controlarla, porque si no da miedo y provoca emociones más intensas de las que el relajo puede permitir.
¿O será que quieres despertarnos?.
Ayer volví a un concierto. De una sala perfecta y oficial, a un cuartito trastero de casa de verano. Con los restos de cada casa de vacaciones, la sala Zanzíbar aparecía con el toque simpático de un chiringuito de verano invernal. Destartalada, con unos colores imposibles, entre quirófano y sala de dentista, entre sillas de restos de colección y el león del paseo de tarzán en el parque de atracciones.
Ya allí estaba Felicia y su nuevo Milkyway, con sus preciosas canciones, mitad country, mitad blues y su preciosa voz aguda y clara. Y su sonrisa y actitud. Conociéndola poco ya me gusta. Alguna conversación nos habrá acercado, a pesar de la diferencia de voz.
Y entre voces e instrumentos he pasado el fin de semana. Rodeada de amigos, de los que traspasan y de los que se quedan en la frontera, de los que trasnochan y de los que no. De los que tienen niños y de los que dudan si merecería la pena contribuir a la superpoblación.
Cada uno con su idiosincrasia, sus circunstancias y sus ganas de vivir.
Cada uno a su manera, como diría Frank Sinatra.
servido por Honey
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1 Septiembre 2010
Madrid se ha llenado. Ella que estaba relajada, con la casa a medio limpiar, a medio recoger, con las ventanas abiertas y la cama deshecha. Ha tenido que ponerse a tono de repente. Porque todo el mundo ha vuelto. Pletóricos de energía los coches invaden el asfalto. Pasado y repasado una y otra vez. Caliente y malhumorado.
Y volvieron las carreras y los atascos. Los proyectos importantísimos que, de pronto, pasaron a segundo plano porque era agosto. Y este país se medio para. Yo diría que este año se ha parado entero. El agosto más tranquilo vivido jamás. Los ejecutivos yonkies del trabajo, se han dado por vencidos, extenuados ante tanto proyecto marchito, ante tanta crisis de la que no salimos ni yendo al cine. Así que han decidido desaparecer.
Y yo que me quedo al pie del cañón, guardando el chiringuito, este año he vivido con un aburrimiento supino, a veces muy agradable. La mejor parte, el conservar energías para cualquier otra actividad. El conducir tranquila para coger confianza. Los planes de por la tarde, la vida a medio gas. Las escapadas de fin de semana a tomar energías al mar. Para llenarme de brisa y de luna. Para mirar las estrellas y conectar con mi yo sensorial.
Pero ahora estamos aquí todos. Llegan morenos y sonrientes. Un poco descolocados. Preguntándote que qué tal las vacaciones, porque en este país todavía es inconcebible que no te las hayas tomado en el mes de agosto. Y piensas, que nada será tan importante si puede esperar un mes. Pero pasado mañana estarán de nuevo como si la vida les fuera en ello. Y apretarán las tuercas y las energías. Y perderán la paz, el moreno y la sonrisa. Una semana, como máximo les durará una semana su paz interior.
Y ajena vivo las vueltas desde el mismo sitio. Desde donde estaba cuando comenzó la diáspora veraniega. Como espectadora de idas y venidas desde un estado inalterado. Vuelven renovados y se sienten distintos los infelices.
Yo reiré la última. En unas semanas me marcharé a la costa oeste de Estados Unidos. El agosto es el peaje a estos viajes alucinantes que me meto. Mientras pueda seguiré haciéndolo, aunque es cierto que el descanso mental de los viajes, el enriquecimiento personal, muchas veces no viene complementado por el descanso.
Esa desconexión con la que vuelven los que se van mínimo tres semanas. Con esa cara de despiste tan divertida. Una cara más simpática e inocente de la que mañana tendrán, cuando el ritmo vuelva a sus espaldas y ansiedades. Yo hace siglos que cambié esas desconexiones por otras conexiones más exóticas.
Todos de vuelta, yo de ida
Entre medias he vuelto al mercado. A cotizar en una de esas webs de búsqueda de pareja en las que ya estuve antes. Por cotillear un poco. Por ampliar círculos. Por dar una última oportunidad al amor. Pero vuelvo a necesitar una secretaria para gestionar contactos y correos. Un trabajo de directora de casting malvada que puede llegar a resultar agotador. Porque hay que echar mano de la intuición y de la inteligencia. Y de una paciencia infinita. Y no estar de vuelta en esto tampoco.
Modo "de ida" ON.
servido por Honey
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26 Agosto 2010
Esta semana he vuelto a bailar, o a intentar hacerlo. Es un gusto sentir el cuerpo de nuevo, aunque sea a costa de forzarlo un poco. O un mucho, dada la coreografía excesivamente difícil y permanentemente a ras de un suelo que provoca moratones y excelsas agujetas.
Pero el baile me da energía y aunque dolorida y machacada, curiosamente por la mañana tengo más ganas de currar y por la noche más ganas de darme una ducha después de la paliza para salir a tomar algo.
Y a cenar quedé el martes con mis amigas. Sofia estaba un día aquí dispuesta a aprovecharlo. Mamá perfecta en Alemania y amiga perfecta en cualquier lugar, venía dispuesta a quemar Madrid. Y a juzgar por las horas que le dieron, seguro lo quemó. Y digo seguro, porque yo me retiré a tiempo. A tiempo de no quemar todas mis naves, para estar viva al día siguiente. Las dejé - a Ro y a ella- a las puertas del templo del swing. A las de ese templo a la que fui adicta y parroquiana durante mucho tiempo, pero que mi cuerpo molido y mis perspectivas del día siguiente no quisieron penetrar.
Y allí quedó el saxofonista - figura omnipresente en este blog, últimamente- que casualmente estaba tocando por allí, y otra fauna, que debió de ser muy interesante dado que la marcha acabó en desayuno a horas tempranas del día siguiente. Y todavía estoy esperando el parte, que solicito urgentemente desde aquí.
Antes cenamos y arreglamos un poco el mundo. Nuestro pequeño gran mundo particular. Y hablamos de la vida, de la evolución de las ilusiones con la edad, de hijos, de parejas estables y de parejas inexistentes. También de belleza y toallas. Sí, las toallas tuvieron un lugar predominante en la conversación. Contra todo pronóstico, se convirtieron en símbolo de previsión, generosidad o exageración. De todo hubo, en un restaurante al que no creo que volvamos porque yo me quedé con más hambre que Tarzán. En el que el decorado tomaba un lugar predominante, junto a la escasez de las raciones y la lentitud del servicio, a pesar de que nuestra mesa estaba casi en la cocina.
Y sacamos a relucir nuestras preocupaciones, nuestros momentos vitales y nuestra capacidad de reír. Y hablamos de todo como siempre, pero con más edad. Con percepciones que evolucionan de forma natural y coherente con cada una. Porque somos las mismas y somos diferentes. Gracias a Dios. Mantener esencias y evolucionar supongo que es la base para madurar de forma positiva, sin solo hacerte vieja. Porque estancarse no es bueno y renunciar a quien se es tampoco. Y por eso estos ratos se convierten en referencia y contraste.
Porque son ese camino que se anda y, a veces, se bordea. Que se junta y, a veces se separa. Pero que siempre hay que tener a la vista. Para tenerlo de referencia. Como las viejas fotos, tu habitación de pequeña o aquella canción que te transporta en el tiempo como la magdalena de Proust.
servido por Honey
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