Publicidad:
Terra
La Coctelera

Señorita Honeychurch

Como alguien que toca el piano con tanta pasión puede llevar una vida tan monótona (reverendo Beebe en "A room with a view")

Categoría: Buscando viejos amigos - old friends

18 Diciembre 2011

Todas las Martas

Llevo una temporada con las Martas revueltas. Mis distintas facetas se me revuelven y entremezclan hasta provocar un permanente desacierto. La ejecutiva se muestra sensible y le tiembla la voz cuando regaña, la bailarina tendrá que llevar plantillas y la que escribe crea frases desafortunadas.

Y es que llevo una racha revuelta, en la que no encuentro confort en mi interior, y eso que escribo en un día luminoso, por fin tranquila en casa, después de otra semana programada de principio a fin. El sol entra por la ventana y me he despertado con una sonrisa después de un reencuentro con un amigo del colegio. Pasados casi 25 años. Ayer tenía el día guapo, por fuera y por dentro. Y escuché e intenté atar cabos y tuve la cita más surrealista del planeta, con un hombre y su perro. Al perro le caí bien y el hombre, en mitad de mi confusión, me dio un beso de despedida. Qué edades complicadas habitamos.

Intento recolocarme, no pedir peras al olmo y resituar a cada uno en su sitio. Porque siempre he sido polifacética y he sabido encontrar sustento en cada cual. He sabido valorar lo que cada amigo me aporta, cada situación me enriquece y así me he ido haciendo más sabia y tolerante. Pero, de pronto, solo veo mi ignorancia, lo que la gente no tiene en lugar de lo que da, las carencias en lugar de las aportaciones. Veo agujeros y huecos insalvables. Incomunicación y apatía. Y entiendo que ha de ser el punto de visión, porque la realidad será la misma. Como girando el caleidoscopio me hallo. Intentando ver los colores y las nuevas formas. Lo que llena y no lo que vacía. Lo bueno que se descubrió y no lo malo por descubrir.

Supongo que cuando me ponen contra las cuerdas, reacciono mal. La presión no me ayuda. Meses de altas exigencias profesionales y personales me pasan factura y me dejan lánguida, átona, viendo negro lo que siempre fue azul, rojo o amarillo. Monocroma y sin luz.

Ahora voy a darme un respiro, a sentir el aire y el sol. Ser más condescendiente conmigo misma. Siempre me han dicho que me meto mucha caña. Excesiva para mi sensibilidad. Y es que esta dualidad fuerte y sensible va a acabar conmigo. Aceptaré que yo tampoco puedo con todo. Porque cuando la balanza se inclina, hay que poner contrapesos en el otro lado para que vuelva al paralelo. Y así estoy yo rebalanceando y contrapesando mi propia naturaleza. Soy particular, qué le vamos a hacer. Y si aplazar implica un riesgo, no tendré más remedio que asumirlo, porque no puedo con todo.

Deshaciendo los nudos de mi espalda y mi cuello. Intentando no dar importancia a tratamientos injustos y casi despiadados, y mirando hacia delante. Sabiendo que soy luminosa, inteligente y sensible. Y esperando ser más hábil para sacar algo en claro de la ecuación.

Intentaré disfrutar de todas las Martas, ponerlas en fila india, y hacerlas desfilar vestidas de rojo, bailando al son de un buen jazz.

servido por Honey 4 comentarios compártelo

22 Noviembre 2009

Apariciones

Dejé de verlo cuando era una cría, hace igual 25 años. Tenía barba rojiza y una actitud risueña y divertida. Les recuerdo en pareja, saliendo de un dos caballos para ir a comer a un restaurante en Peguerinos. Al más puro estilo "Cuéntame", rollo un poco progre, puesto que los dos pertenecían al partido comunista. Ibamos al restaurante de "las Pilis", no  porque la dueña se llamase así y su hija también, sino porque tenían una gata que daba nombre al restaurante que pululaba por todas partes. Ahora sería considerado antihigiénico probablemente.

En uno de mis últimos cumpleaños que compartí con él,  me regalaron un coche de cuerda descapotable, como de latón, que andaba solo mientras una pareja giraba la cabeza como saludando en plan realeza de paseo.

Después vino su divorcio y su desaparición sin saber muy bien por qué. Mi tío y su barba roja y su risa, desaparecieron de mi vida para siempre. Mi tía se quedó tocada. Creo que para siempre. Intuyo que fue su gran amor, aunque tampoco parece muy dificil de adivinar. Para mi abuela, de la Andalucía más profunda, lo de comunista y, sobre todo, lo de pelirrojo siempre fue mal fario. Y lo del divorcio le pareció una tragedia anunciada solo por su color capilar.

A mi siempre me gustó. Siempre me transmitió energía y alegría. Ahora, que yo soy mayor que cuando él desapareció, me doy cuenta de lo jóvenes que eran por entonces. Me pregunto si no se divorciaron también por progres, porque eran de los primeros en poder usar esa modernez legal.

Después desapareció de mi vida. Solo supe de él de forma esporádica, por una tía a la que le costaba hablar de él, porque yo creo que le escocía su nombre. También supe de él cuando ella murió, porque quiso venir y no le dejamos ver su agonía. Porque no merecía la pena borrar una imagen lozana y feliz y quedarse con una triste y dolorosa. Y nos dijo que siempre la quiso. Que probablemente se equivocó. Que igual podrían haberlo arreglado de una forma diferente. Nunca sabré si es verdad. Probablemente él tampoco.

Pero no lo había vuelto a ver. Hasta el otro día. Un sábado como otro cualquiera, de esos de paseo por el monte y comilona posterior, me dejó en estado de shock.  Mi ex-tío apareció de repente. Con veinticinco años de más y sin barba. Con una hija que no era de mi tía y con su sonrisa perenne.

Y él nos reconoció. Y estuvo tan cariñoso como lo recordaba. Y yo no sabía qué más decir, ni qué sentir. Pero me gustó. Aunque vive en Bruselas apareció como de la nada. Para reencontrarnos.

Y cuando se fue, me entraron unas ganas de llorar incontenibles. Y se me escaparon las lágrimas; por ella, por el pasado, por el amor, por el desamor, y porque el cariño es imborrable con los años. Y todavía lloro cuando me acuerdo. Será que vuelvo a ser niña cuando me acuerdo. Y ya hace mucho tiempo.

servido por Honey 4 comentarios compártelo

14 Septiembre 2009

Spoilt (Malcriada)

Dicen que los neoyorkinos son los seres más caprichosos del planeta, porque siempre encuentran lo que desean a la vuelta de la esquina. Cuando pasas por allí y te quedas, aunque sea unos días, empiezas a entender las razones. A golpe de tarjeta de crédito, uno puede conseguir cualquier cosa en Nueva York. Esto convierte a los neoyorkinos en seres que consideran que todo es posible a los que resulta dificil  de concebir que algo no se pueda conseguir.

Para vivir Nueva York hay que ser rico. Es cierto que no hace falta ser rico para vivir, pero es que ser pobre debe de ser como poner a un crío en medio de una tienda de golosinas sin darle la paga semanal. Los dientes se ponen largos si uno no puede ir a cenar a un sitio bonito, tomarse una copichuela con glamour, escucharse un concierto de jazz o asistir al Met a una Opera o un ballet.

Y así he estado yo esta semana, completamente malcriada en una ciudad que es atractiva y seguramente agotadora a partes iguales.

La primera parte de mi viaje, un fin de semana largo acompañada de mi querida Skyller, transcurrió entre paseos, conversaciones largas arreglando al mundo y a los hombres, y la superación de un jet-lag agravado por el calor húmedo de Nueva York cuando se pone pesado. Sky, se vino conmigo al hotel. Un hotelito bastante mono muy cerca de la New York Library, una biblioteca maravillosa abierta al público, donde casi se casa Carrie en Sexo en Nueva York y yo casi escribo un post en directo sino llega a ser por un programa malévolo que me rechazó las claves por ser un poco tarde.

El primer día paseamos Nueva York, de Bryant Park -patas arriba por la instalación de las carpas de la Fashion Week- a Times Square, de Union Square y su Farmer´s Market a la librería Strand donde Skyller me recomendó varios libros para llevarme. Adoro las librerías y parar a comer en un tailandés. Adoro que me dejen colarme en los autobuses con esa especie de camaradería entre los negros que me ha parecido percibir y de la cual he sido beneficiada varias veces. Porque mi Sky es negra del sur, y todo lo arregla con un "honey", un "darling" o un "sweety". Así consigue que me dejen colarme en el autobús porque no tengo suelto, me revisen el dinero de la tarjeta del metro y nos hagan un book fotográfico mientras posamos como modelos echándonos unas risas. Claro, que no hay más que ver su sonrisa para que te ponga de buen humor y eso se transmite. Nos reimos de todo, del fotógrafo profesional que nos hace una foto que solo saca el suelo, de la noche en la calle a las puertas del Metropolitan mientras una pantalla gigante retransmitía una opera que no pudimos escuchar porque siempre teníamos algo que decir, de la pareja que quería quitarnos nuestras "cup-cakes" que parecían atraer a cuanto viandante veía la caja.

El domingo nos embarcamos a Liberty Island, a ver a Miss Liberty recién abierta al público de nuevo,  y a Ellis Island a ver el lugar de llegada de los inmigrantes donde hay un museo y Sky estuvo buscando a sus antecesores. Un día muy agradable que terminó con un paseo hacia Wall Street, donde me comí mi primer "New York Dirty Hot Dog" y toreé con mi pañuelo multiusos al toro de Wall Street ante el estupor de todos los viandantes. Por la noche cena en West Village y música de R&B en Groove, ya en Greenwich.

El lunes un poco de Metropolitan Museum para ver belleza que siempre reconforta y comida en Amy Ruth's en Harlem para probar la comida "ligera" del sur. Para bajarla, nada como un buen paseo por Central Park.

La segunda parte de mi viaje, siguió malcriándome de forma repetida. Aunque ahora tenía que trabajar, tener mil reuniones en un día y tener que guardar un poco esas formas ya perdidas durante el fin de semana, me trataron como a una princess. Entre ser transportada en coches gigantescos, cenas en sitios fashion, que si en el Meatpacking District, que si una brasserie japonesa en el Village, que si un super-chuletón... Saqué unos cuantos modelitos y me reí como loca ante la reacción de mi jefe al comer tofu y soba fríos ante el maitre más snob del sitio de moda más lleno de fashionistas en que he puesto los pies. Un vasco con hambre indignado con un menú de 85 dólares que terminó con pasta fría y una risa contenida de un camarero mexicano al que por fin alguien decía la verdad.

Reuniones con mil personajes variopintos, desde frikis de los números a ricachones con yate en Porto Cervo que se rien de nuestro nivel de inversión diciendo que es más baja que la de su mujer. De personajes con tics nerviosos a un australiano maorí relegado al mal tiempo de Boston por estar casado con una patinadora sobre hielo. Historias variadas, historias de gente, historias de altos de bajos, de ruinas y de éxitos que se perciben en días eternos de ocho reuniones en un día.

Tras el paso por Connecticut, cogemos el tren a Boston, donde nos espera un día lluvioso y un chuletón gigante. El día siguiente tras el enésimo madrugón y las enésimas reuniones quedo con un amigo.

Un amigo que me sigue malcriando, llevándome a cenar y de copas por la ciudad hasta que ésta se deja, hasta que cierran todos los sitios y nos echan a casa. Lloviendo, vamos andando hasta mi hotel, en un día turbio pero claro, cómodo a la vez que tenso. Finito pero con ganas de que fuera inagotable.

Y mandé un mensaje de órdago que no tuvo respuesta. En esta época en la que me encuentro en la que ya no me asusta exponerme y me lanzo al vacío. Pero respetando los espacios. Esos espacios cortos que a veces parecen tan lejanos y otras parecen desaparecer en un instante.

Y al día siguiente todo fueron paseos bajo la lluvia. Y vi el 80% de Boston, bajo un enorme paraguas de doble capa; negro y plata. Plata como el color del día, como el color de la bahía llena de gaviotas gigantescas.

  

  

servido por Honey 2 comentarios compártelo

2 Julio 2009

Reencuentros

Escribo ahora mismo, reencontrada con un catarro de verano de los que hace mucho no me cogía, sobre reencuentros y despedidas.

Volvió mi Maitexu, en una visita express muy bien aprovechada. Dice que mi casa le da paz y creo que debe ser porque apenas dejo que la pise, envuelta en una vorágine de planes y paseos madrileños. Tuvimos una velada especial, con la aparición de Calamarita en la pantalla de mi portero automático. Intentamos arreglar el mundo. Y si alguien lo hizo fue ella, la pipiola rajaba y rajaba mientras las senior nos la comíamos con los ojos mientras comíamos un trozo de pizza. Velada especial que a punto estuvimos de prolongar hasta el infinito a pesar de tener un fiestón en unas terrazas en una azotea de la calle Arenal. Más madrileño imposible. Con el reloj de la Puerta del Sol asomando, iban pasando un sin fin de representaciones de tatuajes (amor de madre, Gun's & Roses, Love& Heat, Antonio...) en una de estas fiestas geniales y estrambóticas llena de gente libre.

El jueves el reencuentro había sido en la Fiesta Coctelera, con mi Nick, mi Gonci, mis queridas Lucía y María y algunas nuevas adquisiciones, Marilia, Ryu, el amigo guapo de María cuyo blog no recuerdo, Blat y otros cuyos blogs no leo, porque últimamente estoy muy dejada en esto de leer. Me encanta verlos. Me llenan de energía. Me hacen ubicarme con perspectiva y ver lo que tengo en común con gente con la que aparentemente no me une nada. Y pensando y pensando, creo que lo que tenemos en común es la fantasía. Sí, esa especie de búsqueda infantil y esencial sobre la vida. Ese intento de mostrarnos y comunicarnos con nuestros semejantes. Porque va a ser que nuestros semejantes nos interesan. Un ego un poco quebradizo o muy solvente, que en función del viento que tome la vida se infla o desinfla buscando aliento.

Así que ante el rumor de la muerte de Michael Jackson se originó un revuelo buscando confirmación. Confirmación que no tuve hasta el día siguiente. Y lloré a otro personaje infantil buscando fantasía. Me acordé de mi colección de Superpops llenos de fotos y de las coreos que me sabía de sus vídeos. Siempre pensé que era un poco friki - eran los 80 y no había negros en España, porque Michael todavía lo era, además yo iba a un colegio muy pijo - y ahora me he dado cuenta de que supe apreciar la genialidad. Qué penita. Hoy me ha escrito una amiga de la infancia, que se ha estado acordando de mí a cuenta de lo superfan que yo era. Así que Michael está siendo estos días un reencuentro y una despedida al mismo tiempo.

El domingo estuve en Paris, y en Trocadero no había más que Michaels bailando Billy Jean con la Torre Eiffel al fondo. Tengo unos cuantos videos que no pude dejar de grabar. Paris, otro reencuentro.

Paris me dio cuatro meses de belleza y frialdad, de paseos y escapadas agresivas. Me dio noches de bengalas en el Pont des Arts y dias enteros absorbida por las maravillas del Louvre. Me dio amigos italianos bohemios y me permitió conocer al senegalés más elegante de la Defénse. Esta vez Paris me devolvió a Yumi. Una nota en la recepción del hotel, me avisaba de una cena a las 20.00 en el Café Marly, un restaurante que está en el Louvre. Allí nos reencontramos ella, Cristina- una italiana que conocimos también en la misma época- y yo. No paraba de mirarme y reirse. Sé que me vio hiperactiva, porque soy así y no paraba de hablar. Mezcla de inglés y francés, porque yo hacía siglos que no hablaba francés y Cristina siglos que no hablaba inglés. Así que hicimos una mezcla curiosa, un esperanto de andar por casa que de vez en cuanto metía una palabra española como "merengue" que inmediatamente entendía la italiana.

Paseamos, nos contamos nuestras vidas y llegamos al Pont des Arts, mi lugar favorito, uno de los más románticos de Paris. Demasiada gente piensa lo mismo que yo, por eso estaba lleno de jóvenes con guitarras, parejas dándose el lote y botellones elegantes. Yumi, vive cerca de Shinjuku, trabaja en un banco y está requetesoltera. Totalmente compatible conmigo y mi vida. Quedamos en que yo tengo que volver a Tokio y ella a Madrid o la casa de la playa. La pregunté si sigue viajando con una minimochila y me dijo que sí, que lleva muy poco equipaje. A ver si me da unas clasecitas. Le dije que había escrito sobre ella en mi blog y sobre como nos conocimos una vez fue capaz de salir de la ducha compartida con turbante y todo, tras una hora de afeites. Se reia sin parar. Me dice que parezco más energética todavía que antes, que ya es decir.

Y así transcurrió una velada de reencuentros con una ciudad de ensueño que estaba contenta y veraniega, con un moonwalk masivo en Trocadero y con mi querida Yumi, mi japonesa del turbante en la cabeza y la maleta pequeña.

Al día siguiente, tras una noche de pelea con el edredón del hotel (dichoso invento alemán) y el aire acondicionado, me reencuentro con un trancazo de verano mientras abandono una ciudad que, lejos de escuchar a Edit Piaff, tiene a Thriller de banda sonora.

 

.

 

servido por Honey 4 comentarios compártelo

19 Enero 2008

Yo también fui inmigrante

Todos somos inmigrantes. Semejantes a los negros que vienen de Africa en las pateras, en su versión más cómoda. A los que cruzan la frontera mejicana de formas imposibles y a los que se embarcan en cáscaras de nuez.

Yo fui inmigrante en Alemania. Una inmigrante de lujo que convivía con el resto de los llegados en peor situación. Una inmigrante que aprendía un idioma enrevesado en poco tiempo, compartiendo historias de esfuerzo y guerras civiles, mientras atendía a su propio capricho de aventuras y aprendizaje.

Recién aterrizada en Dortmund, ciudad mediana en la Westfalia del Norte del Rhin, me apunté a unas clases gratuitas de alemán pagadas por el estado. Solo sabía decir mi nombre.

El primer día de clase, una sonrisa enorme en una boca llena de dientes blancos y nariz achatada de un joven polinesio se dirigió hacia mí preguntando " Are you from Fidji?. I'm from Fidji too". Es curioso hasta donde la melancolía y la morriña pueden llegar a distorsionar la realidad. El "no, I'm from Spain" me sono a jarro de agua fría, a una vulgaridad inmensa exenta de todo exotismo tras la previa visualización de mi persona morena, con poca ropa y mil collares de flores. Pero el joven polinesio, sonriente y afable, siguió tan feliz en su pupitre de clase de alemán.

En esa misma clase, los croatas eran alumnos aventajados. Recién emigrados de un país en guerra, aprendían alemán con un acento impecable, que me hacían sentir de Fidji. Su rostro era sombrío y plano. Rostro de sufridor. Ahora Croacia es tierra de vacaciones. De agostos de atascos en bañador y alegría de mar.

Unas chicas griegas hablaban como cotorras en un idioma que sonaba a castañuelas y a barullo.

Muy lenta. Esa clase iba muy lenta para esta emigrante malcriada.

Cambié de tercio y busqué clases reducidas de pago. Fui a una escuela privada en el centro de la ciudad. Había que aprovechar los meses allí, y yo tenía sensación que aprendía más de oido que en las clases.

Esta vez la selección fue igual de exótica. Aunque solo éramos cuatro en la clase, era casi imposible la comunicación; un coreano con la mirada baja y la voz inexistente asistía a las clases desde su más allá interno e inexpugnable. No sabíamos a ciencia cierta si estaba allí, si entendía algo o si era su forma de estar acompañado varias horas a la semana. Había un chico del Zaire, negro como el betún y de cuerpo atlético y entendimiento evanescente. Tenía una novia alemana y yo me montaba películas sobre su conocimiento. La vería a ella, pálida y desgarbada, con una máquina de fotos enorme, fotografiando a un cuerpazo con falda, bailando danzas africanas. Cuando la profesora le hablaba, él no entendía nada y yo tenía que traducíselo en francés. Cuando ví que en vez de aprender alemán, mejoraba mi francés, decidí que era momento para volver a cambiar de clase.

El alumno aventajado de esta clase, era de Costa de Marfil. No recuerdo su nombre, pero me gustaría. Era encantador. De una negrura menos amenazante para el blanco nuclear alemán, veía en mi una especie de café con leche inexplicable. Llevaba ya años en Alemania y parecía que salía adelante trabajando. Extremadamente ordenado y aplicado se esforzaba por aprender un alemán con el que peleaba a cara de perro.
Cogíamos el metro juntos. Una tarde que había un partido de fútbol importante en Dortmund, se ofreció a acompañarme hasta casa en el metro. Por si había skins.... Yo no sabía como decirle que no. Que si había skins, el peligro para mi sería él. Ironías de la vida, mi protector sería mi diana.

Todavía hoy me pregunto por ellos, sobre como habrán resuelto su vida. Si hablarán un correcto alemán, o lo habrán dejado por imposible y vuelto a su tierra natal. Historias humanas que te tocan de refilón en apariencia y luego te dejan un efecto secundario mucho más profundo. El de la capacidad de entendimiento. El de la solidaridad con los luchadores.

Y alguien esta semana me los ha recordado

servido por Honey 11 comentarios compártelo

19 Mayo 2007

Sonrisa de ébano- Mohamed

Era alto, fuerte y muy negro. Tenía una sonrisa franca y blanca. Llevaba los trajes y camisas mejor planchados que he visto nunca y tenía el pelo rapado para dejar ver al completo unas gafas de miope.

Enseguida conectamos. Nos unía el sol, la claridad de países marítimos.

Paris rodeaba nuestro mundo de fuera. Como un decorado frío y lujoso, tenso y engreído. Un decorado de hielo al que derretir con nuestra complicidad y noches de amigos inesperados.

Mohamed era de Senegal y tenía el porte de un guerrero sobrenatural. Musulman practicante, no bebía una gota de alcohol aunque nos fuéramos juntos de cañas. Por fin segura, podía emborracharme sin cuidado; tenía alguien sobrio y fuerte para sujetarme.

Extraños en la ciudad de las artes, decidimos dar calor del sur a la diva insolente. Trabajábamos juntos, entre gente que apenas se daba los buenos días y competía como si de una carrera olímpica se tratase.

Decidimos dejar las oficinas de Neully y los muebles de diseño y perdernos por la Bastilla, buscando garitos de guitarras flamencas y sonidos hip-hoperos.

Piel de ébano, sonrisa de albaricoque. Así era Mohamed. Cálido yluminoso. Con un acento francés envolvente y empalagoso. Como los dátiles, como los dulces de leche.

Lo último que supe de él, fue que se marchó a trabajar a Estados Unidos justo cuando aconteció el terrible 11S. Y pensé en él. En su color de piel, en su religión, en su nombre y en la inoportunidad de su destino.

Quiero encontrarte Mohamed.

servido por Honey 8 comentarios compártelo

21 Enero 2007

Yumi

Nos conocimos en Francia, en Tours, en una de esas residencias de estudiantes cutres con baño compartido.
Envuelta en mi toalla, esperaba a que alguien saliera de la única ducha que estaba operativa. Afeites de Maria Antonieta pensé. Lleva una hora dentro de la ducha. ¿Quién será?

Al abrirse la puerta, apareció ella, una japonesa completamente vestida con un turbante en la cabeza. Era alta, con una carita redonda y agradable. Guapa. Puso cara de "sí, lo siento, soy pelín plasta". Yo no tuve más remedio que sonreir y meterme corriendo debajo del agua caliente.

Así fue como conocí a mi compañera de enfrente de pasillo, Yumi Sorimachi, una japonesa alta, con un pelo precioso y larguísimo. Sonriente y un poco tímida, pero hecha una trotamundos. Estaba dispuesta a quedarse por allí una temporada hasta vencer al francés, ese idioma tan difícil de pronunciar y más de escribir para un japonés de otro alfabeto.

Día tras día fuimos haciéndonos más amigas. Yo me fui y ella se quedó. Vino a Madrid a pasar unos días para conocer la ciudad. Eran tiempos en que vivía con mis padres y se vino a la casa familiar. Me chocó su equipaje. Una mini-mochila que parecía de juguete parecía ser el baúl de la Piquer de un mago misterioso. Limpísima y pulcra, iba siempre perfecta. Un misterio sin resolver para mí, hasta que un día vi en el radiador de su habitación una mini colada secándose. Primera lección para una futura viajera, para una Honeymaletas principiante.

Después nos volvimos a ver en Alemania. Yo me fui allí medio año y ella vino a visitarme. Después le perdí la pista. Un día me envió un correo electrónico que no he vuelto a encontrar.

Ahora estoy removiendo mis papelotes y cartas antiguas. Busco alguna que me escribiera desde una dirección de Kyoto, donde creo que vivían sus padres. A ella la dejé en Tokio, trabajando en un banco francés.

Planeo un viaje a Japón y me gustaría verte, Yumi!

servido por Honey 14 comentarios compártelo


Sobre mí

Avatar de Honey

Señorita Honeychurch

madrid, España
ver perfil »
contacto »
Soy la versión madrileña de Lucy Honeychurch, desde mi ventana veo un cuidado jardín, transito por las calles más exclusivas de mi ciudad y llevo una existencia "comme il faut"; trabajo en un lugar respetable, visto de forma respetable, pero...me "aburre" tanta contención: me rebelaré algún día?

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera