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15 Diciembre 2009
Solo con coger un taxi en Salvador para que nos llevara a Praia do Forte, una percibe que ha cambiado de atmósfera. La samba ha penetrado en el vehículo nada más arrancar y el conductor ya es un negro muy bien hecho que puede llevar nuestras maletas con un solo dedo y al que entendemos mucho peor.
El portugués de Salvador lo entendemos peor que el de Rio, cosa curiosa, pero también todo el mundo parece sonreir mucho más. La llegada a la Pousada ya es con sonrisas. Un regalo de bienvenida y un programa para los eventos nos auguran unos días fabulosos. Todo detalles que te recuerdan a los novios. Todo cuidado y con mimo. Nos dirigimos a la pousada de al lado, lugar donde se alojan la mayoría de los invitados y donde tendrá lugar la celebración de la boda. Preguntamos por Rómulo. Nos dicen que se ha ido todo el mundo a Salvador. Por lo visto, son las fiestas de Santa Barbara y Bahía es un auténtico fiestón. Luego nos lo contarán nuestros amigos.
Blanche y yo decidimos dar un paseo por el pueblo y tomar algo. Nos encontramos con un escenario en la plaza con un festival de jazz. Bahía es música, Bahía es calor.
Por la mañana, después de un sueño reparador, nos vamos encontrando con el resto de los invitados pululando por el pueblito. Un pueblito que yo esperaba más pueblo real y menos turístico, pero que hace fácil los encuentros. Vamos a ver la reserva de tortugas del proyecto Tamar dedicado a su protección. Toqueteamos lo que nos dejan, una especie de babosas gigantes y estrellas de mar, como dos niñas traviesas en el museo de la Ciencia.
Luego tomamos algo con los amigos. Estupendos, aunque un poco cruditos para el sol bahiano. Llega la hora del destape, un poco extraña acostumbrados a una relación mucho más textil. Blanche y yo caminamos por la playa hasta encontrar el paraíso. El paraiso se encuentra a 15 minutos andando desde el pueblo. Una playa larga, desierta, llena de palmerales y un río inesperado. Allí, por fin nos bañamos. Praia do Forte tiene una costa llena de rocas. Dicen que se forman piscinas naturales, pero las que yo vi eran como charcas calentorras donde no me apetecía nadar. A mi me gustan los espacios amplios.
La tarde llegaba y todavía no habíamos comido nada. Nos compramos un salgado y una coca cola y nos sentamos cerca del escenario del festival de jazz. Como si todos los tópicos hicieran su aparición de repente, Carlinhos Brown está ensayando su actuación de la noche. Como quien se come un bocata escuchando el loro del vecino, Carlinhos nos cantaba en directo mientras tomábamos la Coca-Cola con vistas al mar. Así es Bahía, música y casualidad.
En esas estábamos cuando nos dimos cuenta de que no nos iba a dar tiempo para arreglarnos para el Luau (fiesta en la playa al atardecer con vestimenta blanca para ofrecer flores a Yemanyá y pedir un deseo).
Nos vestimos y fuimos a la puerta de la Pousada de la boda para que nos recogieran y nos llevaran en tuc-tuc hasta el lugar de la fiesta. Unas bahianas nos recibían poniéndonos collares y sonriendo. Nos dieron un regalo que resultó ser unas havaianas blancas con un pin con el anagrama de la boda (sí, también hicieron un anagrama; sus iniciales realizadas con caligrafía japonesa). Todo detalles una vez más.
La luz del atardecer, el mar de fondo, todos de blanco y una barra de cocteles y una mesa con mujeres vestidas de bahianas preparando "acarajé", una especie de masas redondas fritas que luego se rellenan de unas salsas y de camarones. A una determinada hora, nos repartieron flores para ofrecer al mar. Nos dirigimos a la orilla y cada uno con su deseo tiró las flores al mar. Flores blancas navegando con deseos hacia las olas. A la mañana siguiente nos pareció ver dichas ofrendas traidas a la orilla mientras paseamos por la playa. El resto fue fiestón, música brasileña, caipiriñas hasta que por fín se disparó el baile y estalló la fiesta.
A la vuelta, nos acercamos a ver si continuaba Carlinhos cantando, pero ya era demasiado tarde. Nos dimos una vuelta de sábado sabadete para ver el ambientillo. Un ambientillo de cuerpos esculturales - más de hombre que de mujer, para mi gusto- muy expuestos. Pero al final, ya cansada me fui a dormir. También había que dejar a los chicos por si querían ligar a su aire.
El domingo playa y relax para estar descansada para la boda. Ducha con el vestido en el baño con vistas al autoplanchado (tantos días con el modelito en la bolsa de viaje...).
Nos arreglamos y fuimos a la Pousada. Toda engalanada esperaba el gran evento. El novio saludaba a los invitados. No he visto novio que haya disfrutado más de su boda. Tan feliz, tan a su manera.
La ceremonia tuvo lugar, un poco a la americana, pero con el toque español de un cura que casi se arranca a bailar un "zapateao" en cuanto empezó a sonar la guitarra española. Un altar montado en el jardín, con unas sillas y una cubierta. Una ceremonia corta, que se remitía prácticamente al casamiento. Discurso entrecortado y emocionado de Iván, el hermano emocionado y sensible del novio que casi nos hizo a todos llorar. Y el amor que fluía, las vibraciones positivas de amistad, cariño y emoción que recorrían el aire y la cara de los novios.
Y casamos a Rómulo. Y lo dejamos en Brasil. Y nos alegramos porque está feliz, y nos apenamos porque se queda lejos. Mucha emoción me recorrió por un amigo mágico al que quiero. Un amigo de no hace tanto tiempo como complicidad.
Y la celebración transcurrió entre caipiriñas y barras de sushi, entre olvidos del segundo plato y gafas de cotillón, entre chaparrones inesperados que caldeaban más el ambiente. Entre bailes, fotos de los amigos, discursos de los novios y un buen ambiente general. Gente estupenda en la boda. Gente inteligente, factor común. Y al terminar la música, irrumpió una amiga con los cantos regionales, los cantos regionales de casi toda la geografía española. Silencio interrumpido por el "yo soy minero" y un montón de temazos que podría cantar Carmen Sevilla. Cuando ya parecía que se acababan, recurrimos a las canciones de campamento y groserías varias. Todo para no irnos a dormir, en un huso horario que amanece en cuanto te descuidas. Cuando Jorge estuvo en el agua de la piscina, me fui a dormir.
Al día siguiente, continuó la boda gitana; plan de feijoada y baños en la piscina. Plan de música en directo y despedida general. Tranquilidad, resaca y agua. Sensación de adiós de campamento de verano. Pena de crío pandillero envuelta en estoicismo de adulto civilizado. Abrazos a los novios, abrazos a los que parten, abrazos a los que se quedan. También parto yo.
Caida la tarde, nos dirigimos a Salvador de Bahía, una ciudad en la que la música, el sexo y lo primitivo tratan de camuflarse con la civilación. A duras penas lo consigue. Ni falta que hace.
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13 Diciembre 2009
... Virginidaaaddd es tooodoooo mi ideaall"
Este temazo, de las madres ursulinas o cualquier otro colegio de monjas, nos acompañó durante nuestro segundo día de Paraty. Un día repleto de risas y lluvias peregrinas.
Recién levantados fuimos a ver unas cascadas a un bosque verde y frondoso. Unas cascadas que hacían las veces de tobogán resbaladizo para los valientes. Y digo para los valientes, porque nosotros nos conformamos con bañarnos en la charca que dejaba el agua que caía y con tomarnos una cerve en un chiringuito que se ubicaba pasando un puente colgante al más puro estilo Indiana Jones, por el que solo podía pasar una persona.
Esperando el autobús en una parada con tejadillo, comenzó a diluviar. Un loco, con pinta de entrañable y muy mal olor, se sentó con nosotros. Parecía conocido por todo el mundo, por la chica del barecillo junto a la carretera y por el propio autobusero. La lluvia nos hacía plantearnos nuestro siguiente destino: la playa de Trinidade. Ir a la playa con esa lluvia parecía una locura, pero tampoco teníamos nada mejor que hacer, asi que decidimos bajarnos de la furgonetilla y coger un autobús hacia allá.
El autobús local tiene un cobrador en una cabinita y pone que está vigilado por cámaras de seguridad. Cuando íbamos de camino, un chico que estaba sentado a mi lado, me preguntó "esa chica se llama Eva, verdad?" dirigiéndose a una de mis amigas. El mundo es muy pequeño, realmente lo es. Un amigo de la infancia de Salamanca junto a su novia en un autbús de Paraty a Trinidade que estuvimos a punto de perder. Lo mejor es que también conocieron a nuestros amigos Jorge y Norbi en Rio. Lo dicho, o los españoles tenemos una especie de imán o Brasil no es tan grande como lo pintan...
Trinidade es una playa fabulosa, hace un círculo rodeado de montañas verdes que parece llegan al mar. En cuanto la pisamos, dejó de llover. Unos cuantos baños, unos cuantos paseos para terminar en un chiringuito pequeñin tomando unas cervezas. Nos resguardamos debajo de un tejado de paja cuando volvió a llover y a ponerse el sol. Bailamos samba con la camarera y desvariamos con ese efecto que producen las cervezas con el estómago vacío.
Muertos de risa, con las toallas en la cabeza, en modo monja, para cubrirnos de la lluvia, cantamos nuestra canción poniendo cara de píos mientras esperamos el autobús que nos llevó de vuelta. Entre el público, pescadores sucios con cara de pocos amigos.
Ya en Paraty nos duchamos rápido y fuimos a cenar una moqueca a un restaurante pequeño y familiar con música en directo. Es un guiso de pescado riquísimo que tiene también leche de coco y se toma con arroz y farofa (una especie de harina de mandioca con el propio jugo de la moqueca).
Después de despedirnos de la pareja imprevista, nos fuimos a la Pousada a preparar el equipaje para salir el día siguiente hacia Rio y de allí a Salvador, donde tuvo lugar la boda del siglo.
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2 Diciembre 2009
Os habia avisado; este viaje iba a ser de lo mas relajado y el turismo iba a ser sensorial. Dicho y hecho. Ahora estoy en una Pousada monisima, en saloncito donde se celebra la feria literaria de Paraty con un jardin tropical afuera que enmarca una piscina con bordes de teka y tumbonas blancas.
Tenemos una habitacion para cuatro y otra para dos. La experiencia gran hermano es factor comun en todos nuestros viajes, en los que antes o despues se habla de cacas, reglas y digestiones.
Llegamos ayer despues de un viaje en autobus de mas de cuatro horas, por la Costa Verde. Una costa que es exactamente eso, verde y mas verde. De perfil sinuoso, los montecitos y pueblos se alternan con playitas y costas con islas cuajadas de arboles, palmeras y plantas diversas sin que quepa un alfiler. Pareciera imposible poner un pie en algunas por no quedar terreno libre sin algun tipo de vegetacion. La costa es verde y las aguas tambien, salpicadas de islas peludas como esas pelotas tipo asterisco de goma que venden de mil colores, pero en un unico tono predominante. Verde que te quiero verde.
Paraty es un pueblito pesquero empedrado, muy empedrado. Que conste que no he dicho adoquinado. Cuesta andar de los pedruscos que tiene el suelo. Debe de ser bastante turistico a juzgar por el numero de tienditas y restaurantes, pero estamos en el comienzo de la temporada y todavia todo se encuentra a medio gas.
Llegamos acalorados y despues de un bano en la piscina, nos fuimos a dar un paseo, a cenar un riquisima moqueca de camarao y a tomar una copilla a un bar hasta que una pareja tocando musica andina consiguio romper la paz por completo y rayarnos con su runrun. No hay forma de escuchar samba. Samba YA.
Hoy nos hemos levantado tranquilamente, despues de una pelea nocturna con la Mery con la que me ha tocado compartir una cama de la que casi me echa. Hemos ido al puerto y hemos alquilado un barquito para unas cuantas horas. Daniel, tenia el barquito impoluto, con sitio para todos abajo, salita chill out en el tejadillo y fruta, cerves y caipinhas a voluntad. Hemos ido recorriendo esta costa de Robinsones y piratas. Alejandonos de la costa de Paraty y de su iglesia blanca y colonial. Parando en islitas con algunas casas de ensueno, porque tampoco eran ostentosas y estaban encaramadas en los montecitos peludos de vegetacion que son estas islas. Hemos hecho snorkel, con lo que a mi me gusta - me he venido hasta con el tubo y las gafas- y nos ha parado en una isla a comer platos de pescado, camaraos y calmares fritos al borde del mar.
Un dia idilico que ha terminado, con paseo de tarde por el pueblito de relax, todavia con el cuerpo de sal y la sensacion del agua templada. Ahora siento el vaiven del barquito, pero me hace sonreir.
Me voy que me toca por fin la ducha.
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1 Diciembre 2009
Escribiendo en uno de esos ordenadores de hotel que te cobran por minutos, enfrente de la playa de Ipanema. No se que cancion escribiria Vinicius de Moraes desde un business center situado enfrente de este playon de Rio, con los cristales tintados para que no deslumbre el sol hasta un poco por encima de mi coronilla. Siempre se puede levantar una un poco, para ver el espectaculo de esta ciudad: su eterno paseo maritimo.
Rio es un paseo maritimo interminable, sembrado de monticulos de mas o menos tamano forrados del verde de una vegetacion tropical. De esa que en Madrid jamas llegaremos a ver. Una sucesion de playas que compiten en belleza y amplitud, con un litoral tan sinuoso y complicado como el de las rias gallegas, aunque no tengan nada que ver. Los paseos maritimos de Ipanema y Copacabana son una especie de Gran Via en la que lo que se vende y compra es carne humana, ejercicio, y agua de coco en los chiringuitos que periodicamente se situan de forma estrategica para que nunca falte algo de beber.
Los brasilenos son mucho mas tranquilos de lo que esperaba, poco gritones y bastante deportistas, aunque no siempre logren eliminar del todo la feijoada con sus carreras al sol. El deambular arriba y abajo de Copacabana e Ipanema comienza muy temprano por la manana y se prolonga hasta la puesta de sol, que por estas fechas todavia se pone en la montana.
Llegamos el sabado por la noche, despues de un vuelo bueno pero largo. A punto estuvimos de empalmar e ir al ensayo de una escuela de samba, pero el bajon de 45 minutos en coche, pudo con nosotros y terminamos tomando una cerveza y yendonos a la cama. Yo con una gran pena por no ver ese ensayo, que ya sabeis que a mi me va la marcha y estuve casi dos anos dando clases de samba, y con la incapacidad del que no puede tirar mas del body en ciertos momentos. La sambaterapia supongo que la dejaremos para Salvador de Bahia, que en realidad dicen que es el alma de Brasil, el origen de gran parte de la personalidad de este pais, alegre, y mezcla de portugues y africano con las mas diversas proporciones surgidas de combinaciones infinitas.
El domingo transcurrio dominguero. Un domingo dominguero es exactamente lo que queria hacer en Rio. Mezclarnos con los gays del posto numero 9, para ver cuerpazos y desmitificar parte de la fama de este pais de culto al cuerpo y a la naturaleza exuberante. Mi primer bano en Ipanema fue un poco hostil. Tanto Copacabana como Ipanema son muy peligrosas para el bano, y me lleve mi primer revolcon de una ola. Hoy me he llevado el segundo y todavia estoy sacando agua salada de la nariz, las orejas y no se si de mas orificios de mi cuerpo.
Paseos, mercadillo de artesania, encuentros con la madrina de la boda y los hermanos del novio. Como si Rio fuese ese pueblo de vacaciones donde siempre te encuentras a alguien y no una ciudad con millones de habitantes de una extension gigantesca. La parada para comer, nos trajo a Norbi y Jorge de forma repentina, en una de esas zumerias de comida rapida que estan por todas partes. Lo dicho, como irse "al pueblo" es Rio. Dos veces a la familia del novio y otra a los amigos. Me siento como en casa desde el primer dia. Un poco peligroso, puesto que se supone que hay que tener muchas precauciones en esta ciudad.
Por la noche vamos a cenar a un Rodizio, y me pongo ciega a carne. Reconstitucion despues de las bayas. Muy rico todo y me sento de cine, aunque la idea era bajarlo despues en un local de samba bailando un poco. No ha habido forma. Llegar un domingo es la peor idea que se puede tener para disfrutar Rio "la nuit". Despues de coger un taxi y recorrernos todo Copacabana hasta el centro y meternos por callecillas llenas de puterio que luego resultaron ser travestis, el local estaba cerrado. Tambien lo esta hoy, asi que me quedo sin poder ver la samba de Rio. Vere la de Bahia, espero.
Hoy ha sido un dia maravilloso. Los astros y el tiempo se han aliado con nosotros para darnos cielo nublado para no quemarnos cuando andamos por la playa o por la ciudad y despejar el panorama cuando subimos al Pan de Azucar o al Cristo de Corcovado. Rio tiene un emplazamiento unico. Mas que cosas concretas para ver, es una ciudad para disfrutar. Subirse a los altos y ver una orografia casi imposible de concebir, con playas, bahias, montes con vegetacion y bosque es todo un espectaculo.
Las vistas desde el Corcovado permiten hacerse una idea de la complicacion de una ciudad adaptada a un medio sinuoso y sensual. Como si ya el terreno fuera un movimiento de samba o una bossa nova.
El cielo es un trajin, helicopteros, ala deltas, aviones, avionetas y cometas surcan los cielos de una ciudad cuya belleza tambien es aerea, porque se trata de elementos esenciales, tierra, mar, aire y montana es una combinacion casi perfecta.
Me esta faltando musica. Me gustaria escuchar esa musica brasilena que me encanta. En sus multiples variedades. Ayer pasamos por Garota de Ipanema, dicen que el bar donde Vinicius escribio la famosa cancion. Silencio y comida.
Tambien estamos teniendo muchas risas en el viaje, hemos comprado una muneca a la que fotografiamos en casa lugar representativo "la negra viajera" como una Carmen Miranda acicalada posando en los lugares mas diversos.
Manana nos vamos a Paraty, cogeremos un autobus por la manana. Estaremos tres dias que espero sean musicales y estivales, aunque dicen que amenaza un frente frio.
Llevaremos nuestro calor y mucho buen humor.
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27 Noviembre 2009
Acabo de llegar a casa. Derrengada, después de un día eterno y de una gastroenteritis que me ha tenido dos días tirada como una colilla. Y es que las bayas de Gonji, son VENENO. Así os lo digo, casi me desintegro por tomarlas. Ya sabéis, el boca a boca, que si antioxidantes, que si aumentan la longevidad, que si dan energía...Todo esto si sobrevives al envenenamiento anterior, claro está y yo casi me quedo en el chasis. Algo que no me suele gustar antes de un viaje largo, por el riesgo que ya de por sí conlleva el pillarte lo propio en algún otro lugar.
Ya en casa y con un jaquecón del trece, tendría que ponerme a terminar de preparar la maleta. Porque mañana me voy a Brasil. Todavía no me he hecho a la idea, pero lo cierto es que ya ha llegado el día de partida.
Esta vez, el viaje no solo es de turismo. En realidad el motivo principal es una boda. Un bodorrio de un buen amigo que se casa con una chica brasileña. A ella la conozco menos, aunque me parece que nos llevaríamos bien. Tres días de boda en Praia Do Forte, un pueblo de pescadores cerca de Salvador de Bahía que prometen ser toda una experiencia. Habrá un montón de gente estupenda, habrá también ausentes estupendos, y sobre todo, podremos disfrutar con ellos de esta historia de amor. Aunque luego se queden en Brasil, y nos veamos muy poco a diario.
Fiesta bahiana en la playa, con atuendo blanco, boda al día siguiente, con vestido de boda, y feijoada de resaca para terminar, esa ya con lo primero que pille o con bikini en la piscina (aunque la feijoada no debe ser muy de operación-bikini).
Antes iremos a Rio y Paraty. Un viaje un poco express que pienso disfrutar como quien se va de vacaciones a La Manga, sin preocupaciones excesivas por hacer turismo, sino por disfrutar al máximo cada momento.
Os iré contando si tengo ocasión.
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3 Octubre 2009
De nuevo escribiendo desde mi casa con sol entrando por los balcones y la música puesta. Me encanta este momento y no puedo dejar de decirlo.
Ayer retomé mis clases de baile. Encontrarme de nuevo con mis compañeros del año pasado y con mi profesor, me ha gustado tanto como volver a sentir mi musculatura y el sudor de mi cuerpo. Volver a hacer abdominales, estiramientos, plies y, sobre todo, volver a bailar, me ha subido la adrenalina y me ha acelerado el metabolismo adormecido por varios meses de relax. Tanto que, después de la pertinente ducha y cena, fui capaz de irme a tomar un cocktail con mis amigas, al más puro estilo Sex&Ciy. Un mojito de frutas del bosque que sirve de postre y bebida dialogante al mismo tiempo. Charlar de nuestra semana un rato, en un sitio agradable mientras la música acompaña sin ser protagonista y saborear fresas y arándanos que pescas entre el hielo, es una buena táctica para bajar las revoluciones que te da el baile.
Porque el baile cansa el cuerpo y reactiva el corazón. A veces te acelera y te despeja más que una siesta. Mi cadera, que últimamente tengo dolorida, no se ha portado mal. Espero que los dolores tengan más que ver con la inactividad que con la actividad que tantos beneficios me reporta. Hoy he dormido lo justo. Necesito una siesta para estar a tope esta noche en un concierto en la sala Caracol.
Antes tomaré un café con mi amigo Rómulo. Tiene novedades que contarme. Novedades que no sé si me van a gustar egoistamente. Me alegraré por él si le veo contento, es de esas personas que siempre suman, que siempre aportan cosas. Supongo que es por su espíritu e inteligencia y, sobre todo, porque siempre intenta estar creciendo. En eso y, en bastantes cosas, siento que nos parecemos. Por eso no me gustaría que la distancia geográfica nos distanciase. Es de esos tesoros a conservar. En diciembre se nos casa en Brasil. Ese será el próximo gran viaje.
Mi semana ha sido agotadora. La gestión de una crisis me ha hecho hablar con medio mundo manteniendo un equilibrio inestable. Mientras, luchaba para crear anticuerpos de la gripe estacional cuya vacuna me puse el lunes. Con tanto viaje y tanta actividad, más vale estar protegida en lo que sea posible.
No me han quedado energías para mucho más. Mi vida en esta ciudad es así. Requiere empuje y energías.
Nos quedamos sin los juegos, pero al menos, la panda de políticos cansinos y cutres pudieron sentarse juntos por una vez. En este país que sobrevive a pesar del cutrerío de la clase política y de algunos funcionarios más pendientes de sus propios intereses que los del bien común. Un país lleno de Quijotes y molinos que parecen gigantes, porque nadie es capaz de abrirnos los ojos y tratar las cosas con sentido práctico y sin tanta retórica vacía.
Lo cierto es que Brasil se lo merece. Bastante más que nosotros. Aunque no sé a quien le hace más falta. Con el endeudamiento de Madrid y sus obras faraónicas nos habría venido muy bien otra inyección más del exterior. Porque desde el interior parece que no somos capaces de generar nada. Porque nuestra miopía nos impide defender con uñas y dientes lo que tenemos de bueno para luego mendigar pasta como por caridad. Mientras, Brasil se lo está trabajando. Parece que ha encontrado un político capaz de defender el interés general y que la gente le crea. Atrás van a quedar los intereses españoles en Latinoamérica con un Brasil geográfica y anímicamente mucho más en la zona. Esperemos que los Juegos sirvan para que mejore la seguridad y la igualdad entre los ciudadanos. Elimine parte de la violencia y las favelas se conviertan en pisos de protección oficial. Si es así, estará bien empleado.
Total Madrid no puede con más obras faraónicas. Ni con más porquería por las calles. Ni con menos carriles bicis. Ni con tan pocas actividades deportivas municipales para todo el mundo. Ni con más contaminación atmosférica.
Lo siento porque nos brearán más a impuestos. Y porque amo a esta ciudad.
Por eso quiero que mejore por sí misma.
Madrid tú puedes, con espíritu e inteligencia. Claro que sí!!!!
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26 Septiembre 2009
El sol entra por mis balcones y la calle está tranquila. No tengo prisa y la ciudad se mueve perezosa. Estoy en mi casa, por fin. En mi casa luminosa al borde del corazón de esta ciudad que tanto me da y tanto me agota. Contenta y vaga.
Ayer cuando mi avión procedente de Dublín aterrizó, casi beso el suelo de esta ciudad, que es árida desde el aire y caliente desde la tierra. Después de una semana en la que al levantarme por la mañana ya casi no sabía ni mi ubicación. Acostumbrarme a esta sensación, dormir bien en cualquier lugar y estar contenta en el periplo, me ha llevado a sentirme más nómada que nunca, después de mi reciente paso por Estados Unidos.
El lunes dormí en Madrid y acudí puntual a mi clase de yoga, para estirarme un poco y cargarme de serenidad ante una semana que prometía ser agotadora. El fin de semana en la playa de septiembre, jugando a las palas como en las del norte, bañándome y comiendo paellas, también contribuyó a un inicio de semana lleno de energía aunque trashumante.
El martes ya dormí en Londres, en un hotel fashion, en el que ya había estado cuando era el más clásico de la City. Ahora, convertido en el más moderno, me reciben unos recepcionistas vestidos de traje, pasados por un casting y con portátil en la mano, como si se tratase de una tienda de Apple. No hay recepción como tal. El lobby parece un bar de moda de NYC, lleno de muebles modernos y luces de neon rosa. El check-in se realiza mientras te tomas algo en un sillón con uno de esos personajes de CQC y su portátil sentado enfrente tuyo en un puff. La habitación tiene conexión a internet gratuita a través de la televisión, chaise longe roja y una cama estupenda, además de minibar gratuito. El baño tiene productos de Spa que huelen de maravilla. Pero yo estoy derrengada. Es casi media noche y al dia siguiente tengo ocho reuniones seguidas desde primera hora de la mañana. Tras una ducha relajante me zambullo en la segunda cama de la semana.
Londres ni lo piso. No salgo del hotel en todo el día, donde también transcurren las reuniones. Un London Express, que sigue a un taxi express y a un Heathrow express que ahorra una hora de viaje al aeropuerto de esta complicada ciudad por la superficie. Adoro los taxis londinenses. Eso de poderse meter una casi de pie al coche y con la maleta puesta, me encanta.
Llego a Madrid a las mil. Cenada porque la Iberia, al menos nos trata bien y nos ahorra un trámite innecesario cuando una tiene sueño. Y vuelta a mi hogar, tras ver las mutaciones infernales de la Castellana y la búsqueda del tesoro de la calle Serrano. Tengo que preparar la maleta para marcharme al día siguiente a Dublin.
La preparo por la mañana y llego tarde a la oficina. LLego con los zapatos sucios, porque con la que está cayendo en Madrid, deberíamos hacer como los neoyorkinos y sus zapatillas de deporte si queremos llegar decentes a la oficina.
El aeropuerto está empezando a ser una especie de segunda casa para mí. La T4 es una especie de despacho gigantesco, por donde tengo que pasar de vez en cuando. Ya me siento agusto aquí, a pesar de los paseos largos que exige. Nada como estirar las piernas después de un viaje, debieron de pensar los arquitectos. Pero a Dublin solo nos cuadra Air Lingus, un vuelo que es más de turista y cervecero que de oficinero con pocas ganas de sufrir incomodidades. Y esta vez me tengo que zampar un guarri-wrap para salir del paso y dejar atrás la cena. Porque Dublín nos vuelve a recibir a nuestra media noche. La hora de diferencia horaria, me decide a darme un paseo por una ciudad que estuve ya hace más de 10 años. Para reconocerla en mi memoria.
Dublín está cambiada y llena de adolescentes borrachos que celebran el 250 aniversario de Guiness. Es el Arthurs Day y la ciudad ha estado llena de eventos durante todo el día. Llego unas cuantas copas de menos, a una ciudad en la que las niñas van todas con zapatos de tacón altísimo y vestiditos escotados a pesar del frío. Zapatos de los que se bajan, descalzas cuando la Guiness decide hacer perder el equilibrio y duelen los pies.Vomitonas, gritos y colas en los bares, me hacen sentirme muy fuera de lugar con mi vida de ejecutiva en la mochila y mi espíritu bohemio luchando para no hacer novillos por la mañana. Intento entrar al Trinity, pero hay una fiesta solo para alumnos. La pinta que quiero tomarme se convierte en imposible en una ciudad patas arriba con carteles de Guiness por todas partes y adolescentes cocidas sentadas en las aceras.
Decido irme a dormir. Esta vez el hotel no me gusta. Me colocan en una habitación que debió de ser sala de reuniones en la época del boom irlandés, ahora reconvertida en habitación trotera (vale, me estoy volviendo muy exigente, lo sé...pero todo cambia cuando es un viaje de placer).
Después de un día de reuniones, un chófer me lleva al aeropuerto. Los chófer de las ciudades se están convirtiendo en mis termómetros del lugar. Este es un tipo divertido con un gran sentido del humor. Ha visto que yo le rio las gracias y se pasa todo el camino contando chistes. Fundamentalmente de su mujer y sus compras compulsivas. Los irlandeses tienen un gran sentido del humor y un hedonismo bastante básico. Creo que ésto les une bastante a los españoles. El despiporre dublinés de la noche, me podría recordar a cualquier sábado noche de jovenzuelos en Alonso Martinez.
El avión va lleno de tíos que podrían ser de un equipo de rugby o algo así. Pelaos, coloraos y más bastos que el papel de lija. Hablan alto, eructan y juegan a la PSP a todo volúmen. Me pregunto a qué vendrán a Madrid. A pesar del follón el agotamiento me hace dormirme casi todo el viaje.
Tengo ganas de volver a mi Madrid, a mi rutina de baile, yoga y reencuentro con los amigos.
Hoy es sábado y hago la compra en este día soleado con mi carrito. Bromeo con el frutero y con la de la tienda de congelados, pregunto al hijo del tendero de la tienda de alimentación como se encuentra despues de su operación de neumotorax. Le han dicho que tiene que hacer ejercicio para ensanchar y le animo a que lo haga. Me encanta mi barrio y parece que algunas aceras han cerrado sus excavaciones.
Asentándome en Madrid.
servido por Honey
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14 Septiembre 2009
Dicen que los neoyorkinos son los seres más caprichosos del planeta, porque siempre encuentran lo que desean a la vuelta de la esquina. Cuando pasas por allí y te quedas, aunque sea unos días, empiezas a entender las razones. A golpe de tarjeta de crédito, uno puede conseguir cualquier cosa en Nueva York. Esto convierte a los neoyorkinos en seres que consideran que todo es posible a los que resulta dificil de concebir que algo no se pueda conseguir.
Para vivir Nueva York hay que ser rico. Es cierto que no hace falta ser rico para vivir, pero es que ser pobre debe de ser como poner a un crío en medio de una tienda de golosinas sin darle la paga semanal. Los dientes se ponen largos si uno no puede ir a cenar a un sitio bonito, tomarse una copichuela con glamour, escucharse un concierto de jazz o asistir al Met a una Opera o un ballet.
Y así he estado yo esta semana, completamente malcriada en una ciudad que es atractiva y seguramente agotadora a partes iguales.
La primera parte de mi viaje, un fin de semana largo acompañada de mi querida Skyller, transcurrió entre paseos, conversaciones largas arreglando al mundo y a los hombres, y la superación de un jet-lag agravado por el calor húmedo de Nueva York cuando se pone pesado. Sky, se vino conmigo al hotel. Un hotelito bastante mono muy cerca de la New York Library, una biblioteca maravillosa abierta al público, donde casi se casa Carrie en Sexo en Nueva York y yo casi escribo un post en directo sino llega a ser por un programa malévolo que me rechazó las claves por ser un poco tarde.
El primer día paseamos Nueva York, de Bryant Park -patas arriba por la instalación de las carpas de la Fashion Week- a Times Square, de Union Square y su Farmer´s Market a la librería Strand donde Skyller me recomendó varios libros para llevarme. Adoro las librerías y parar a comer en un tailandés. Adoro que me dejen colarme en los autobuses con esa especie de camaradería entre los negros que me ha parecido percibir y de la cual he sido beneficiada varias veces. Porque mi Sky es negra del sur, y todo lo arregla con un "honey", un "darling" o un "sweety". Así consigue que me dejen colarme en el autobús porque no tengo suelto, me revisen el dinero de la tarjeta del metro y nos hagan un book fotográfico mientras posamos como modelos echándonos unas risas. Claro, que no hay más que ver su sonrisa para que te ponga de buen humor y eso se transmite. Nos reimos de todo, del fotógrafo profesional que nos hace una foto que solo saca el suelo, de la noche en la calle a las puertas del Metropolitan mientras una pantalla gigante retransmitía una opera que no pudimos escuchar porque siempre teníamos algo que decir, de la pareja que quería quitarnos nuestras "cup-cakes" que parecían atraer a cuanto viandante veía la caja.
El domingo nos embarcamos a Liberty Island, a ver a Miss Liberty recién abierta al público de nuevo, y a Ellis Island a ver el lugar de llegada de los inmigrantes donde hay un museo y Sky estuvo buscando a sus antecesores. Un día muy agradable que terminó con un paseo hacia Wall Street, donde me comí mi primer "New York Dirty Hot Dog" y toreé con mi pañuelo multiusos al toro de Wall Street ante el estupor de todos los viandantes. Por la noche cena en West Village y música de R&B en Groove, ya en Greenwich.
El lunes un poco de Metropolitan Museum para ver belleza que siempre reconforta y comida en Amy Ruth's en Harlem para probar la comida "ligera" del sur. Para bajarla, nada como un buen paseo por Central Park.
La segunda parte de mi viaje, siguió malcriándome de forma repetida. Aunque ahora tenía que trabajar, tener mil reuniones en un día y tener que guardar un poco esas formas ya perdidas durante el fin de semana, me trataron como a una princess. Entre ser transportada en coches gigantescos, cenas en sitios fashion, que si en el Meatpacking District, que si una brasserie japonesa en el Village, que si un super-chuletón... Saqué unos cuantos modelitos y me reí como loca ante la reacción de mi jefe al comer tofu y soba fríos ante el maitre más snob del sitio de moda más lleno de fashionistas en que he puesto los pies. Un vasco con hambre indignado con un menú de 85 dólares que terminó con pasta fría y una risa contenida de un camarero mexicano al que por fin alguien decía la verdad.
Reuniones con mil personajes variopintos, desde frikis de los números a ricachones con yate en Porto Cervo que se rien de nuestro nivel de inversión diciendo que es más baja que la de su mujer. De personajes con tics nerviosos a un australiano maorí relegado al mal tiempo de Boston por estar casado con una patinadora sobre hielo. Historias variadas, historias de gente, historias de altos de bajos, de ruinas y de éxitos que se perciben en días eternos de ocho reuniones en un día.
Tras el paso por Connecticut, cogemos el tren a Boston, donde nos espera un día lluvioso y un chuletón gigante. El día siguiente tras el enésimo madrugón y las enésimas reuniones quedo con un amigo.
Un amigo que me sigue malcriando, llevándome a cenar y de copas por la ciudad hasta que ésta se deja, hasta que cierran todos los sitios y nos echan a casa. Lloviendo, vamos andando hasta mi hotel, en un día turbio pero claro, cómodo a la vez que tenso. Finito pero con ganas de que fuera inagotable.
Y mandé un mensaje de órdago que no tuvo respuesta. En esta época en la que me encuentro en la que ya no me asusta exponerme y me lanzo al vacío. Pero respetando los espacios. Esos espacios cortos que a veces parecen tan lejanos y otras parecen desaparecer en un instante.
Y al día siguiente todo fueron paseos bajo la lluvia. Y vi el 80% de Boston, bajo un enorme paraguas de doble capa; negro y plata. Plata como el color del día, como el color de la bahía llena de gaviotas gigantescas.
servido por Honey
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