Categoría: A view of
31 Marzo 2012
Por fin en mi hogar. Dispuesta a entregarme a un día de relax. En un rato una clase de yoga, que por fin haga estirar y poner a prueba mi cuerpo encogido a base de aviones, horas de reuniones y tensión. Después iré a uno de esos lugares en los que te miman a base de afeites, masajes y aromas maravillosos. Es posible que si fuera hombre me fuera de putas, puesto que pago por estos mimos que nadie me otorga de gratis.
Tras café con amiga y unas pequeñas compras tengo un cumpleaños que me apetece mucho. Mi amigo Lars al que tengo un cariño especial; por majo, por cariñoso y por interesante. Y por acogerme en esta pandilla de gente estupenda e inquieta. Activa y optimista. Justo lo que necesito yo, que cada día me veo más extraña y poco al uso, alejándome de mi grupo tradicional, en el que encuentro poca química y comprensión.
Londres transcurrió como es esta ciudad. Excitante, llena de anécdotas y poniéndote siempre al filo de la navaja. Interesante ejercicio para promover reflexiones laborales. Como me hubiera gustado trabajar unos años aquí de jovenzuela. Porque para esta ciudad hay que ser joven y lleno de energías. Asumir que eres uno entre unos cuantos millones y que todo el mundo va a ignorar tu presencia con exquisita educación británica exasperante.
En el vuelo de ida tuve una anécdota graciosa. Nos encontramos con un viejo conocido de estos mundos financieros. Alguien con el que trabajamos de vez en cuando. Un aristócrata de muy alta cuna, cuyo nombre no quiero desvelar, porque ni soy imprudente ni quiero fomentar el cotilleo. El caso es que estaba agotado. Ultimo vuelo a Londres. Llegar tarde y listo para madrugar al día siguiente. Siempre es una paliza. El bromeaba diciendo que le habían mandado a un hotel deprimente en Canary Wharf, zona donde reside mucha de la banca de inversión que tan buena prensa tiene -ganada a pulso- . Qué menos mal que no se abrían las ventanas porque era para tirarse. Bromeaba diciendo que no sabía si dormir mejor en Buckingham, donde seguro le hacían hueco, riéndose de su propia condición de pura sangre, mencionando también a otra parentela de la alta alcurnia. Simpática anécdota de un tipo educadísimo que solo por su presencia dirías que se transparenta el color azul de la sangre de sus venas. Hablaba de los años que llevaba con su mujer, del agotamiento, del room-service, de la incapacidad de cenar en solitario, y del inicio de su calvicie. Todo con gran humor mientras yo le miraba divertida, antes de despedirnos con dos besos mientras se quejaba de que no le hubieran invitado a la conferencia a la que nosotros íbamos. Y es que el ir y venir a Londres crea una especie de club de los extenuados, que ni la sangre azul puede separar.
El día siguiente transcurrió como era de esperar; reunión tras reunión, bocatas variados en esa comida rápida inglesa en la que son maestros y que te llena el buche de un sin fin de porquerías cuyo contenido desconoces con exactitud. Un par de fallos hicieron el día más liviano. Pararon la sucesión de inversores en esa especie de speed dating de preguntas comprometidas.
Cuando terminó el evento, zapatillas de deporte y un gran paseo por Hyde Park, en un día maravilloso. Abandonando esa cárcel de oro en la que estábamos metidos. Sintiéndonos un poco más libres caminando por el cesped y no por los caminos estipulados, como si nos faltara oxígeno y nos dieran ganas de correr descalzos y medio desnudos. Partidos de fútbol, entrenamientos variados, adolescentes y universitarios pelando la pava recostados en ese césped frondoso a base de lluvias inglesas. Qué maravilla de parque. La puesta de sol sobre un estanque rodeado de árboles era preciosa. Justo un chiringuito hacía buscar una cerveza para disfrutarla como merecido descanso del guerrero. Pero cerraba a las siete de la tarde, extraños horarios éstos siempre incomprensibles.
Después de dejar a mi jefe en el hotel, separamos nuestros caminos. El tenía cena y yo libertad para recorrer Londres durante un rato. Un recepcionista del hotel me había dado la dirección de un restaurante japonés. Le pregunté por uno sencillo, sin glamour pero comida rica. No me mandes a Nobu que quiero algo sencillo, le dije. Y caminé por Piccadilly Street hasta su plaza y seguí por el Soho dándome un paseo hasta llegar al restaurante. Y Londres estaba "on fire"; todo el mundo fuera, con su cerveza, son sus mangas cortas y con esos tacones imposibles de zapato malo que roza el talón desprotegido por la ausencia de medias, esa prenda incomprensiblemente en desuso por las inglesas. Y allí acabé, en un restaurante japonés super-sencillo, tomándome una Asahi (mi cerveza japonesa preferida), una sopa miso y una caja bento a base de anguila y sushis variados. En solitario, en una ciudad en la que sientes que eres un solitario más y nadie te percibe.
Camino de vuelta prolongué el paseo. Intentando perderme un poco. Algo que me encanta cuando estoy fuera. Orientarme en la dirección y luego ir sin mapa hasta perderme un poco otra vez mientras curioseo, cada tienda curiosa - aunque todas cerradas- de sombreros, de trajes y zapatos a medida, esas tiendas inglesas tan bonitas. Reparo en una de puros, toda de madera, preciosa, y me acuerdo de alguien dándome mucha pena. Hago una foto del escaparate para mandársela. Pero decido que no merece la pena.
Tras una largo paseo caigo en mi cama gigante. Otro lugar, otra cama, otro espacio maravilloso disfrutado en solitario.
Ayer más reuniones y vuelta a Madrid. Un despiste casi nos hace perder el avión. Pero todo salió bien, finalmente.
Y aquí estoy hoy. Bien dormida, bien desayunada e iniciando un proceso de recuperación de estreses varios. Espero que la Semana Santa me recupere del todo.
Sol y buenos planes. Modo recovery "ON".
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
27 Marzo 2012
Llegué mustia y preocupada. Con alarmas disparadas, desazón y pocas ganas.
Siguiendo aquí más que allí, desconexiones de vieja que cada día cuestan más.
Otro mundo tan cerca. Tan familiar y a la vez extraño. Llegamos a esa plaza que no es plaza.
A esa explanada gigantesca donde todo sucede cada día.
Y nos pasaron motos, carricoches y borricos. Y nos llevaron la maleta en carretilla, por esas calles estrechas dedicadas a la venta. Dulces, carne, baratijas, babuchas y sujetadores. El puesto de sujetadores era todo un éxito. Como primer día de rebajas, las mujeres con sus cabezas cubiertas se agolpaban mirando tallas de sujetadores push-up de mil colores. Apunto estuve yo, de unirme al club, rescatando colores y tallajes que se esconden tras un Caftán, una chilaba o unos vaqueros ajustados. Variedad de vestuario y convivencia en grados de tolerancia y práctica.
Y tras superar una calle bulliciosa, loca, como prueba de videojuego, obtuvimos nuestro premio. Girar a la derecha por esa calle estrecha y pacífica. Portezuela que se abre y deja ver una mezquita para nosotros prohibida en cuya puerta cada noche duerme un hombre. Acurrucado, poseedor de nada.
Una bonita puerta señala nuestro riad, un remanso de paz y de calma. Un sitio precioso de agua, plantas y tranquilidad tras la guerra callejera. Una representación de las diferencias de esta ciudad de extremos, en las que las sultanas occidentales se dan masajes de lujo mientras otros sobreviven con lo básico. Si llega.
La primera impresión muy buena. La gente nos pareció educada y respetuosa con la negación. Nada que ver con la fama que llevábamos en nuestros prejuicios. Paseos, visitas y comidas exóticas. Enganche para nuestra occidentalidad con ganas de ser abandonada.
En mi cansancio disfruto el riad, su calma, su belleza y los cuidados y atenciones de los empleados. Paseos, olor a azahar, cantos del muecín que impregnan el aire de una magia de antaño. Hasta el gallo que me despierta cada mañana. Ese gallo que siempre canta cerca de mi oreja, como recordatorio al descanso. A obviar su cántico y el trabajo que si levantará con su cantar.
Y paseamos palacios y jardines. Visitamos la interesante madrasa, regateamos en el zoco, solo un poco, lo justo para hacer deporte y llevarse algo. Y me exfoliaron el cuerpo en un hammam de lujo, me masajearon de arriba abajo para salir ligera y liviana, como una sultana con zapatillas de deporte. Y comimos couscous y tajin, pastelas de pollo y de paloma, e hice la turistada de bailar con la danzarina del vientre. Buscando mi vientre que creía hinchado por una regla cabrona. Pero que resultó ser demasiado plano para mover grasas que se cultivan sin deporte y mucha sémola.
Y vimos puestas de sol que abrazaban la gran plaza de nombre impronunciable (Jemma el Fna) al abrigo de la llamada de un almuédano enlatado en altavoces que llenan la ciudad. Sentados en una terraza, disfrutamos del olor a azahar, del color rojo tras la torre de la mezquita que tanto recuerda a la Giralda y tomamos distancia de la vida que transcurre abajo, con los encantadores de serpientes, los monos saltarines y las pintoras de henna. Para no pringarnos, para no ser asaltados como único objeto de deseo; como a un auténtico turista.
Y retirándome al jardín Majorelle, entiendo a cada artista, a cada escritor, que se perdió por estas calles aún en el medievo, que se sintió sultán o Alí babá o que se escondió de si mismo o del resto de occidente, rememorando aquel pasado glorioso de fuentes y jardines. De mezquitas y arcos ojivales.
Sintiéndonos tan morunos.
PD: Mañana a Londres, cambio de chip!.
servido por Honey
2 comentarios
compártelo
21 Junio 2011
Al día siguiente, decidimos seguir ruta. Yo estoy agotada porque he dormido fatal, como ahogándome por la noche. En el desayuno nos proponen subir al glaciar, que mágicamente hoy está totalmente descubierto. El Snaefellnes al alcance de la mano. No sé muy bien por qué, decidimos que no. Yo estoy agotada y quiero llegar pronto a Reykjavik, pero me planteo que quizá esta sea una oportunidad única. Por otro lado llevamos tantos días haciendo cosas únicas, que la extravagancia de lo extraordinario se convierte en algo normal. Decidimos ceñirnos al esquema inicial.
De camino a Reykjavik paramos en una localidad donde dicen que hay focas. Es una playa de esas inhóspitas y deshabitadas de este país. A lo lejos vemos a una pareja entre las rocas de un espigón. Nos vamos acercando y nos comentan que efectivamente allí están las focas. Tienen su pequeña playita. Su hábitat lejos del gentío. Si quieres verlas te lo tienes que currar un poquito. Allá vamos. Subimos por el espigón y llegamos a la proximidad de la comunidad bigotuda. Una grandota entre marrón y gris se despereza con una gran vagancia. Soy gorda porque soy vaga y me gusta comer, parece decir con sus movimientos lentos.
Hay nadadores juguetones, mamás con niños y padres guardianes. Como la vida de cualquier comunidad - un poco sedentaria- las focas hacen su vida en esta playa. Cuando hago fotos hay una de ellas que me parece oír. Decidimos separarnos un poco para no interrumpir su paz.
Hay cantidad de aves volando al ras del agua. Las focas sacan sus cabecitas de vez en cuando. Y nosotras nos tenemos que marchar. De esta playa y de esta naturaleza tan particular que nos brinda estos momentos estelares. Naturaleza generosa y salvaje, llena de animales y erupciones, de soles eternos y tierras negras.
La llegada a Reykjavik, es la llegada a un pueblo grande español. Aun así, antes de llegar paramos en una gasolinera atestada de gente dominguera. Es sábado y parece que todo el mundo ha salido el fin de semana y ha recalado en este punto de reunión particular que constituyen las gasolineras en Islandia. La primera reacción es de agobio. Tanta gente nos aturde.
Después de tomarnos una sopa de langosta y un pincho de pescado en un chiringuito del puerto (muy ricos) comienza la maratón de compras. Yo estoy agotada y no me apetece nada. No me dan las energías. Aun así sigo la técnica de la rapaz. Estoy así como despistada y de pronto ataco en picado y con la tarjeta de crédito en mis garras. Agotador, un día agotador total.
Posteriormente y tras visitar la catedral, vamos a cenar. Es sábado y hay un ambiente muy gracioso. La gente se ha puesto de punta en blanco. Ellos con trajes un poco rockeros. Ellas pelín estrafalarias. Me divierte. Tiene buena pinta la noche de Reykjavik. Una panda, así como de mi edad, cena en frente nuestro. Moños italianos, vestidos vintage, tatuajes extraños y pintalabios rojos, pamelas de Miami compiten con mi forro polar. Muy graciosos. Me caen bien. Hay un estilillo, un diseño de moda particular. Me gusta.
Demasiado tarde para nuestros planes posteriores nos vamos a dormir. Cuatro o cinco horas más tarde estamos en el aeropuerto cogiendo el avión. Que se retrasa y pierdo la conexión con el siguiente. No hay problema, desde Londres hay muchos y me dan el siguiente. Mi maleta decide quedarse en la tierra de Shakespeare. Por lo menos un día.
Y aquí estoy, más de una semana después de volver, encantada de este viaje entrañable. Creo que a partir de ahora miraré este país con todo el cariño. Con el mismo que ellos nos miran a nosotros cuando les decimos que somos españolas y se imaginan sol y playas. Yo me imagino volcanes, cascadas, glaciares, fiordos y ballenas. Y espacio, mucho espacio por delante.
Recopilo a continuación, algunas curiosidades del viaje. Seguro que se me ocurrirán muchas más. Las intentaré ir añadiendo.
- Glaciares negros de las cenizas del Grimsvötn
- Días que son días, noches que son días.
- Nos persigue el olor a huevo podrido por las inmediaciones de Mytvätn y por los grifos (el agua corriente es caliente).
- Como en una película de Tim Burton los bacalaos se pescan sin anzuelos.
- El sol es grande y se pone lento, muy lento para iluminar la noche.
- Bañarse en una especie de leche blanca azulada, entre la lava negra, al lado de una central que echa humo como en Cocoon
- Las gasolineras-supermercados-tiendadelanaa-restaurantes.
- Renos al borde del mar, ballenas en la orilla de un fiordo.
- Cabellos de crines al viento, como sacados de un cuadro cursi de apartamento de verano.
- Colores del mar caribeño en el frío más polar.
- Pueblos desiertos
- El pescado ahumado huele a cenicero del día siguiente
- Las carreteras peraltadas en forma de montaña, hechas para conducir por el medio.
- Los puentes sobre las carreteras son de un solo sentido.
- La tierra fuma, exhuda y habla.
- El bote anfibio de Jokulsarlon avanzando por la carretera.
- El sabor del tiburón curado, una mezcla entre amoniaco y acetona solo tragable con orujo. Una comida muy esquimal.
- La sensación de la presencia de troles por cualquier lugar.
- Los frailecillos, patos variados, ovejas y corderos. La fauna en general.
- Las carreteras en obras, que debieran ser carreteras cortadas.
- Tomates naturales en el desayuno
- Los niños parecen Elfos con sus gorritos y sus guantes.
- Las pieles translúcidas de las gentes.
- El idioma imposible de recordar y pronunciar.
Adiós Islandia!.
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
11 Junio 2011
Suena el despertador. No quiero ni oír hablar de levantarme. Ayer me dieron las tantas escribiendo a la luz de la noche y en plena galerna. Hoy nos levantamos con el volcán del glaciar de Snafaelness mucho más nevado. Estoy literalmente agotada. Casi como ahora, que vuelvo a estar delante de un ventanal gigante, sentada en un cómodo sofá y escuchando una música súper agradable mientras veo un mar infinito de olas que brincan en un azul añil que se junta con el cielo azul claro en el horizonte.
La tarde ha quedado estupenda, pero la mañana se levantó revirada. Lluviosa, con niebla y ese vendaval de la zona que te deja ese peinado tan de aquí..."wind-brush" al más puro estilo Chus Lampreave bajando de una motocicleta en "Mujeres al borde de un ataque de nervios". Emprendemos ruta. Preguntamos si se puede subir al glaciar, pero nos dicen que no es posible por el tiempo. Debe de ser complicado y realizarse en escasas ocasiones.
Subimos hacia el norte de la península, ya dentro del parque nacional llegamos hasta la desviación de una playa. Damos un paseo entre la lava. Aquí el aspecto de las cosas, aunque volcánico, es bastante distinto que en Mytvätn; un volcán nevado y montañas de mil colores, rojas, ocres y verdes rodean la zona. Muchos montecitos con aspecto de mini cráteres siembran el parque.
Paseamos en esta primera parada de la carretera hasta una playa negra con dos pequeñas lagunas cristalinas. Restos oxidados de un barco naufragado hace lustros están desperdigados y dotan a la playa de un aspecto un tanto desolador. La belleza de lo siniestro. Un cartel avisa de que está prohibido bañarse, hay corrientes el agua está fría y la profundidad cambia. No hay nada que se me ocurre me pueda apetecer menos que bañarme aquí. Dos formaciones volcánicas grandes sobresalen del agua. Una trolesa varada en la orilla del mar. Aquí son todo historias de sagas, troles y el Dios Tor. Lo cierto es que empiezo a adivinar troles y orcos por todas partes y que a los locales les empiezo a ver como pequeños elfos. A los niños, solo les faltaría tener orejillas apuntadas.
Damos un gran paseo, de esta playa a la siguiente (Dalvik) subiendo por acantilados. El sol empieza a aparecer, aunque todavía está ventoso el día. La siguiente playa era una playa de pescadores hasta el siglo dieciocho. Algunas piedras perduran de las viejas cabañas. La imagen del musgo verde sobre piedras volcánicas negras, las piedras rodadas negras de la playa el mar claro y los troles-roca que emergen de forma fantasmagórica resultan un tanto hipnóticos y merecen este buen paseo.
Seguimos un poco más, hasta el siguiente faro. Anuncian que hay una playa de arena junto a acantilados. Una vez allí, nos encontramos con unos franceses que estaban en nuestra parada anterior. La última vez que les ví, estaban en ropa interior mirando por la ventana la irrupción asombrosa del Gran Sol. Ahora les digo por la ventana "Comment ça va?" a lo que sonríen con un "ça va bien!".
Volvemos por la misma carretera en dirección al volcán. Por el camino, sembrado de mini cráteres decidimos subir a uno de ellos. Lo que nos gusta subir a un cráter, madre... Por supuesto, una vez arriba se te vuelan hasta los pensamientos. Y el gorro que me acabo de comprar intenta irse con el que he perdido, yo creo que de un golpe de viento, en alguna parte.
Otra vez en ruta, vemos una pequeño entrante en la carretera. Paramos a ver qué es y un chico dentro de una furgoneta, nos pregunta si queremos entrar en una cueva. A estas alturas del viaje, ¿qué creéis que hemos hecho?. Sí, estaba claro, a los cinco minutos ya estábamos con un casco de minero con frontal, cinturón con linterna incorporada y nuestro cántico a risotada limpia de "yo soy minero".
Justo antes de entrar, tuvimos que pasar por el lavabo; léase por el cráter de la esquina con el riesgo de partirse una pierna al pisar un musguillo lava que se hunde o parte hacia abajo.
Pero enteritas y con nuestro kit de espeleólogas (lo que nos gusta un disfraz...) nos disponemos a bajar al centro de la tierra, en este lugar en el que se inspiró Julio Verne para su famoso libro. Totalmente inspirador. Me parece hasta poca imaginación después de haber pasado por la zona. Björk debe de tener aquí tanta imaginación como Bisbal en España. No tiene más que darse un paseíto por su tierra. Yo también me disfrazaría de pollo, de oveja o incluso de ballena que parece que abriga más para estos vendavales que se gastan.
El caso es que ahí, nos encontramos las tres con nuestras linternas en los cascos dispuestas a bajar a unas cuevas formadas por erupciones volcánicas de hace 3000 años y que acaban de ser abiertas al público. El guía es un Elfo con nombre de Trol. Un Trol asesino o mártir o algo así; "no es muy agradable, lo sé" dice el rubicundo y translúcido Elfo. Una vez dentro nos explica un poco. Bajamos ocho metros y luego creo que dijo otros treinta por una escalera de caracol profunda que es la única intervención aparente aparte de nuestras linternas. Es muy curiosa la formación de estas cuevas, formadas por lava que se enfría y endurece para dejar paso a un río subterráneo de lava como túnel en su interior que desaparece dejando estos extraños huecos. Y nosotras aquí estamos dentro. En la parte más profunda, nos dice que mantengamos unos minutos de silencio y apaguemos las luces. Un tintineo de gotas de agua en la más absoluta oscuridad parece una canción ancestral. Una canción que de pronto nuestro guía Elfo acompaña con una melodía suave nacida de su tierra élfica para llamar a sus congéneres cuando están por el campo. O eso me pareció a mí, claro... (inciso: creo que el viento está teniendo un efecto pernicioso para mí, y ya ha llegado la hora de abandonar este país, antes de que me convierta en trolesa, elfa o simplemente en una especie de Björk agitanada).
Salimos de la cueva y nos despedimos muy sonrientes después de pedir una foto al grupo espeleólogo. Primero se sorprenden, luego se animan a hacerse ellos también.
Dejamos con dolor de corazón las linternas y cascos (creo que cuando vuelva a la oficina, me voy a ir a donde el de mantenimiento para robarle el mono y algún utensilio de los de verdad, leche!) para dirigirnos a nuestro hotel a comer algo (ya estamos desfallecidas y a hacer un paseo de una hora al borde del mar entre nuestro hotel-pueblo y el de al lado que la Lonely pone que es precioso. Nos pasamos sin querer nuestra desviación (aqui son todas 180 grados y el copiloto tiene que hacer "ras" para llegar a tiempo) y acabamos en el pueblito de al lado (por llamarlo pueblito). Ponemos gasolina y entramos en un restaurante muy mono con tejados de turba y musgo y nos comemos una sopa de brócoli que nos sabe a gloria bendita. Las camareras, muy monas, también han estado en España. De hecho una de ellas acaba de volver de cerca de Alicante y tiene buen color, aunque nos dice que la ha hecho malo. De qué cosas se entera una en Islandia, del tiempo en Alicante!.
Volvemos otra vez al punto A y empezamos nuestro paseo desde el hotel. Es cierto que es precioso. Un paseo al borde del mar, con rocas volcánicas y pequeños acantilados de roca. Aves anidadas en las cavidades de la roca. A un lado el volcán nevado, a otro los mil colores de otros montes, el musgo extraño, el mar, al fondo en una pradera se alza una iglesia, de esas de aquí, que parece una casita de madera. La tarde ha mejorado mucho y hace sol y menos viento. De pronto nos vemos sentadas mirando un rato el paisaje. Una marina extraña en la costa del centro de la tierra de Verne. Una curiosa mezcla.
De vuelta al hotel, me pego la gran ducha antes de cenar. Estoy reventada. La cena es buenísima. Por fin, encontramos los mejillones que decían que comían por aquí. Dos raciones de entrante y una especie de lenguado con alcaparras. Una cena excelente a la luz de la noche frente al mar.
Mañana es nuestro último día. Y ya casi estamos echando de menos este país extrañamente entrañable.
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
10 Junio 2011
Emprendemos ruta. Después de desayunar delante de un gran ventanal con vistas a la granja, embarcamos el bólido y comenzamos el peor día de carretera de toda la estancia por estas tierras.
El comienzo del viaje es bueno, pero la entrada a los fiordos del oeste nos depara una duda respecto a qué carretera tomar. La de la granja nos dice una cosa, en alguna parte hemos leído que han mejorado una carretera que puede ser una mejor opción para entrar por la cara norte de los fiordos. Finalmente antes de la desviación por una carretera de grava entramos en una población y preguntamos a un mecánico de un taller. Es imposible entenderse. Tengo sensación de interrumpir su faena. No obstante va a buscar a otro, que en teoría sabe mejor inglés. Nos parece entender que mejor cojamos la de grava que la de la costa está peor.
Nunca sabremos si la elección fue buena. Lo único que sabemos es que en nuestra vida hemos encontrado carreteras en peor estado que este día. Parece que ahora sí entramos en el fin del mundo. No hay nadie por ninguna parte. Atravesamos primero un tramo de carretera de grava entre montañas. Arido, desierto, granjas abandonadas. Ovejas y corderos. Alguna granja que sobrevive de forma milagrosa. Una carretera de grava habitual.
El peor tramo no ha llegado. Ahora hay un tramo de carretera asfaltada y yo quiero colaborar en la conducción. Cojo el volante y sigo penetrando en los fiordos del oeste. De pronto comienza otra vez la grava. La cosa se pone un poco peor, y otro poco peor y peor otra vez. Anuncian obras. Hay maquinaria trabajando en la mitad de la carretera. Ahora más que grava son pedruscos que algún día estarán más incrustados en la carretera. Me pregunto si para estas carreteras habra alguna razón aparte de la económica. Yo sudo la gota gorda. No soy una amante de la conducción y nunca lo he hecho en un entorno tan hostil. La cosa se pone cada vez más fea, hasta que de respente en la subida a un fiordo; léase cuesta, curvas y carretera de piedras, el coche me empieza a patinar. Como voy despacio paro y bajamos.
En ese momento baja un coche con dos alemanes. Les preguntamos si queda mucho con la carretera así, y nos dicen que 100 kilómetros. Estamos a punto de darnos la vuelta. Parece que nuestro coche no puede continuar así. Blanca va a preguntar a un obrero que le señala el final de la curva. Le dice que las obras son hasta ahí. Eso nos anima y decidimos seguir adelante. Eva toma los mandos para sacar el coche del atolladero. Prefiero que lo haga alguien con más experiencia. Imagino que ellas también.
Seguimos adelante, sudando la gota gorda; tramos malos suceden a tramos peores, algún pequeño descanso y luego otro tramo de grava en obras. Eramos conscientes de que habría tramos de grava, pero no de las obras en la grava, que en nuestro país serían directamente carreteras cortadas. Ayer vimos en internet el estado de las carreteras y no ponía absolutamente nada de obras por este lugar.
Al cabo de un buen rato con el corazón en un puño y con mucha tensión, decidimos parar en un fiordo con mesita para picnic. Hasta ahora casi no hemos podido admirar el paisaje. De hecho nos ha parecido casi feo, del estrés pasado. Ahora estamos en un fiordo al borde del mar y con una cascada detrás. Y de lo que es todavía más increíble: con un bocadillo de lomo entre las manos, patrocinado por Salamanca. Lo que pareciera ser una escena de pic-nic idílica se convierte en una escena surreal, de pelos al viento y pesas sujentando nuestras viandas; el viento es infernal.
Después de repostar nuestros estómagos Blanca toma el volante. Es un día duro. El más duro del viaje. Todavía nos queda un buen tramo. Y parece un poco absurdo venir hasta este punto solo para un día. Despues de otros tramos llegamos a una carretera asfaltada. Parece ya más factible. En mitad de una montaña, tres señoras mayores se hacen una foto delante de una estatua gigantesca vestida de marinero. Da mucho miedo. Nos hace gracia que sean tres como nosotras. Nos visualizamos envejecidas después de un mal viaje de carretera. Las saco una foto como si fuéramos nosotras con más edad.
Seguimos ruta. Llegamos a la desviación que serán la carretera de grava que lleva a nuestra población. Pone un cartel de que a partir de este punto no hay más gasolineras. Decidimos desviarnos 15 kilómetros para llenar el depósito; algo que siempre has de hacer aquí por precaución. A la vuelta voy mirando al mar por la ventana. De pronto, veo algo que se mueve. Será una roca pienso. De pronto, la roca echa agua a presión hacia arriba. "Una ballena"!. "Una ballena!" Exclamo. "Creo que he visto una ballena". Mis amigas se preguntan si esto puede ser. Yo también estoy extrañada, pero el agua a presión no deja lugar a dudas. Paramos el coche y esperamos a que se asome. Efectivamente es una ballena nadando por el fiordo. Cuando estamos fijándonos en ella vemos otra a lo lejos. Es más grande. Parece una mamá ballena con su cría. Tan tranquilas, retozando y comiendo en el fiordo, tan cerca nuestro. Nos adentramos en la carretera de grava que rodea el fiordo y que es la que tenemos que coger para ir a nuestra playa. Paramos el coche y estamos un buen rato observando la escena: las dos ballenas navegan a sus anchar, resoplan y se las oye aquí mismo, tan cerca. Pasan casi a nuestro lado sin dudar, nadan desaparecen y una estela de pajarillos las persiguen para comer el placton de sus lomos. El ballenato y la mamá ballena, una escena emocionante. La naturaleza nos hace un regalo nada más llegar. Tenemos que dar las gracias.
Todavía nos queda alrededor de hora y media de ruta en una carretera de grava alrededor de fiordos. Estamos cansadas. Ahora más contentas por haber confraternizado con las ballenas. Tenemos ganas de estirar las piernas. A las tres nos gusta andar y llevamos un tremendo y estresante día de coche. La costa es escarpada, pero empiezan a aparecer playas doradas y anchas. Playas salvajes donde dudo que alguien se haya bañado alguna vez sin traje de neopreno. Ni con él puesto. Pasamos montañas acantiladas, playas, patos mil. Pasamos un barco varado, un museo surrealista con un avión en la puerta, pasamos otra playa gigante con una marisma clara de agua turquesa y arena blanca. Pasamos montañas y agua, y finalmente llegamos a nuestra población. Una iglesia y nuestro hotel en una playa blanca gigantesca; Breidavik . Precioso y agreste. Al bajar del coche nos da un viento, para variar. El viento es agotador por aquí y no me extraña que Björk componga esas canciones. Es lo mínimo que te puede pasar. Entramos al hotel. Nos da mala impresión. Tiene pinta de albergue viejo y desvencijado. Nos dan la llave de la habitación. Cuando subimos está sucia, sin hacer. Lo decimos y nos dicen que nos sentemos a cenar mientras lo arreglan. Antes de venir confirmamos que íbamos a cenar. Menos mal. No hay nada por ningún lugar. Y no queremos otro bocadillo para la cena. Al comer la cena, nos damos cuenta de que se aprovechan de esta exclusividad, o simplemente tienen una cocina pésima. Otra vez bacalao gratinado para cenar. Y un postre malísimo. Después de cenar nos damos un paseo por la playa. Es lo bueno del eterno día. Nada comparable a esos paseos por nuestras playas. Para poder hacerlo nos tenemos que poner bufanda, guantes y gorro. Y si tuviera uno, me pondría un mono de esquiar, una prenda tan práctica en este país para hacer todo tipo de actividades (que si la pesca del bacalao, que si las motos de nieve, que si ver ballenas, que si pasear por la playa...tenía que haber metido solo bragas y mono polar en la maleta). Paseamos llevadas por el viento. Necesitamos aire y movimiento. En un momento Blanca se acerca un poco hacia dentro y salen golondrinas polares volando. Suelen atacar cuando se ven amenazadas. Nos vamos pitando. Una playa desazonadora, preciosa y hostil. Naturaleza en estado salvaja. Como todo el país.
Nos vamos a la cama agotadas. Totalmente extenuadas por el viaje. Comprobamos los ferrys para pasar a Snafellness al día siguiente. Solo hay uno a las 18.00. Pensábamos irnos por la mañana, pero nos tendremos que quedar por aquí todo el día. Ya en pijama, Blanca mira por la ventana. Un sol gigantesco se asoma por la playa y lo ilumina todo de naranja. La escena es impresionante. Lo entiendo todo de repente: estoy delante del Gran Sol. Donde los marineros vienen a pescar mucho del pescado que encontramos todos los días en nuestras pescaderías españolas. Salimos al pasillo en pijama. Hay tres franceses en ropa interior, todos mirando por un ventanal esta escena hipnótica. Me pongo un pantalón encima del pijama, un abrigo y me lanzo en chanclas a la intemperie de la noche-día.
Es algo para recordar y tengo que llevarme una foto. El sol desciende enorme y muy lento. Ilumina todo de unos colores naranjas y rosas. El acantilado, el mar, las nubes tienen colores superespeciales. Todo es mágico y ahora lo entendemos. Hemos visto por fin el sol de medianoche con absoluta nitidez. El lugar no podía ser más abierto, bonito e idóneo.
Al final, nos sale bien. Decidimos levantarnos con calma. Me levanto diciendo que quiero un novio fisio para llevármelo de viaje y me dé masajes, tengo la espalda destrozada a estas alturas. Se nota ya el cansancio. Después de desayunar nos vamos al faro del fin de Europa occidental. A 300 km. está Groenlandia. Acantilados escarpados se suceden en el horizonte. Gaviotas y demás aves sobrevuelan los bloques gigantes de toca que forman los acantilados sobre el mar. Allí tienen sus nidos ellas y sin fin de especies más, entre ellas nuestros queridos frailecillos. Ahora están pescando en el mar y creemos que no vamos a poder verlos. Pero la naturaleza nos está haciendo unos regalos fabulosos: también aparecen frailecillos junto a nosotros. Uno de ellos se comporta como un "top model" y posa de uno y otro perfil haciendo monerías a su antojo. Es una mezcla entre pingüino, tucán y pato. Simpático donde los haya este animal. Simbolo de Islandia, donde vuleve todos los meses de mayo a pasar el verano.
Emprendemos camino de vuelta hacia el ferry. Todavía tenemos unas tres horas de viaje. Antes paramos a comer algo en el que debe de ser el único restaurante de Patreksfjördur, regentado por un vikingo al que solo le faltan los cuernos. Miramos a la pared y tiene una foto de sí mismo con ellos puestos.
El resto del día es ferry, pasando por la isla de Flatery, donde viven 4 personas. Desembarcamos en la península de Snaefellnes. Ahora tenemos que ir conduciendo al otro lado, donde tenemos el hotel. Es tarde, pero hay que llegar. Ahora me ofrezco yo a conducir. Ya que he conducido menos por la parte chunga, al menos voy a hacerlo en la parte cansada. El viento me lleva y tengo que estar corrigiendo todo el rato. Quiero llegar. A medida que nos vamos acercando empezamos a ver formaciones misteriosas, pero eso ya lo dejo para mañana.
Ahora estoy frente a un ventanal de un hotel monísimo (como lo agradezco hoy...) que da al mar con una Viking al lado. Dicen que hay orcas por esta zona. Yo ya me espero cualquier cosa en este país donde todo es posible. Hace mal tiempo, viento y lluvia. Esperemos que mañana mejore un poco. Mañana os cuento que ahora estoy agotada.
servido por Honey
2 comentarios
compártelo
8 Junio 2011
Nos despertamos más temprano de lo habitual. Decidimos llamar por teléfono a Husavik para enterarnos del estado de la mar por la mañana y si es decente cambiar nuestros planes y volver a embarcarnos para ver si conseguimos ver ballenas. Nos hemos quedado con la espinita.
Empiezo a estar cansada. Llevamos mucho tute y mucho clima infernal, sobre todo por el viento que es agotador.
Dicho y hecho, llamamos y nos dicen que el mar está mucho mejor que ayer. Decidimos cambiar planes y volver a Husavik. Esto nos impedirá hacer el itinerario que teníamos preparado para recorrer los fiordos del oeste. Creemos que merecerá la pena.
El siguiente barco sale a las 12 y nos va a tocar esperar un poco. El día está soleado y el cielo está azul. Por si acaso nos tomamos una biodramina. Es frecuente marearse. Aprovechamos a hacer algunas cosas que teníamos pendientes, como cambiar dinero. Nunca llegamos con bancos abiertos. De todos modos la tarjeta de crédito es tónica general. La mayoría de gasolineras son automáticas y se pagan también con tarjeta.
Nos embarcamos en un barco de madera. Son antiguos barcos pesqueros reciclados para el turismo. Nos dan unos monos chubasquero de cuerpo entero. Otro modelazo para nuestro book de modelos extraños. El de las motos de nieve rojo, este azul. Avanzamos por el fiordo hacia el mar mas profundo. Por lo visto hay ballenas mientras el agua esté suficientemente fría. Nos avisan que entramos en el terreno de la madre naturaleza. Nos podemos ir sin ver ninguna.
Por suerte esto no es así. Mientras nos está explicando como avisar de donde se avistan las ballenas (rollo agujas del reloj) el avistador de ballenas, que está en un alto sustitutivo del barrilillo en alto que antes llevaban los piratas en el mástil, en seguida algo aparece por el mar. Por supuesto, todo está lleno de pájaros y frailecillos. Pero ésto es un poco más grande. Me parecen focas porque tampoco son muy grandes. Ballenas pequeñas.
El avistador, al que llamo Eugenio porque la primera impresión que produce es como la del humorista catalán, vuelve a avisar enseguida otra vez. Esta vez sí que sí, un lomo se ve perfectamente surcando los mares del fiordo. El color del mar es muy bonito porque aquí desemboca un río glaciar.
Estando yo en la proa con el zoom preparado para el disparo, aparece de pronto otro gran ejemplar. El zoom es excesivo y prácticamente me la como. Tengo que ajustar el objetivo, está demasiado cerca. Son ballenas jorobadas y es gracioso el chorro que echan al respirar y precioso cuando levantan la cola.
Estoy disfrutando como una enana. Pero esto no acaba aquí. Nos subimos encima del puente de mando con el avistador. A lo alto tenemos una vista 360, pero también se mueve un poco más. De pronto dos ballenas nadan juntas. La emoción es tan grande que me tropiezo con un escalón que surge de la nada y casi salgo volando como un gran frailecillo. Me tuerzo el tobillo, pero este fino calzado que llevo algo me protege.
Seguimos navegando y encontrando más ballenas de forma períodica. El fiordo, el color del cielo y otro azul del mar. Unas nubes bajas y Husavik al fondo. Pájaros mil. Frailecillos, golondrinas árticas y gaviotas. Un sinfin de especies maravillosas del mundo animal. Y unos seres extraños con mono azul encima de un barquito de madera. Qué felicidad.
Para colmo nos dan un chocolate caliente y un bollo para entrar en calor.
Hacemos un último intento de ver un ejemplar de ballena azul. Mucho más grandes. Están muy cerca, pero esta vez no se dejan ver, quizá para que volvamos alguna que otra vez para conocerlas. Siempre hay que dejarse algo.
A la vuelta a Husavik nos tomamos una sopa caliente y emprendemos ruta hacia una granja donde pasaremos la noche. Es un punto intermedio para acortar un poco el camino a los fiordos del oeste.
Mañana alcanzaremos la punta más occidental de Europa. Aunque nuestro trabajo nos costará. Las carreteras son muy malas y yo ya estoy teniendo pesadillas. El cambio de planes ha merecido la pena.
Ahora tengo efecto barco pero estoy en una granja en mitad del campo rodeada de heno y caballos.
No sé que voy a hacer cuando vuelva con el metro, las autopistas y la densidad de población.
¿Me estaré volviendo ballena?
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
8 Junio 2011
La noche de cielo azul claro dejó paso a una mañana de ventisca y nieve. Un último desayuno en nuestro ventanal frente al lago para despedirnos de las ovejas y corderos.
Un último intento en ver Krafla, una región volcánica llena de respiraderos, cráteres y lava. Por el camino hacia el comienzo de la zona, pasamos por una central geotermal.
Es extraña la impresión que produce. Siempre desiertas, echando un humo espeso y rodeadas de tuberías que forman autopistas de un mundo futuristas. Para rematar, los tubos penetran en una especie de igloos metálicos que dan una apariencia lunar.
Tierra negra, roja y verdosa en algunas zonas de la montaña, lava negra que empieza a aparecer.
Cuando bajamos del coche para ver Kröfultöd, una ventisca amenazadora nos dice: no subáis ahí. A la entrada una señal de aviso “entra a esta zona bajo su responsabilidad, el suelo está caliente, puede haber grietas y la nieve puede esconder el vacío, no se desvíe de los caminos marcados por las estacas”. Casi volando, entramos en el área. Seguimos las estacas amarillas. Enseguida una zona de nieve hace perder el camino. Seguimos las huellas marcadas por anteriores paseantes colgados. Nos rodea la lava negra. Cráteres de volcanes a un lado y a otro. Una zona sulfurosa enfrente de colores ocres y naranjas. Avanzamos hasta una zona con una pasarela de madera desvencijada. Poniendo los pies en las maderas bien colocadas. Una caldera gigante forma un pequeño lago de color extraño. Como la caldera de una bruja mala. El viento es tremendo y a veces está acompañada de fina nieve. Seguimos avanzando hasta un cráter muy oscuro todavía humeante. Parece que caminamos por los restos de una chimenea gigantesca, de una barbacoa de carbón. Hago una y otra vez la misma foto, como si se tratara de la obsesión de la montaña de “Encuentros en la tercera fase”.
Como diminutas avanzamos buscando las estacas amarillas. De pronto perdemos de vista la siguiente. Hay nieve delante y nos sabemos qué hacer. Vemos una pareja más adelante y nos animamos a seguir. Seguimos las huellas y llegamos a una zona de lava más hueca. Hace grietas gigantes donde la nieve disimula. Si metes el pie, adiós. La pareja venía del otro lado del parking. Son un matrimonio inglés mayor. Tienen también una casa en España y él nos dice que aquí se le está quitando el moreno. También hablamos del frío. Ella se queja de que el frío es más fuerte cuando hay que esperar para enfocar y hacer una foto mirando al marido con cara de “yo no fui”. Yo le doy una palmadita y le digo que le entiendo mientras sujeto mi cámara entre los brazos.
Curioso encuentro entre la lava.
Es increible la cantidad de gente que hemos encontrado con casa o veraneando en España. No quiero decir que no lo entienda. Ahora lo entiendo mucho más. Van a Benidorm y a Mallorca. Por primera vez entendería un alojamiento en el hotel Bali. Solo buscando sol y calor.
A la llegada al aparcamiento nos tomamos un café caliente. Entramos en el coche. Nunca había tenido el culo tan frío. Seguimos hasta el cráter Stóra-viti. Un cráter de unos 300 metros de ancho, con un lago en el medio. Intentamos caminar por el cráter. El viento es infernal y casi puede con nuestros cuerpos. Casi salimos volando por este mundo irreal, donde uno espera encontrarse a Obi Wan Kenobi saliendo con su túnica blanca desde cualquier lugar y necesitaría un buen androide para cualquier menester.
En un punto del cráter tenemos que agacharnos en el suelo para defendernos del fuerte viento. Dando la vuelta otra central emite un ruido potente como el de un reactor. Sí, ahí debe de estar el Halcón Milenario. Otros dos laguitos ácidos aparecen delante nuestro. La superficie se vuelve resbaladiza y el barro es extraño. No vemos claro el camino y damos media vuelta volviendo sobre nuestros pasos.
Cuando llegamos al coche, las botas parecen llenas de un cemento marrón muy difícil de quitar. Nos restregamos en nieve para limpiarlas. Cierto nivel de barrillo nos acompañará todo el día.
De vuelta pasamos por la central. Por unas tuberías que forman un puente sobre la carretera. De vuelta al Myvätn somos conscientes del espectáculo que acabamos de ver. La joya de la zona. Congeladas, moqueantes y sucias, nos despedimos con una sonrisa.
Seguimos ruta hacia Húsavik. Nuestra intención hoy es ver ballenas. Antes paramos en el coche junto al lago y nos zampamos un bocadillo de chorizo y un skyr que hemos comprado en un supermercado (el skyr, no el chorizo que viene directo de Salamanca).
La llegada a Husavik es preciosa. El mar, de un color precioso, y las montañas nevadas que llegan hasta la orilla. Nos enteremos de las horas de los barcos. Nos avisan de que hay muy mala mar. Decidimos que no es el día. Hay que contar con la naturaleza. Ella es así. Y el viento de la mañana aquí se ha transformado en olas. Tampoco es cuestión de sufrir. Mañana llamaremos temprano para ver si está mejor y volver a pesar del largo viaje que nos espera hasta los fiordos del oeste. Mientras nos damos una vuelta y vemos algunas tiendas. Después nos vamos a Akureyri a pasar la noche. Todavía congeladas por un día de viento y frío nos tomamos una sopa miso de sobre nada más llegar al apartamento. Con las botas sucias nos vamos a cenar a cualquier lugar de esta ciudad islandesa que se supone es la segunda en población y en importancia. Parece un pueblín en un lugar precioso. Ubicada en el extremo interno de un fiordo, montañas nevadas lo rodean. La entrada me recuerda un pelín a la de Santoña por las marismas.
Ahora nos vamos a dormir. Estoy agotada y mañana nos espera un día agotador. Quien sabe si veremos ballenas, pero seguro que veremos cosas sorprendentes.
servido por Honey
sin comentarios
compártelo
Si ayer hizo un día fabuloso, hoy se nos ha levantado "revirao". Después de un estupendo desayuno con esos cereales con skyr (una especie de yogourt local que está riquísimo) y panes de esos que cuecen en la tierra con el propio calor que despide el terreno (pan. Geysir) nos dirigimos a pasear por el parque natural de Dimmubrgir, un campo de lava con extrañas formaciones negras. El cielo està de un gris pálido que desluce mucho las fotos de estos gigantes negros. Se dice que la lava tiene unos dos mil años. No solo los alrededores de Mitvätn son volcánicos, dentro del propio lago hay lo que llaman "seudocráteres" unas formaciones montañosas de tamaño mini con toda la forma de un volcán, pero formados por explosiones de gas.
En Dimmuborgir se mezclan historias de troles y de una especie de papa noeles, que forman parte de la mitología local. Lo cierto que seguro que andaban por ahí y a punto habrán estado de saludarnos.
Nos dirigimos después a Höfdi, una zona boscosa con un lago en el que sobresalen formaciones de lava que dan una impresión curiosa. Ahora me acuerdo de als formaciones de hielo que vimos hace unos dias. La verdad, es que el agua es capaz de transformar cualquier escenario y hacerlo sobrecogedor. La lluvia empieza a atenazar y tenemos que salir por patas una vez más al coche. Cambio de botas por zapatillas para conducir. La lluvia y el frío nos han destemplado. Necesitamos un café, una sopa o algo caliente. Vamos a ReyKjalhid a un café monisimo al estilo local : maderas cálidas para hacer frente al frío de este tiempo infernal. Esperamos a que deje de llover un poco para dirigirnos a ver los seudocráteres de cerca y pasear por ellos. Recorremos el lago de punta a punta con la esperanza de darnos otro paseo por este escenario marciano. En cuanto ya estamos en ello, la lluvia y la ventisca deciden que solo podremos andar una pequeña zona.
Vuelta al coche.. Cuando estamos a punto de llegar empieza a escampar ligeramente. Parece que el tiempo ha decidido gastarnos unas cuantas bromas hoy, aunque la mejor está por llegar. Nos cruzamos con una chica que sale del coche muy preparada. Debe de ser local o nórdica como mínimo. Ha estado toamándose café de un termo mientras nosotras nos dedicábamos a estar "runing in the rain". El accesorio termo todavía no lo hemos incorporado a nuestro kit de supervivencia. Y mira que tenemos accesorios en el kit....
Tiramos millas por encima de un pequeño puerto hacia el Krafla, una de las zonas humeantes que nos sorprendieron ayer. Debe de ser una zona volcánica llena de lagos, fisuras y cráteres volcánicos humeantes. Digo "debe" porque de camino hacia allí, ha comenzado a nevar. Una vestisca islandesa nos ha sorprendido yendo de camino a las fumarolas. Frío y calor. Tenemos que darnos la vuelta en la central térmica que hay de camino. Es inútil, no se ve absolutamente nada.
De vuelta decidimos pasar de nuevo por Hverir, para pasear un poco más por este extraño paisaje que parece que vas por la luna o por algún planeta en formación y que por algún lugar va a aperecer Obi Wan Kenobi con su túnica blanca jedi. De hecho una pelea por estos lares sería muy lucida en una de las pelis de George Lucas, incluidos algunas fundiciones de androides comidos por una especie de bocas supurantes sulfurosas apestando a huevos podridos. Hoy hemos decidido volver porque el viento no envía los humos de las fumarolas hacia nosotras sino en sentido contrario, por lo que se puede respirar. Es bastante impresionante. Colores naranjas y ocres. Bocas negras, humos de chimenea. Sensación de peligro, como si un pie en un mal sitio te pudiera hacer parte permanente de la tierra. Un lugar para estar poco tiempo. Sobrecogedor y sobre todo, apestoso.
Sigue haciendo malísimo. Ahora nos vamos a ver unas cuevas que están un poco más abajo. Paramos en la más lejana y nos asomamos a su entrada. Es una especie de agujero en una roca que debió de ser lava en su momento. Cuando asomamos la cabeza veo una imagen que no entiendo nada: varias cabezas humanas aparecen ante mi. Sigo avanzando y ahora lo que veo es un grupo de personas completamente desnudas metidas en el agua de la cueva. Parece que se ha formado una especie de bañera termal suterránea. Y siempre hay unos hippies de cualquier edad para aprovecharlo. Sorprendida, me doy la vuelta y le digo a Eva "esto sçi que no lo esperaba yo!". Ella me mira seria, com diciendo: yo sí. La realidad, es que estaba a punto de estallar a reir de la estampa torera que nos acababamos de encontrar en la cueva. Yo miro un poco más; la cueva es de todos y si ellos quieren estar en bolingas, tema libre. Les acabo preguntando por la temperatura del agua y despidiéndome con un "enjoy!". Un cuadro un poco surrealista: un grupo de mujeres entradas en años y una pareja joven comparten cueva de agua geotermal a altísima temperatura. Un warning a la entrada habla de posibles desprendimientos. Pero lo que nos gusta a los seres humanos andar desnudos por ahí y conectar con la naturaleza.
Mi frase de "esto sí que no me lo estparaba yo" se convierte en la frase del día, en un entorno de naturaleza completamente inesperada.
Terminamos el día cociéndonos lentamente como garbanzos en unos baños geotermales parecidos a la laguna azul de Reykjavik. El agua es más azul y menos espesa, la laguna es algo más pequeña, pero el lugar es mucho más bonito. Rodeadas de lava y volcanes nos relajamos tranquilamente buscando distintas temperaturas. Nos metemos en una especie de bañeras de piedra muy calientes, en un baño turco y relajaditas nos duchamos para irnos a cenar. El kit de cada día es una obra de arte. Botas de montaña, chanclas, toalla, bañador. Todo tipo de cosas en la mochila.
Después de investigar un hotel recomendado en la Lonely para cenar y no gustarnos el ambiente, decidimos volvernos a nuestra granja. Hoy nos sentamos en un ventanal mirando el lago y las ovejas en el campo. Los corderitos slatan junto a la madre preñada mientras nosotras nos tomamos una trucha del lugar.
En la ventana vemos un mosquito. El único de todo el día. Mitvatn significa "el lago de los mosquitos" pero no hemos visto ni uno. Parece que en este viaje estamos viendo todo al revés: los glaciares negros, los fiordos del este nevados y el lago Mitvätan sin mosquitos.
ESpero que las ballenas no se hayan movido de su sitio. A por ellas vamos mañana. Lo mismo nos encontramos con un hipopótamo.
servido por Honey
2 comentarios
compártelo